Los atletas olímpicos no deberían nadar en las aguas negras de Brasil

Cuando empiecen los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro se les pedirá a los nadadores de aguas abiertas y a los triatletas que compitan en las aguas de la bahía Guanabara y en la playa de Copacabana, ambas con elevados niveles de contaminación.

Los atletas que entren en contacto con esas aguas tienen altas probabilidades de enfermarse. Los miembros del equipo juvenil nacional de remo de Estados Unidos y otros países competidores se han enfermado de diarrea, vómito y síntomas parecidos a los de la influenza después de entrenar y competir en Río solo por haber entrado en “contacto mínimo” con el agua. Los nadadores del maratón y triatletas ingerirán esta agua y las consecuencias podrían ser mortales.

Soy nadadora de larga distancia en aguas abiertas. Antes de que el maratón de natación fuera un deporte olímpico, establecí récords en el canal de la Mancha en dos ocasiones, al romper la marca de hombres y mujeres; además fui la primera persona en nadar por el estrecho de Bering desde Estados Unidos hasta la Unión Soviética. Al igual que todos los atletas, me sobrepuse al dolor para alcanzar mis metas.

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La única ocasión en la que fracasé fue cuando me enfermé de gravedad durante una competencia en el río Nilo. Aunque en aquel momento no lo sabía, ya estaba enferma de disentería por entrenar en aguas contaminadas. A pesar de que nadaba en medio de aguas negras, ratas podridas y perros muertos, luché para terminar la competencia.

No quería detenerme porque representaba a Estados Unidos, pero al superar los 24 kilómetros estuve a punto de desmayarme. En la sala de emergencias me dijeron que me encontraba extremadamente deshidratada y que estuve al borde de la muerte.

Me preocupa que los entrenadores y atletas olímpicos que irán a Brasil este año no estén bien informados sobre estos riesgos. Las aguas negras (que podrían llenar 480 piscinas olímpicas) del área metropolitana de Río, con una población de 12 millones de habitantes, fluyen hacia la bahía de Guanabara todos los días. Y esa agua desemboca en la playa de Copacabana, la sede de la competencia del maratón de natación.

Associated Press comisionó a Fernando Rosado Spilki, un virólogo y experto en calidad de agua de la Universidade Feevale en Brasil, para que hiciera pruebas con el fin de conocer las condiciones del agua en las sedes de competencias. Identificó niveles de virus 1,7 millones de veces por encima de lo que se consideraría peligroso en las playas de California.

Rosado Spilki concluyó que “la cantidad de materia fecal que desemboca en las masas de agua de Brasil es extremadamente alta”. Me dijo que era “muy probable que una persona que nade en estas aguas contraiga una infección”.

La misma agencia de noticias también le pidió a Kristina Mena, una experta en gestión de riesgos de virus de la Universidad de Texas, que analizara los resultados de Rosado Spilki. Ella previó que los atletas que ingieran tan solo tres cucharaditas de agua de la bahía tienen un 99 por ciento de probabilidades de enfermarse.

Cuando Río se convirtió en sede de los Juegos en 2009, el Comité Nacional Olímpico de Brasil reconoció las condiciones insalubres y anunció planes para instalar ocho plantas de tratamiento de aguas. Pero hasta el año pasado no se había construido ninguna.

Al preguntarle por el compromiso que hizo Brasil para limpiar el agua, el secretario ambiental dijo: “Eso no va a pasar”. Reconoció que la ciudad no cumpliría su promesa de reducir la contaminación, y en cambio mencionó los esfuerzos para evitar que la basura llegue a las vías fluviales con ayuda de barreras, redes y “ecobotes” que recogen la basura, una metodología totalmente ineficaz para atender la amenaza que ocasionan virus y bacterias.

Faltan menos de 100 días para los Juegos Olímpicos. El ministro de Deportes de Brasil renunció hace poco, y la Presidenta Dilma Rousseff se enfrenta a la destitución tras una investigación por corrupción. Es evidente que el país no podrá cumplir su promesa de los “Juegos verdes para un planeta azul”.

Los atletas no deberían tener que nadar en aguas residuales para alcanzar sus sueños olímpicos. Algo debe hacerse para protegerlos. Estamos hablando de los juegos olímpicos: los atletas están dispuestos a competir a toda costa.

Jordan Wilimovsky, del equipo de natación en aguas abiertas de Estados Unidos, me dijo que confiaba en “que el equipo de natación estadounidense no nos pondrá en una situación en la que podríamos caer enfermos”, y añadió, “aunque obviamente, planeo nadar sin importar cuáles sean las condiciones del agua”.

Su entrenadora, Catherine Vogt, dijo que estaba atenta al problema y que confiaba plenamente en los “informes sobre el agua y escuchaba” al Comité Olímpico de Estados Unidos, así como a la Federación de Natación de Estados Unidos (USA Swimming), el organismo regulador nacional de este deporte.

Pero dichas organizaciones, así como el Comité Olímpico Internacional, deberían estar entre las voces más fuertes para exigir una solución.

Jack Simon, expresidente de la Asociación Estadounidense de Entrenadores de Natación y asesor de tres equipos olímpicos de natación de Estados Unidos, me dijo: “Los atletas deberían considerar salirse si no se abordan los problemas de seguridad porque ningún atleta debería arriesgar su salud por competir en los juegos olímpicos”.

El presidente del Comité Olímpico Internacional, Thomas Bach, ha dicho que “el área de la competencia para los atletas ofrecerá condiciones seguras y justas”. Es responsabilidad del comité asegurarse de ello.

Los eventos acuáticos deberán realizarse en aguas seguras y limpias, y si estas no se encuentran en Brasil, deberán llevarse a otro país. Algo similar sucedió en una ocasión anterior, durante los olímpicos de 1956 en Melbourne, Australia, cuando los eventos ecuestres se llevaron a cabo en Estocolmo.

Dicha maniobra puede ser la única solución hoy en día, a menos que se cancelen estas competencias. Pero eso haría trizas los sueños de los atletas que han entrenado la mayor parte de sus vidas para llegar a los juegos olímpicos. Ellos se merecen la oportunidad de competir donde el agua no los afecte.

Lynne Cox es autora de “Swimming to Antarctica” y “Swimming in the Sink”, que está por publicarse.

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