¿Los bancos centrales se han vuelto locos?

Últimamente, criticar de manera indiscriminada a los bancos centrales de los países desarrollados se ha puesto de moda. El razonamiento principal del ataque es más o menos éste: los responsables de las políticas monetarias han sido demasiado activistas desde 2008, extralimitándose en sus mandatos y perjudicando a la economía. Este argumento -que, curiosamente, es igual de popular entre adversarios ideológicos que en otras circunstancias serían irreconciliables, como los libertarios y los neo-marxistas- es decididamente erróneo.

Lo que los críticos no llegan a entender es que los bancos centrales modernos son responsables no sólo de combatir la inflación sino de mantener la estabilidad de precios a largo plazo. Al igual que la temperatura corporal de una persona, los niveles de precios no pueden ni subir ni bajar demasiado sin causar serias complicaciones. Los bancos centrales deben ser tan “activistas” cuando combaten la deflación causada por una demanda floja como cuando hacen frente a una inflación elevada generada por una demanda excesivamente fuerte.

Si bien la batalla es completamente simétrica, la evaluación que hace de ella la población es inexplicablemente asimétrica, en especial en países con poblaciones financieramente conservadoras. Esto incluye a mi propio país, la República Checa, un país de pequeños ahorristas donde el ratio préstamos-depósitos sigue estando muy por debajo del 100%. Los checos le temen a la inflación, aunque ésta alcanzó un mínimo de 13 años el año pasado y el Banco Nacional Checo, del cual soy vicegobernador, ha venido luchando por evitar el riesgo de deflación desde 2013.

Otra queja frecuente sobre las políticas de los bancos centrales de los países desarrollados desde 2008 es que tienen efectos redistributivos. Los tienen, ¿y cuál es el problema? Todas las acciones de políticas monetarias redistribuyen la riqueza. Una suba de las tasas de interés contenta a los ahorristas, mientras que un recorte de las tasas es un beneficio para los prestatarios. Los importadores prefieren un tipo de cambio fuerte; los exportadores prefieren un tipo de cambio débil. Para que tenga algún sentido, la política monetaria debe tener efectos diferentes en grupos diferentes en momentos diferentes. Ese no es ningún error; es la esencia de la política monetaria.

Algunos críticos agregan que, de todas maneras, los bancos centrales no están cumpliendo con sus metas de inflación, de modo que su activismo no sólo no está garantizado sino que además es ineficaz. A veces incluso logran formular estas críticas contradictorias en la misma frase, como si estuvieran acusando a alguien de disparar balas de fogueo, pero a su vez de herir y matar gente.

La realidad es que los bancos centrales en el mundo desarrollado han logrado mantener -de una manera verdaderamente fascinante- la estabilidad de precios y el poder adquisitivo del dinero durante y después de la crisis financiera global. Si no hubieran intervenido, sus economías habrían enfrentado una deflación catastrófica, importantes desplomes de los precios de los activos y un colapso total de los sectores financiero y real. Claramente, una acción categórica fue la respuesta correcta ante la crisis (hasta qué punto los bancos centrales pueden haber contribuido a su estallido es otra cuestión).

En un sistema de dinero elástico sin ningún valor intrínseco, la cantidad de dinero tiene que cambiar con el tiempo si el poder adquisitivo del dinero ha de mantenerse, en términos generales, constante. De manera que lo que importa es la estabilidad de precios, no la cantidad de dinero. Los balances cada vez más inflados de los bancos centrales reflejan la gravedad de los problemas que muchas economías enfrentaron después de 2008. En ese contexto, los bancos centrales hicieron lo que era necesario para mantener el poder adquisitivo y la estabilidad de precios. No hubo ningún “activismo” de su parte; sólo había un mandato permanente que cumplir.

Si esto suena arrogante, permítanme brindar cierta evidencia. La gente vota con su billetera. Si el poder adquisitivo de su dinero hubiera recibido un golpe después de 2008, naturalmente habría buscado sustitutos para sus monedas locales (otras monedas, metales preciosos o formas alternativas de ahorro). Esto prácticamente no sucedió en el mundo desarrollado.

Por supuesto, es verdad que los bancos centrales en muchos países ahora le están errando a sus metas de inflación. (Los banqueros centrales normalmente definen la “temperatura” ideal de la economía como una inflación anual de aproximadamente 2%). Pero si bien eso es desagradable, no es desastroso, especialmente si consideramos que la caída de los precios es en parte el resultado de un shock de oferta -no de demanda-, representado por precios muy bajos del petróleo. Ese shock está beneficiando a los consumidores y no plantea ninguna amenaza para la estabilidad de precios, al menos en los países que son importadores netos de petróleo.

Consideremos este escenario. Una empresa planea aumentar las ventas un 2%, pero sólo logra un crecimiento del 1% durante dos años seguidos. ¿Considerarían que la empresa ha fracasado? Difícilmente. Después de todo, las ganancias y las ventas planeadas y reales de las empresas privadas pueden diferir fácilmente en 10% o más. La mayoría de las empresas operan en un contexto más simple con menos variables que los bancos centrales. ¿Cómo podemos esperar, entonces, que los bancos centrales siempre cumplan con metas precisas de inflación, independientemente de las circunstancias económicas?

Para ser claro, no estoy diciendo que los bancos centrales no deberían esforzarse por acercarse a sus metas. Obviamente deberían hacerlo. Es más, la realidad es que no deberían permitir que se desestabilicen las expectativas de inflación.

Sin embargo, al juzgar a los bancos centrales, la gente no debe darle más importancia de la que realmente tiene. Y, en verdad, tiene que dejar de decir cosas que no son ciertas -por ejemplo, que el arsenal de políticas de los bancos centrales no sólo es limitado, sino que prácticamente está agotado-. Los responsables de las políticas monetarias tienen muchas armas y una oferta interminable de municiones a su disposición. Esas armas tienen varios calibres y diferentes grados de efectividad en diferentes momentos. No todas las armas son apropiadas para cada ocasión o para cada economía. Pero la capacidad de los bancos centrales de crear y destruir dinero es, en teoría, ilimitada.

Los banqueros centrales deberíamos decir “ya basta” a las críticas ignorantes que enfrentamos. Ninguno de nuestros críticos ha podido explicar con alguna claridad o credibilidad por qué la estabilidad de precios es el objetivo equivocado, qué objetivos clave deberían perseguir en cambio los bancos centrales o qué podríamos haber hecho radicalmente diferente después de 2008. La explicación es sencilla: la estrategia adoptada por los bancos centrales de los países desarrollados desde la crisis fue la correcta. Por cierto, alejó a nuestras economías del borde del abismo. De nada.

Mojmír Hampl is Vice-Governor of the Czech National Bank.

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