Los años de la plaga de langostas en Estados Unidos

En este momento es difícil escribir sobre economía política estadounidense. Nadie sabe si se podrá evadir el límite del techo de la deuda, cómo se hará o qué va a pasar si no ocurre.

Si no se alcanza un acuerdo para elevar el techo de la deuda antes del 3 de agosto, las tasas de interés sobre los bonos del Tesoro podrían aumentar drásticamente, o podrían mantenerse estables si es que los inversionistas deciden que tienen otros problemas de qué preocuparse. O la Reserva Federal de EE.UU., el Banco Popular de China (BPC), o ambos -o incluso algún otro organismo- podrían apuntalar el mercado. O las tasas de interés podrían elevarse si la gente espera una economía mundial mucho más débil… y, en una economía global más débil y sin inflación, los inversionistas deberían buscar poseer más bonos del Tesoro de EE.UU. y no menos.

Francamente, nadie sabe qué acuerdo legislativo se alcanzará para elevar el techo de la deuda. Todo lo que sabemos al momento de escribir esta columna es que probablemente el acuerdo implique recortes en el gasto a corto plazo, lo que significa un menor crecimiento y mayor desempleo en los próximos 18 meses. Y podemos suponer que sería derogado y sustituido por otra cosa cuando llegue enero de 2013, ya sea por un reelecto presidente Barack Obama, o por un nuevo presidente republicano.

Así, en lugar de hablar sobre el techo de la deuda de EE.UU., pensemos más bien en todas las cosas que este impasse ha impedido hacer al gobierno de EE.UU. durante los últimos seis meses; todas las políticas útiles que podrían haber sido objeto de debate y haberse promulgado.

Los riesgos que representa el calentamiento global, por ejemplo, no han desaparecido. Cuanto más pronto el mundo comience a prepararse para hacer frente a esas amenazas, mejor. No se deben perder otros seis meses.

La relación empleo-población en los EE.UU. sigue siendo plana, sumida en los mismos niveles a los que cayó durante la recesión. Con las familias tratando desesperadamente de reconstruir sus balances, y con un nivel de inversión de capital notablemente saludable, los únicos ámbitos para aumentar el gasto con el fin de restaurar la utilización de la capacidad y el desempleo a niveles normales son las exportaciones, las compras gubernamentales y la inversión en construcción. Pero no se han aprovechado las oportunidades para implementar las políticas necesarias. En este respecto tampoco podemos otros seis meses.

Asimismo, EE.UU. podría haber cumplido su función normal de director de la orquesta económica internacional. No lo ha hecho, a pesar de que la Unión Europea sigue respondiendo inadecuadamente y en cámara lenta a sus propias crisis de solvencia . Los mandarines del norte de Europa continuarán midiendo un goteo permanente de apoyo con cucharillas de café. Otros seis meses se han perdido.

Estados Unidos se enfrenta a problemas de largo plazo y corto plazo: deterioro de la infraestructura, debilitamiento de los sistemas educativos y un disfuncional sistema de salud que produce resultados de calidad inferior al doble del costo de cualquier otro país industrializado. Resolver cualquiera de estos tres problemas representaría un gran paso hacia la solución del desequilibrio de financiación a largo plazo entre las tasas tributarias actuales y las promesas de largo plazo sobre seguridad social que los instigadores del debate del techo de la deuda techo supuestamente quieren abordar.

Pero el gobierno de EE.UU. no los abordará. Se han perdido seis meses que podrían haberse invertido para el fortalecimiento del potencial de crecimiento de largo plazo de la economía estadounidense a través de la inversión en infraestructura, la reforma educativa o una reforma de la financiación de la atención de salud, con lo que, de paso, se facilitarían enormemente el déficit y los dilemas de la deuda de largo plazo de Estados Unidos.

Durante el período previo a la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill, hablando en el Parlamento, lamentó “los años devorados por la plaga de langostas”, el período durante el cual se podrían haber adoptado medidas preparatorias para hacer frente a la gran crisis de su época (el ascenso del fascismo continental). Durante el siglo pasado -con la notable excepción de la Gran Depresión- el sistema político estadounidense ha sido notablemente apto para prever las crisis mucho antes de que se produjeran, y por lo menos sentar las bases para abordarlas una vez que ocurrían.

Pero hasta ahora en el tercer milenio, esta habilidad -o simplemente, suerte- ha abandonado a los Estados Unidos. Mi opinión es que el problema se arreglaría por sí mismo si tan solo reapareciera en escena el Partido Republicano de Dwight D. Eisenhower (aunque sin Richard Nixon ni Joseph McCarthy).

Sin embargo, es cada vez es más claro que el problema afecta no sólo a EE.UU., sino al resto del mundo. Desde el 7 de diciembre 1941, el mundo ha podido contar en gran parte con una gobernanza global ejercida por una hiperpotencia aceptablemente competente. Puede que ese Estados Unidos haya desaparecido para siempre. Si es así, el mundo necesita desarrollar otras instituciones para la gestión global, y rápido.

J. Bradford DeLong, ex Secretario Asistente del Tesoro de EE.UU., profesor de economía en la Universidad de California en Berkeley e investigador de la Oficina Nacional de Estudios Económicos. Traducido del inglés por David Meléndez Tormen.

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