Los ‘amedos’ del 11-M

Pedro J. Ramírez (EL MUNDO, 11/07/04).

Acaban de cumplirse diez años de la publicación de una de las exclusivas más memorables de la historia del Periodismo español. Mientras la policía se volvía loca buscándole en nuestro territorio, se cursaba orden de captura a la Interpol y el ministro Asunción se veía obligado a dimitir irrevocablemente, nuestros reporteros Manuel Cerdán y Antonio Rubio entrevistaban en un hotel de París al fugado Luis Roldán.

De vuelta a la redacción, cuando llegó el momento de editar sus confesiones, yo fui consciente de que el destino nos había dado la oportunidad de desencadenar una carambola que a la postre resultaría decisiva para la suerte de nuestro país. No lo dudé un instante y elegí como principal titular de la portada una frase del corrupto director general de la Guardia Civil que forma ya parte de las referencias esenciales de esa época: «A mí no me van a engañar como a Amedo».

Quería decir y decía que era cierto que él formaba parte de una trama dedicada a apropiarse de los fondos de la lucha antiterrorista -además cultivaba el trinconeo de las comisiones por obras públicas-, pero como no era ni el único ni el más importante que lo hacía, no estaba dispuesto a pagar por lo suyo y por lo de los demás, comiéndose en silencio el marrón de una larga condena, sino que tiraría de la manta y cantaría la Traviata.

El que pusiera como ejemplo y antecedente de lo que sus superiores de la cúpula de Interior pretendían hacer con él al policía condenado a 104 años de cárcel por contratar a los mercenarios portugueses que cometieron algunos de los atentados del GAL era una bomba de relojería. No había que tener especiales dotes psicológicas para darse cuenta de la reacción en cadena que una declaración así podía provocar en una mentalidad como la de Amedo.

Escuchar a uno de sus generales burlarse de su disciplinada obediencia, en los términos en los que uno se refiere al pardillo que se convierte en incauta víctima de un timo, fue demasiado para aquel soldado. Pensó que mientras él y su compañero Domínguez purgaban su condena, los jefazos se llevaban la tela de la lucha antiterrorista e incluso pretendían dejarles fuera del reparto, cerrándoles el grifo de las entregas millonarias que les habían llegado a sus mujeres a través de Suiza. Apenas transcurridos seis meses, los dos policías acudieron al juez Garzón y al diario EL MUNDO -sus némesis de tantos años- y aportaron las pruebas que, al implicar a la cadena de mando policial y a la propia cúpula de Interior, terminarían dinamitando el felipismo y encerrando para siempre a Barrionuevo y Vera en la cárcel de la Historia.

Los confidentes policiales Rafá Zouhier y Emilio Suárez Trashorras son los amedos del 11-M. Los dos están vinculados a los atentados en una medida u otra, los dos saben más de lo que cuentan, los dos podrían aportar datos muy embarazosos para las Fuerzas de Seguridad y los dos están siendo presionados para que callen, con la misma mezcla de amenazas y promesas de entonces.

Siendo obvias las grandes diferencias entre el montaje de los GAL y la organización de la masacre del 11-M, aquella experiencia debería enseñarnos a no confundir la mano de obra empleada con la cabeza rectora de los atentados. Tan evidente como resulta ahora que por encima de los mercenarios portugueses y de los intermediarios que los contrataban y señalaban sus objetivos tenía que haber una inteligencia superior y de naturaleza política, debería parecernos ya que los marroquíes del comando de Lavapiés no han sido sino las marionetas de alguien que desde mucho más arriba ha movido sus hilos.

Siguiendo una de las dos recomendaciones que el comisario general de Información cuando sucedieron los hechos, Jesús de la Morena, formuló ante la Comisión del 11-M, si queremos saber lo que de verdad ocurrió es imprescindible «tirar hacia arriba» sin restricciones ni prejuicios, pues hasta ahora el escalón más alto al que se ha llegado es el que ocupa El Egipcio y él mismo se presenta como mero ejecutor de órdenes superiores. Estamos ante un atentado político, concebido no sólo para causar el mayor sufrimiento y espanto posibles, sino sobre todo para cambiar la correlación de fuerzas en el Parlamento español; y ante esa intencionalidad no cabe sino preguntarse cui prodest? -¿a quién le beneficia?- para abrir una amplia panoplia de hipotéticas complicidades en muy diversos ámbitos.

Que la columna vertebral de la trama que propició la masacre es el fundamentalismo islámico debería ser ya, hasta para los más obsesos seguidores de la teoría de la conspiración, un signo fijo en la quiniela. Pero eso es compatible tanto con la concertación de otras voluntades a altos niveles como con la existencia de redes auxiliares, completamente ajenas a ese móvil de fanatismo religioso, que con mayor o menor grado de conocimiento de causa, por activa o por pasiva, mediante la complicidad o la mera negligencia, contribuyeron a hacer posible la tragedia.

Que en la cadena logística del 11-M aparezcan dos confidentes policiales en papeles protagonistas y unos cuantos más en contribuciones secundarias aún pendientes de aclarar, no es como pretende el nuevo Gobierno socialista una mera coincidencia accidental. Es la pista de la dinamita la que ha llevado desde el colaborador de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil (Zouhier) hasta el colaborador de la Policía de Avilés (Suárez Trashorras), pero empieza a haber indicios suficientes como para pensar que por ese mismo circuito o algún otro muy similar se produjo también el suministro de vehículos y de armamento. Estaríamos, pues, ante una red de apoyo logístico con más españoles que magrebíes y con policías y guardias civiles pululando siempre por sus recovecos.

Aunque el bienpensante juez Del Olmo se conforme en principio con las explicaciones de que ni los confidentes sabían para que se iba a utilizar la dinamita ni sus controladores fueron tan siquiera avisados de que se estaba realizando la transacción, la larga duración del proceso de entrega, el estrecho trato de los islamistas con los confidentes y la intimidad de estos con la policía -a Suárez Trashorras lo detienen cuando cenaba con el inspector apodado Manolón; Zouhier dice que se iba de copas y hacía viajes con los agentes de la UCO- sugieren relaciones triangulares de tal porosidad que convierten tanta ignorancia en algo inverosímil.

Por muy toscos que puedan parecer los perfiles de ambos confidentes -yo creo que uno y otro tienen mucha más retranca de la que parece- abonarse a la teoría de que trataban diariamente con El Chino y sus adláteres sin imaginar de qué iba la fiesta a cuyos preparativos estaban contribuyendo es un indicio, y que me perdone Su Señoría, de cierta pereza intelectual. Y no digamos nada si además se soslayan elementos sumariales que apuntan claramente a que las Fuerzas de Seguridad tenían mucha más información de la que se reconoce: así la secuencia de llamadas entre los islamistas, el trío Suárez Trashorras-Carmen Toro-Antonio Toro y el inspector de Avilés; así los comprometedores detalles sobre la conducta de este último desvelados ayer por Interior; así la propia transcripción de la conversación telefónica entre Zouhier y el guardia civil Víctor, «accidentalmente» grabada por la policía y ahora entregada por el juez a la comisión parlamentaria, en la que el confidente revela al agente de la autoridad que ha visto armas y explosivos en el domicilio de El Chino y le aclara que era a eso a lo que se refería cuando ya antes del 11-M le transmitió una serie de insinuaciones y pistas.

Si a todo ello le añadimos las propias preguntas que plantea Zouhier en el escrito que dirigió recientemente a este periódico -¿por qué la UCO no investigó la muestra de dinamita que él entregó en su día? ¿Por qué no se desmanteló la trama de venta de explosivos que salía de la mina asturiana?- es inevitable que las sombras de la sospecha vayan acumulándose hasta formar una densa capa negra. El mismo Zouhier apunta a la teoría de que cuando la Guardia Civil «subió» a Asturias siguiendo sus indicaciones se encontró con que estaba pisándole los callos a la Policía Nacional y optó por retirarse y «permitir» que se consumara la venta de explosivos a los marroquíes. En ese contexto el hecho de que el jefe de la UCO sea el mismo Félix Hernando que entregaba en Suiza los maletines de Vera a las mujeres de Amedo y Domínguez adquiere un significado insoslayable.

Sólo el convencimiento de que había estado haciendo lo que sus controladores de la UCO esperaban de él explica que Zouhier -un individuo que abomina el fanatismo religioso y maldice a los integristas- no pusiera pies en polvorosa tras el 11-M, tal y como hicieron otros magrebíes hoy en busca y captura. Como mínimo estamos ya en condiciones de asegurar que la masacre pudo ser evitada y que no fue solamente la equivocada evaluación unidireccional de la amenaza terrorista por parte del Gobierno de Aznar lo que lastró la actuación de las Fuerzas de Seguridad. Los elementos antedichos permiten suponer que en Asturias actuaba una mafia integrada por policías y delincuentes en la que el ánimo de lucro primaba sobre cualquier otra consideración y que en la UCO se produjo una flagrante inhibición -laissez faire, laissez passer- cuyas motivaciones urge averiguar.

Es una vergüenza que con todos estos datos sobre la mesa la comisión parlamentaria haya girado exclusivamente en sus primeras jornadas sobre la conducta del PP y el PSOE en el lapso que medió entre el 11 y el 14. Cualquiera diría que lo único que importa a los comisionados es luchar por el prestigio y honor de sus respectivos jefes de fila. Veremos lo que pasa esta semana tras su bien argumentado artículo de hoy, pero hasta ahora Del Burgo no se ha comportado como el fiscal impulsor de pesquisas que debería ser, sino como el abogado particular de un Angel Acebes mucho menos en entredicho de lo que a veces él mismo parece creer; y toda la maquinaria de Producciones Rubalcaba -manipulaciones de testigos incluidas- no ha ido encaminada sino a legitimar la polémica comparecencia del sábado por la noche cuando el portavoz socialista llamó mentiroso al Gobierno de Aznar, sin tener base para ello.

Si a partir de ahora, en vez de seguir los consistentes hilos que pueden llevar a muy relevantes ovillos, la Comisión entra en la modorra de las comparecencias doctrinales o especulativas sobre los horizontes del terrorismo islamista y su única traca final se reserva para determinar cuán descarado fue el agit-prop de la Cadena Ser, se habrá consumado una de las más lamentables farsas del parlamentarismo democrático.

Cuando uno de los dos amedos del 11-M -el otro interpretó la incomprensible puesta en libertad de su esposa como señal de que se estaban cumpliendo los pactos con sus cómplices policiales- ha anunciado que quiere comparecer ante la Comisión; cuando hay indicios de que el juez Del Olmo no se opondría a tal solicitud; cuando el propio interesado está denunciando amenazas de muerte y presiones en la cárcel para que mantenga la boca cerrada; cuando es obvio que la administración penitenciaria y la Guardia Civil no están diciendo la verdad sobre su acoso carcelario -yo creo a Zouhier en lo referente a la visita de la UCO-; cuando el público compromiso de Interior de abrir una investigación sobre los confidentes fue soslayado por un ministro Alonso entre amnésico y abúlico; cuando la crítica a tamaña estulticia dio paso ayer sábado a una burda maniobra de intoxicación consistente en sepultar bajo la apariencia de un desmentido a EL MUNDO datos explosivos -nunca mejor dicho- que no hacen sino corroborar y agravar mis reflexiones de hoy… Seguir adelante como si nada de todo esto sucediera sería un acto de cinismo rayano en la indignidad política.

Ni la oposición debería prestarse un minuto más a legitimar tamaña farsa ni el presidente Zapatero consentir que su partido siga predicando con el ejemplo exactamente lo contrario de lo que él prometió con bellas palabras el domingo pasado. ¿Qué «democracia ejemplar» es ésta en la que un imputado por la mayor masacre de la historia de España dice tener cosas importantes que contar al Parlamento y el Parlamento se niega a escucharle no vaya a ser que se entere de cosas que no le gusten?