Los armisticios platónicos

Por Jorge Edwards, escritor chileno (EL PAÍS, 05/06/07):

En plena Segunda Guerra Mundial, el poeta René Char, participante activo en la resistencia contra los nazis que ocupaban su país, escribió lo siguiente: «Esta guerra continuará más allá de los armisticios platónicos». Parece una frase puramente poética, pero la verdad es que las guerras nunca terminan en forma definitiva. El nazismo, aplastado por las fuerzas aliadas, rebrota en diversas formas y en diversos lugares del mundo: en Irán, en los territorios palestinos, en el corazón de algunas grandes capitales europeas, a la vuelta de nuestras propias esquinas. Fue derrotado, es cierto, pero ninguna derrota es total y absoluta. En alguna parte quedan secuelas, resquicios, restos. Y uno a veces tiene la impresión pesimista de que todo en la historia tiende a volver. ¿No hay algo hitleriano, por ejemplo, en el fanatismo de Bin Laden o en algunas declaraciones del actual presidente de Irán? Nunca podemos permitirnos un optimismo completo. Si el pesimismo radical es nocivo, estéril, el absoluto optimismo es una ingenuidad peligrosa.

Me hago estas preguntas o estas reflexiones a propósito de la guerra fría. Me alegré mucho del fin de la guerra fría, que mantuvo al planeta Tierra al borde de la destrucción nuclear, pero muchas veces, en determinadas circunstancias, me digo que esa guerra está lejos de haber terminado en forma total. Hubo finales espectaculares, que el poeta René Char a lo mejor habría calificado de platónicos, y el derrumbe del muro de Berlín en el espacio de una sola noche pareció una conjunción de la historia y de la magia colectiva, pero de repente parece que la vieja guerra, guerra de nervios, de declaraciones truculentas, de amenazas siniestras, ha vuelto a colarse por algún lado. Cuando terminó la segunda conflagración mundial, otro poeta europeo, y ahora no recuerdo si fue Stephen Spender, W. H. Auden o algún otro, dijo que las condiciones de la paz, las auténticas, las infalibles, sólo podían construirse en el interior de la mente humana. Esta idea fue una de las bases teóricas que sirvieron para redactar la carta de la Unesco. Se suponía que esta nueva organización, parte del sistema global de las Naciones Unidas, tenía que promover las condiciones de la paz del mundo en la mente humana y a través de la educación, la cultura, la ciencia y la comunicación. Ni más ni menos. En otras palabras, se pensaba que todo propósito de paz que no estuviera arraigado en la propia conciencia de los hombres tendría una base frágil. ¿En qué quedaron todas estas aspiraciones superiores, ambiciosas, humanistas: en la nada, o podemos imaginar que el espíritu sopla todavía en alguna parte?

Observo ciertas actitudes, ciertos lenguajes, y llego a la conclusión de que la guerra fría, por lo menos en su aspecto mental, todavía sigue. La clausura en Venezuela de una estación de radiotelevisión, empresa que ha salido al aire durante más de medio siglo y que ahora será clausurada por un simple decreto de gobierno, es un verdadero acto de guerra. Parecía difícil de imaginar hace muy pocos años, pero ahora comprobamos que todo puede deteriorarse hasta extremos que van más allá de la imaginación. ¿Qué vendrá después de esta confiscación, qué procesos seguirán, en medio de las más diversas e inútiles condenas, condenas platónicas, para abundar en la visión del poeta resistente? Aquí en Chile, donde a menudo no nos damos cuenta del sentido de nuestras palabras y de nuestros actos, se ha propuesto que la presidencia de una institución oficial dedicada a los derechos humanos sea entregada al Partido Comunista. Para que no se sienta excluido de la vida política. ¡Qué miedo habrán sentido los Fidel Castro, los Hugo Chávez, los dictadores dinásticos de Corea del Norte, frente a estos vigilantes tan particulares de los derechos humanos!

En medio de todo esto, las palabras del ministro José Antonio Viera-Gallo, encaminadas a buscar «un entendimiento parlamentario de fondo» entre el oficialismo y la oposición de derecha, me parecieron interesantes, razonables, tranquilizadoras. Pero la mentalidad de guerra fría subsiste en las más diversas trincheras, arraigada, enconada, irreductible. Salen de todos lados, de un extremo y del otro, y salen a veces, incluso, del centro del espectro, voces agrias, ásperas, que huelen a cada rato la trampa, la traición, la jugada sucia. Pero mejorar la educación, fortalecer el sistema previsional, modernizar laContraloría, apoyar a las empresas medianas y pequeñas, ¿no podrían ser elementos de un consenso general, objetivos comunes? Alguien protesta diciendo que en todas partes hay Gobierno y hay oposición. En otras palabras, al Gobierno le correspondería gobernar y a la oposición oponerse. Parece muy simple, pero está lejos de ser tan simple como parece. Cada vez que hay conflictos serios en una sociedad, guerras internas declaradas o larvadas, como ocurrió entre nosotros y en tantos otros lugares del mundo, queda en evidencia la necesidad de alcanzar convergencias mayores, formas amplias de consenso más allá de los partidos y de las divisiones ideológicas habituales. No desaparece la oposición, desde luego, pero se la ejercita con menos crispación, con menos personalismo, con un sentido más claro de los intereses generales. El gran conflicto reciente de la vida chilena empieza a alejarse en el tiempo y me pregunto si esto no favorece la proliferación de conflictos menores, bulliciosos e inútiles. Recorro mi experiencia personal y compruebo que me ha tocado vivir en diversos lugares en períodos históricos de notable convergencia, de oposiciones ejercidas en forma civilizada, con amplio espíritu de colaboración. Eso ocurría, por ejemplo, en la España de Adolfo Suárez y en la de los primeros años de Felipe González. El hecho de que España sea uno de los países que más se desarrolló en aquellos mismos años en toda Europa, en un desarrollo acompañado de protección social, de cultura, de altos niveles educacionales, no es en absoluto ajeno a un espíritu de reconciliación, de entendimiento entre las facciones, que presidió toda la primera etapa del postfranquismo. El acuerdo de 2003 entre el presidente Ricardo Lagos y Pablo Longueira, en su calidad de cabeza del partido más fuerte de la derecha, acuerdo que se enfocaba en el tema de la modernización del Estado, todavía era el reflejo de una atmósfera general de consenso, de negociación racional entre adversarios razonables. Ese año 2003 está muy cerca y a la vez, en el estado de espíritu dominante, parece de una lejanía extraordinaria. Algunos dicen que falta un líder en la derecha y otros que falta en la izquierda. Tampoco sé si el asunto es tan claro. Los líderes que existieron hace poco pasaron de repente a retiro, sin que nos diéramos cuenta, o se resisten a ejercer su liderazgo. En cuanto al liderazgo intelectual, que en otros países existe y consigue su espacio propio, aquí vegeta adentro de una burbuja.

Ahora me dicen que la presidenta Bachelet, en su mensaje del 21 de mayo, prometió repartir un curioso «maletín literario» con un par de libritos, un diccionario y unos cuadros sinópticos. Para animar, como quien dice, el entusiasmo masivo por las bellas letras. A este respecto, se me ocurre algo que podría ser interesante. Chile ha ofrecido ser la sede del próximo Congreso de la Lengua, cuya última versión se acaba de celebrar en Colombia. La propuesta chilena ya fue aceptada y la reunión tendría lugar a fines de enero de 2010 en Valparaíso y en alguna otra ciudad. Claro está, de acuerdo con nuestras muy arraigadas costumbres, propusimos la sede, los demás la aceptaron con simpatía, hasta con entusiasmo, y después parece que nos olvidamos del tema. Ahora bien, no es necesario que echemos a volar demasiado la imaginación. El Congreso sería el primer evento de un año de bicentenarios en toda la región y se haría en torno al tema unificador por excelencia, el de la lengua común. Y en el Valparaíso de Rubén Darío y la revolución del modernismo, de Pablo Neruda y Gonzalo Rojas, de Salvador Reyes y Carlos León, de tantos otros. Si se organiza bien, podrían venir los grandes escritores, ensayistas, filólogos, de la lengua actual, además de observadores y de invitados especiales. No sé si el interés o la utilidad práctica de una reunión de esta especie, de esta envergadura, puede definirse. No se le pueden poner números, lo cual, en los tiempos que corren, la convierte en una reunión bastante original. Pues bien, si se gasta tanto dinero en tonterías y en reuniones pomposas y ociosas, dos o tres millones para un encuentro así, repartidos entre el Estado y colaboradores privados, no es mucho. Y hablar de Rubén Darío, del famoso Certamen Varela, de la publicación de Azul, frente al mar Pacífico y a los pelícanos, al pie de los cerros porteños, en medio de un paisaje relacionado con la literatura nuestra y con la universal, con Herman Melville, con Joseph Conrad, con Pierre Loti, no dejaría de ser extravagante y hermoso. Algo que nos ayudaría a salir de nuestras rencillas mezquinas, que nos podría levantar el ánimo y hacer bien a todos.