Los agujeros negros del 11-M (III): Así se transporto la dinamita

Por Fernando Múgica (EL MUNDO, 17/06/04):

Desvelamos hoy los detalles pormenorizados de uno de los capítulos más intrigantes de los atentados de Madrid. Se trata de la forma en que se obtuvieron los explosivos y la metralla utilizada en la masacre de los trenes, la forma en que se organizó su transporte desde Asturias hasta Madrid y cómo se entregó a los islamistas radicales. Produce espanto que buena parte de la dinamita se trasladara en autocares de línea regular, llenos de pasajeros, al menos en tres viajes diferentes, desde la estación de autobuses de Oviedo hasta la de Méndez Alvaro de Madrid. Introduce un nuevo dato, si cabe más desasosegante, constatar que la ‘célula de Avilés’, todos españoles y muchos de ellos confidentes policiales, sirvieron de guía durante meses a los integristas, les proporcionaron vehículos y les recordaron que no se olvidaran de los clavos que les habían preparado y que luego fueron usados como metralla. El abismo del 11-M nos lleva, cada día más, a exigir que se esclarezca toda la verdad.

El relato ha salido de la boca de El Gitanillo con la naturalidad del que tiene aún todo por vivir y ya nada que perder.

El juez central de menores de la Audiencia Nacional, Javier Gómez Bermúdez, decretó ayer el internamiento preventivo por tres meses, prorrogables por otros tres, de un menor de tan sólo 16 años, G.M.V., conocido en su ambiente de Avilés donde reside como El Gitanillo.

El juez Juan del Olmo decretó ayer también prisión incondicional e incomunicada para cinco de los detenidos esta semana en Asturias en relación con la célula de Avilés: la mujer de Emilio Suárez Trashorras, Carmen Toro; Antonio Toro, hermano de la anterior; Iván Granados; Raúl González y el encargado de Mina Conchita, Emilio Llano.

A todos ellos se les acusa de colaboración con banda armada y al último se le imputa también un delito de cooperación en el transporte de explosivos.

El menor G.M.V. explicó ayer en presencia del Ministerio Fiscal, representado por Olga Emma Sánchez Gómez, y del abogado José Baeza Martínez, y con todo lujo de detalles, los pormenores sobre cómo se consiguieron los explosivos presuntamente utilizados para la masacre del 11-M, quiénes los robaron y cómo se transportaron a Madrid y se entregaron a los islamistas radicales.

Se despeja de esta forma una parte importante del modo en que se prepararon los atentados que costaron la vida a 192 personas.

Tal vez la sorpresa más importante para el lector sea que los explosivos comenzaron a transportarse desde Asturias a Madrid en la primera semana de 2004 y no a finales de febrero, como se creía hasta ahora.

Por la ruta de la muerte que organizó la llamada célula de Avilés con el confidente policial Emilio Suárez Trashorras a la cabeza, viajaron decenas de pasajeros en los autobuses de línea junto a una mortífera carga que sumaba de 15 a 20 kilos en cada ocasión.El colmo de la perplejidad se produce al comprobar que, según el testimonio directo de El Gitanillo, Suárez Trashorras insistió a El Chino -uno de los autores de la matanza- en que, además de los explosivos, recogiera de la Mina Conchita los clavos que les había preparado junto a la dinamita. Puntas como las que sembraron el dolor y la destrucción en las explosiones de los trenes, al ser usadas como metralla. O como las que fueron descubiertas en la mochila sin explotar que apareció en la comisaría de Vallecas.

El traslado de la dinamita se realizó, al menos, en cuatro ocasiones y utilizando dos métodos distintos. En los tres primeros viajes -entre la primera semana de enero y la tercera de febrero- se usó como mulas a tres jóvenes del mundillo de la delincuencia de Avilés.

Uno de ellos, al que El Gitanillo identifica como Sergio, alias Amocachi -Sergio Alvarez, de 23 años, ya detenido-, lo hizo para obtener dos tabletas de 200 gramos de hachís, que en el mercado puede equivaler a algo más de 1.000 euros.

El viaje -en el que estaba muy asustado, según comentó Sergio más tarde- lo hizo como un pasajero más en un autobús de Alsa.Lo mismo había hecho un joven al que identifica el declarante como Jimmy -y al que las Fuerzas de Seguridad están tratando de localizar-. En esta ocasión, y también en un autobús de Alsa, Jimmy transportó una maleta «para los moros» y un dinero que terminó quedándoselo, por lo que tuvo una bronca con los que le esperaban en Madrid.

El tercer viaje lo hizo el propio G.M.V. por encargo de Emilio Suárez. En su declaración detalla cómo éste le ofreció a primeros de febrero el encargo.

Le dio la mochila en el garaje de Emilio que está en la Travesía de la Vidriera, de Avilés. Se subieron en el coche de Emilio, un Toyota Corolla, y se fueron hasta la estación de autobuses de Oviedo. Subió a uno de la compañía Alsa, en clase Supra, dejando la mochila con los explosivos en el espacio de carga del autobús junto al resto de las maletas de los pasajeros.

Llegó a Madrid a la estación de autobuses de Méndez Alvaro. Buscó enfrente el bar Virrey y llamó a un número de teléfono, el 665040605, que correspondía, según Emilio, «a un moro amigo» suyo.

Cuando llamó a ese número y se identificó como «el asturiano» le dijeron que aguardara allí durante media hora. El moro le llamó poco después y le dijo que cruzara la calle hasta un coche que estaba aparcado en doble fila. Le entregó la mochila al hombre que estaba en un Opel Astra de color oscuro.

PESABA 15 O 20 KILOS

Era el mismo moro que luego vio, a finales de febrero, por Avilés en un Volkswagen Golf de color negro.

Regresó a la estación y compró un billete para volver a Oviedo ese mismo día. Según El Gitanillo, la mochila pesaba entre 15 y 20 kilos y estaba cerrada con un candado. La bolsa era negra con asas muy grandes, como las que se usan para llevar la ropa de hacer deporte.

Sabía que llevaba explosivos porque se lo había dicho Iván Granados Peña, alias El Piraña, quien le contó que él mismo había ido con Emilio Suárez hasta la mina donde éste había trabajado -Mina Conchita- para recoger el explosivo y que fue Emilio quien la robó mientras Iván se quedaba vigilando.

El sistema para poder hacerlo era simple, según cuenta El Gitanillo.Un minero al que Emilio conocía anotaba que consumía más explosivos de los que en realidad utilizaba. El minero le daba a Emilio el sobrante. Primero lo escondía en los alrededores y luego Emilio iba a buscarlo cuando no había nadie.

El menor G.M.V. fue un testigo de excepción en el viaje que realizaron los marroquíes Jamal Ahmidan, alias El Chino, Mohamed Oulad y Abdennabi Kounjaa los días 28 y 29 de febrero a Avilés para recoger el cargamento principal de explosivos. El propio Gitanillo les ayudó con la dinamita. Estos son los detalles de la operación.

Antes de que «vinieran los moros», Emilio le llevó camino de Pravia a la mina donde había trabajado hasta octubre de 2002 -Mina Conchita-. Le dejó allí en el coche y se fue a hablar con dos mineros, hacia las cuatro de la tarde. Cuando regresó le comentó: «Esto está hecho. Esto está bien».

«NO OS OLVIDEIS LAS PUNTAS Y TORNILLOS»

Dos días después, el 28 de febrero, sobre las cinco de la tarde, Emilio apareció en su barrio en el Toyota Corolla con «dos moros» que iban en un Golf negro. Uno de ellos era el que «había visto en la estación de Madrid» -se trataba de El Chino-.

Fueron a Avilés a casa de Emilio a por unas botas para «el moro».Se marcharon a la mina y Emilio y El Chino caminaron hacia el monte mientras El Gitanillo y los otros dos marroquíes esperaban en el Toyota.

Bajaron después de tres cuartos de hora y El Gitanillo -según ha declarado- le oye a Emilio una frase que, a la luz de lo sucedido después, adquiere un sentido terrorífico: «No os olvidéis de coger las puntas y tornillos» que estaban «15 metros más adelante».

Los marroquíes se fueron a comprar unas mochilas. Emilio dejó al menor en su casa, pero le llamó media hora más tarde para que fueran a la panadería Magdalena sobre las 22.30 horas. Allí se encontraron con Rubén Iglesias y Javier González El Dinamita.Hablaron del hachís que traían los moros.

Esa misma noche, Emilio envió a El Gitanillo con los tres marroquíes hasta la mina, en dos coches, el Golf de El Chino y un Ford Escort de Emilio. Dejaron el Golf aparcado en las inmediaciones de un bar de la carretera, pasado un puente. Metieron las mochilas que estaban en el Golf en el maletero del Escort y se subieron todos en este último vehículo.

Las mochilas las habían comprado en un centro comercial de Avilés y eran del tipo de montaña.

Pasada la medianoche llegaron hasta la barrera de la mina. Estaba muy oscuro. Los marroquíes se marcharon con linternas muy finas.

El menor aparcó el vehículo en los alrededores como le había aconsejado Emilio, de forma que si llegaba la policía pudiera decir que venían de fiesta y se encontraba descansando. Cuatro o cinco horas más tarde llegaron los moros con las mochilas cargadas.Una la llevaba El Chino y los otros cargaban con dos cada uno.Las metieron en el maletero y se fueron a buscar el otro coche.

INTERCAMBIO EN EL GARAJE DE EMILIO

Cuando se dirigían hacia Avilés se cruzaron con Emilio, que iba en su Toyota, y pararon todos en un aparcamiento para camiones.Emilio mandó al menor que se cambiara de coche y habló con los marroquíes durante cinco minutos. Luego continuaron la marcha en los tres vehículos hacia el garaje de Emilio, en Avilés.

Allí, más o menos cuando estaba amaneciendo, sacaron lo que había en las mochilas y lo metieron en bolsas de basura de color azul que volvieron a meter, una vez llenas, en el Golf. El Gitanillo describe el contenido como paquetes de unos 30 centímetros envueltos en plástico a través del cual se distinguían como unos tubos redondos de unos 20 centímetros.

Volvieron a la mina ya de día. Pararon a descansar como media hora. Los tres marroquíes, tal como habían hecho durante la noche, caminaron de nuevo, cargados de mochilas, hacia el monte. Una hora y pico más tarde bajaron con las cinco bolsas llenas. Se dirigieron después al garaje de Emilio, en Avilés.

Al menor, esta vez, le mandaron afuera. Eran como las 12 del mediodía cuando acabaron y se fueron a desayunar a Casa Tito.Allí Emilio se encontró con Rubén Iglesias y hablaron de nuevo sobre hachís.

Emilio comentó al menor que lo que habían traído eran explosivos para reventar los escaparates de las joyerías y las cajas fuertes en Madrid. Emilio se apresuró a asegurarle que si se lo contaba a alguien le matarían a él y a su padre.

Es curioso que durante la estancia en el garaje, el menor comenta que apareció una persona, a la que no identifica y que al verles con las mochilas les preguntó algo relacionado con el Puerto de San Isidro.

G.M.V. declara que habló sobre esa noche más adelante con Emilio.Fue cuando el 1 de marzo salió la noticia de que se habían interceptado 500 kilos de explosivos con los que se iba a cometer un atentado en un polígono de Madrid. Emilio le dijo que podían haber sido los moros. Luego, al ver que era ETA se olvidó del asunto.

Cuando sucedió la tragedia del 11-M en Madrid, Emilio le dijo textualmente: «Menuda la que ha armado Mowgly» -era el apodo con el que más conocían a El Chino en Avilés-. A partir de ese momento, El Gitanillo sintió miedo de que le pasara algo y se alejó del entorno de Emilio.

EL ACCIDENTE CON EL TOYOTA

Por el trabajo de aquella noche de finales de febrero, el menor no recibió ningún pago, aunque Mowgly le dio 200 euros.

Quiso incluso que le acompañara en el viaje con los dos coches, el Golf y el Toyota, llenos de explosivos a Madrid, pero no aceptó.Emilio le mandó cinco días más tarde a Madrid a recoger el Toyota.Fue él quien le compró, de nuevo, un billete en autobús.

Llegó a la estación de Méndez Alvaro pasadas las 11 de la noche.Allí le esperaban «dos moros», uno al que ya conocía y otro desconocido para él. Sólo faltaban seis días para los atentados del 11-M.

Les preguntó por Toledo, porque quería ir hasta una caravana donde vivían sus tíos. Los propios marroquíes le acompañaron un trecho en el Toyota por Madrid. Luego le indicaron la dirección que debía tomar. Fue poco después cuando un coche de la policía le dio el alto. Se puso nervioso y tuvo un accidente. Quedó inconsciente y le llevaron al hospital, no sabe a cuál. Desde allí fue hasta un cuartel de la Guardia Civil y luego a un Centro de Menores cerca de la Gran Vía.

Javier González, El Dinamita, e Iván acompañaron a la hermana de El Gitanillo, Tamara, en un coche Lancia que les proporcionó Emilio hasta Madrid para recogerlo. Pero sus tíos, los de Toledo, se adelantaron, así que El Dinamita tuvo que volverse ese mismo día, enfadado, a Avilés. El menor se quedó unos días en Toledo con sus tíos. Emilio se apartó de El Gitanillo desde el día del accidente, según el propio declarante.

UN CHALE POR LA ZONA DE LA WARNER

Sobre la ubicación de los moros en Madrid, G.M.V. ha manifestado que Emilio le comentó que Mowgly se estaba haciendo un chalé «por la zona de la Warner» y que él y su mujer habían estado comiendo allí al regreso del viaje de novios -el 26 de febrero-.

El Gitanillo insiste en que Emilio usaba muchos móviles a la vez, incluidos el de su mujer y el de Iván. Afirma que existe una relación muy buena entre El Dinamita y Emilio y que ambos han ido a Madrid para hacer negocios de hachís con Mowgly.

El menor dice no conocer a Rafá Zouheir, el marroquí confidente de la Guardia Civil que puso en contacto a los radicales islamistas con los de Avilés, tras coincidir con Antonio Toro en la cárcel asturiana de Villabona, pero comenta que Emilio le habló de un Rafa «moro» que conoció en la cárcel y que había atracado una joyería en Parque Principado, cerca de Oviedo.

En toda investigación periodística los datos se van entretejiendo a base de paciencia y de separar la verdad de la mentira en centenares de conversaciones con personajes de toda condición. Es casi un milagro encontrar la declaración de una persona que pueda, por sí sola, desvelar uno de los capítulos más enrevesados de los agujeros negros del 11-M.

Un chico de 16 años, casi un niño, ha hecho una aportación de gigante para el esclarecimiento de los hechos. La conexión española, que fue capaz de proporcionar el explosivo, la metralla y la infraestructura de su transporte, nos asoma, sin embargo, a un abismo que parece cada vez más tenebroso.