Los americanos votan continuidad

Tras mil millones de dólares gastados por ambos partidos en la campaña electoral, una de las más largas, disputadas y agrias de las últimas décadas, los americanos deciden prolongar la estancia de Obama en la Casa Blanca, confirmar la mayoría republicana en la Cámara de Representantes y la demócrata en el Senado. Deducirán algunos, no sin razón, que después de tanto esfuerzo la vida sigue igual; y otros, que a la postre los electores han optado por lo malo conocido en vez de arriesgarse a lo bueno por conocer. O como dicen los anglosajones con frase gráfica, «el diablo que conocemos antes que el desconocido». Lo cierto es que el empate técnico que auguraban las encuestas no ha sido negado por los resultados: la mecánica mayoritaria del colegio electoral otorga a Obama cien votos más que a Romney, mientras que en el voto popular la distancia es apenas de un 1 por ciento del voto emitido. Obama retiene la presidencia sobre un país polarizado y un poder, como quería la Constitución, dividido. Luego, vendrán los análisis de los comportamientos electorales y las razones internas del triunfo de unos y del fracaso de otros. Cabe apuntar una primera, que parece contar ya con la categoría de lo evidente: Obama ha sabido compensar con el crecimiento del voto hispano las pérdidas relativas del voto blanco, negro y judío. Harían bien los republicanos en examinar las razones por las que ese sector emergente de la vida americana les ha dado tan conspicuo esquinazo.

Los segundos cuatro años deben ser, ahora que ya no caben prórrogas, los de la realización de los sueños incompletos y de las promesas incumplidas. Las primeras y evidentes, y en torno a ellas se ha batallado la elección, las económicas. En el cortísimo plazo, que se cuenta por días y pocas semanas y que ni siquiera puede esperar a la inauguración presidencial, la solución del llamado «precipicio fiscal»: el acuerdo entre Casa Blanca y Cámara de Representantes que permita evitar la subida automática de impuestos y paralela reducción de gastos que tienen vencimiento el último día del año. Pero luego, naturalmente, las medidas que refuercen el hasta ahora tímido crecimiento económico, las que favorezcan la creación de empleo, hasta ahora castigado por altos índices de paro, y paralelamente las que se enfrenten decididamente con la gigantesca deuda acumulada del país, fuente primera y última de las incertidumbres que cargan de nubarrones el futuro de los Estados Unidos como gran potencia. El balance del último cuatrienio, y en ello basó sus mejores intervenciones Romney, es cuando menos mejorable. Pero la confirmación de Obama es también la de sus políticas: impuestos más elevados, índices abultados de gasto público, mantenimiento y generalización de las políticas sociales. Entre ellas, por supuesto, y como joya de la corona, la confirmación de la reforma sanitaria, la conocida por el «Obamacare», tan querida como aborrecida en mitades prácticamente iguales por la ciudadanía del país. En el contexto de un gran diseño que, como el propio Obama ha señalado repetidamente, la primera «construcción nacional» es la de los propios Estados Unidos. Es decir, menos aventuras fuera, soldados a casa y aprovechamiento de los ahorros bélicos para necesidades domésticas. Son los dividendos de las retiradas de Irak y Afganistán. En la contienda entre los dos modelos contrapuestos, ese es el que ha prevalecido. Muchos en los Estados Unidos y fuera de ellos son los que esperan, y prácticamente suplican, que las respectivas bancadas, en una de las cuales se seguirá sentando el combativo Paul Ryan, el candidato a la vicepresidencia en la plataforma electoral de Romney, sean capaces de encontrar puntos intermedios de acuerdo. No ha sido conocido Obama en sus primeros cuatro años por su capacidad de entendimiento con los opuestos. Y estos, los republicanos, tampoco han sabido mostrarse propicios al abandono parcial de la ideología para recorrer caminos comunes. Desgraciadamente, y bien querría uno equivocarse al respecto, nada ni nadie garantiza ahora que las cosas vayan a producirse de manera diferente, aunque a Obama, en sus años de postrera gloria, le cabe una responsabilidad: la de encontrar la magnanimidad que abre la vía al consenso.

Ha practicado Obama una política exterior que, en su afán por distanciarse de la de George W. Bush, ha querido presentarse como la primera del mundo post-americano, modesta en sus objetivos, multilateral en sus instrumentos y pacifista en sus intenciones. No en vano el presidente americano se había visto sorprendido, al poco de comenzar su mandato, con un premio Nobel de la Paz concedido, como el mismo resaltó, más a sus intenciones que a sus realizaciones. Pero concentrados los esfuerzos de Washington en un «arco de crisis» por lo demás bien conocido, ha terminado por practicar una política donde el idealismo ha cedido muchas veces el paso a la realidad, mientras que la contundencia se abría camino entre las mejores intenciones. Obama es el presidente que se sitúa detrás de sus aliados en la intervención en Libia, pero que no tiene empacho en violar la integridad territorial de Pakistán para acabar con Bin Laden. Es el que promete diálogo con los malos de este mundo, pero luego persigue la consecución de sanciones letales contra el Irán que se quiere nuclear. Es también el que asegura buscar el cierre de Guantánamo y someter a los terroristas a la jurisdicción ordinaria, para más tarde darse cuenta de que los límites de las posibilidades son otros. Los próximos cuatro años de la presencia americana en el mundo, bajo la responsabilidad de Obama, adquirirán perfiles cruciales en la percepción que los americanos tienen de sí mismos y en las expectativas que el resto del mundo, amigos y adversarios, tiene situadas sobre su comportamiento. ¿Seguirá siendo esta la potencia «indispensable» que dijera Madeleine Albright o, por el contrario, se convertirá en el imperio decadente y desdentado que tantos, desde hace al menos cincuenta años, vienen profetizando? Nunca como ahora ha necesitado el mundo unos Estados Unidos dotados de un liderazgo a la vez firme y flexible, capaces de suscitar adhesión entre los amigos y aliados y respeto entre los demás, incluidos adversarios y enemigos. La vacilación en este terreno sería la peor tacha que acompañar pudiera a Obama en estos próximos cuatros años, que se enuncian cargados de incertidumbre y tensión.

Ala postre, ya tenemos presidente en los Estados Unidos, y se llama Barack Obama. No cabe ya, en realidad nunca ha cabido, la estólida interrogación: ¿quién conviene más a los intereses de España, Obama o Romney? Socialdemócrata habrá que, como en el pasado, celebre la elección como el resultado de una «conjunción astral». O conservador existe, seguramente, que llora por las esquinas la derrota del mormón, como si se tratara de un conmilitón partidista. Esas sanas emociones deben reservarse para cuando el partido se juega en casa porque en la Casa Blanca, sea cual sea su inquilino, España, y con ella sus socios y aliados en la UE y en la OTAN, tendrá la audiencia y la resonancia que sepa y quiera adquirir en una labor solidaria marcada por los valores comunes y el mutuo interés. Y que naturalmente requiere de una diplomacia activa, próxima y claramente orientada en sus prioridades. El «amigo americano» sabe apreciar la proximidad afectiva y el tacto de codos. Y si no que se lo pregunten a los británicos. Los de las relaciones especiales. Esos mismos.

Javier Rupérez, embajador de España.

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