Los antiguos parapetos de Europa

Durante la década de 1950, un grupo de estadistas cristianos ideó un nuevo plan de colaboración internacional en el continente europeo. El iniciador fue Jean Monnet, de una familia que se dedicaba, muy apropiadamente, al comercio de cognac en Burdeos, y al que pronto siguieron Robert Schumann, francés de la región de Alsacia, Alcide de Gasperi, procedente de la zona germanoparlante de Italia, y Konrad Adenauer, portavoz de la revitalizada Alemania. Idearon la Comunidad Europea del Carbón y del Acero. Esperaban asegurarse de que, instaurando el hábito de la colaboración, nunca volviesen a repetirse las guerras que durante tanto tiempo habían desfigurado Europa. Era una idea inteligente, y varios países europeos más pequeños, como Bélgica, también se interesaron mucho por ella. En concreto, el primer ministro belga Spaak se convirtió en firme defensor del nuevo proyecto.

A Gran Bretaña se la invitó a colaborar. Nuestro ministro de Asuntos Exteriores entonces rechazó la idea de la adhesión aduciendo que los mineros de Durham no lo aceptarían. Cuando el debate sobre la nueva propuesta de colaboración se volvió serio, y los seis países más importantes del continente (Francia, Alemania Occidental, Italia, Holanda, Bélgica y Luxemburgo) celebraron una reunión en Messina, Gran Bretaña envió a un funcionario de rango más bien bajo para observar lo que estaba pasando.

Al cabo de uno o dos años, la situación cambió. La colaboración económica de «los Seis» parecía ser un claro éxito. Gran Bretaña, aunque aún era una gran potencia imperial, daba la impresión de estar perdiendo terreno. El Imperio ya no era una fuente de poder para nosotros y la Commonwealth nunca iba a servir de sustituta. Nuestra relación con el anglófono Estados Unidos parecía señalarnos el camino. Sin embargo, jamás existió ninguna oportunidad de entablar una nueva relación económica con EE.UU. Le dábamos vueltas a la idea de una sociedad de libre comercio con las potencias continentales, pero éramos conscientes de que nos acarrearía muchas dificultades. En 1959, Harold Macmillan, el culto primer ministro que había trabajado con Francia en el norte de África durante la guerra mundial, solicitó la adhesión a la Comunidad Europea del Carbón y del Acero. Francia nos tuvo un tiempo negociando y luego, a principios de 1963, el presidente francés, el gran general de Gaulle, nos rechazó.

Ese desaire convirtió la cuestión europea en el problema más complejo de nuestra política durante los 10 años siguientes. En aquella época, el Partido Laborista se mostraba en general hostil a una asociación con Europa, pero una facción de políticos de ese bando con menos años (Roy Jenkins, Tony Crosland, George Thomson) discrepaba y, en 1965, un nuevo primer ministro más joven, Harold Wilson, presionado por funcionarios civiles progresistas, acabó dándoles la razón. Volvió a presentar la solicitud de Macmillan, pero, por desgracia, la rechazaron otra vez. Sin embargo, De Gaulle no iba a estar ahí siempre. Durante la década de 1970 dimitió, y su sucesor, Georges Pompidou, se dejó convencer. Francia celebró un referéndum sobre si debían invitarnos a unirnos a ellos en la aventura europea. Y Francia dijo que sí. Las nuevas negociaciones siguieron adelante de la mano de un nuevo primer ministro conservador, Edward Heath. Wilson, que recuperó el poder en 1973, pensaba que podía convencer a su partido, el Laborista, de que apoyase la idea de una «Gran Bretaña en Europa» con un nuevo referéndum. Este se celebró debidamente en 1975, y Gran Bretaña votó a favor de seguir en Europa, por amplia mayoría. Yo mismo participé en la campaña y organicé a unos 50 escritores conocidos para que se uniesen bajo el lema «Escritores por Europa». Todos dimos por sentado que el asunto había quedado resuelto de una vez por todas. Parecía que los mineros de Durham habían renunciado a su empecinamiento filisteo respecto a Europa.

Así empezaron nuestros 40 años como miembros de lo que pronto se convertiría en la Unión Europea. ¿Qué ha fallado? Sin duda, se escribirán muchas historias sobre este asunto. En primer lugar, la Unión Europea fue la primera gran organización internacional en cuya creación no intervinieron los funcionarios y políticos británicos. Los ciudadanos británicos pensaban que participar en las instituciones europeas equivalía a estar gobernados por extranjeros. Decir eso en Inglaterra asusta. No habíamos sufrido mucho durante la ocupación nazi de la década de 1940. De hecho, se tenía la impresión de que el comienzo de aquella década había sido, como dijo Winston Churchill en aquel entonces, «el momento de mayor gloria» de toda nuestra historia. La necesidad de que nuestros ministros acudiesen a Bruselas a firmar acuerdos con sus homólogos continentales parecía a menudo una pérdida de tiempo. Con la llegada del cine, nuestra «cultura» tiene más influencia estadounidense que francesa o española, y no digamos ya alemana o italiana. Dante, Schiller, Proust y García Lorca son importantes para mí, pero, para la mayoría de mis conciudadanos, Hollywood cuenta mucho más.

No nos conmueve la sublime sensación de que se esté restaurando el Imperio Romano, aunque he oído a un estadista inglés (Geoffrey Howe) afirmar que eso era lo que le inspiraba de Europa. A los hombres de Estado británicos les resulta complicado el arte de la adaptación europea. Existía una diferencia entre las actitudes europeas y la británica. Así, Italia y Alemania siempre han dado la impresión de ser más, pero también menos, que un Estado nacional. España ha visto en Europa una fuente de ilustración, Francia contempla a Europa como si fueran los suburbios de París. Lamentablemente, Gran Bretaña ha considerado a Europa un continente de dictadura y de pasos un tanto remisos hacia la democracia. Escocia e Irlanda del Norte, que forman parte del Reino Unido y que, como Londres, votaron a favor de seguir en Europa, no encajan en el marco actual. Por tanto, el referéndum de 2016 podría haber puesto en peligro todavía más cosas de lo que en principio parecía probable. Rimbaud hablaba de «la Europa de antiguos parapetos» en su maravilloso poema El barco ebrio. Existe un serio riesgo de que esa embriaguez se extienda lejos.

Hugh Thomas, historiador.

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