Los beneficios educativos de la pandemia

Entre los pocos y contados beneficios de la pandemia en el sector educativo se encuentran el prominente rol que las nuevas tecnologías han pasado a ocupar en el desenvolvimiento de la docencia, así como las nuevas formas de participación a distancia en congresos y eventos, que están brindando mayor presencia a nuestros investigadores, tradicionalmente en la periferia geográfica de los centros más potentes de investigación.

La imbricación del uso de las herramientas telemáticas ha sido muy notable este año en todos los segmentos del profesorado. Desde los que estábamos ya familiarizados con las mismas, y convencidos de su gran utilidad pedagógica, hasta los más reacios (siempre muy presentes en la supuesta izquierda: ¡gran paradoja!), que no han tenido otra alternativa que ponerse al día. Son técnicas y herramientas imprescindibles para una educación propia de las sociedades del conocimiento del s. XXI, y suponen un complemento esencial de las clases presenciales. Capacitarse en ellas no es ya una forma de enfrentarse a los desafíos del futuro, sino una manera de sacarle partido al presente. Pero es que además, en nuestro país, permiten corregir la pésima práctica (más propia del s. XIX o de las actuales madrassas coránicas) de la doctrinaria clase magistral, aún común en muchos centros. Uno de los efectos positivos del pasado curso académico es que han desaparecido los consabidos apuntes, esos adefesios medievales que, en pleno s. XXI, circulan aún a modo de manuscritos de valor incalculable.

Y hay mucho que corregir. Para empezar, el requisito imposible de las 240 horas anuales de clase magistral que se exigen a cada profesor: Una dosis de presencialidad sin paragón en occidente, y que está en la raíz de muchos de los problemas de nuestro sistema educativo. Pues, contrariamente a lo que machaconamente promulgan algunos reaccionarios decimonónicos, el verdadero aprendizaje en libertad no se lleva a cabo en grupo, ni en colectivo, ni siquiera en clase escuchando el discurso de un profesor, sino en los momentos de reflexión personal, en una buena biblioteca (hoy en día dotadas de múltiples recursos telemáticos, pues ya no hay marcha atrás con el formato electrónico para las publicaciones académicas), que anteceden o suceden a esos encuentros presenciales.

En los países con sistemas educativos exitosos, según las estadísticas relevantes, las clases presenciales se utilizan fundamentalmente para promover el viaje iniciático de investigación personal que se requiere de cada alumno en cada asignatura. Ofrecen así pautas en ese trayecto personal de estudio, que es el que constituye el genuino aprendizaje y que cada individuo debe necesariamente realizar por sí mismo, idiosincráticamente, y en relativa soledad. Si no hubiese aprendizaje individual y todo el proceso fuese colectivismo de aula en estado puro, como pretenden los reaccionarios, no tendrían sentido las calificaciones individuales a fin de curso; en realidad no tendría sentido ninguna valoración del mérito o esfuerzo personal. Es más, la constante presencia física del profesor, donde verdaderamente constituye una condición de posibilidad es en una madrassa, un centro religioso o teológico, unas clases de comunión o confirmación, o cualquier otra cátedra de adoctrinamiento. En esos centros, dedicados a convertir individuos en prosélitos, nada puede, en efecto, suplir la intimidante presencia física del párroco, imán, o mandarín de turno.

Por el contrario, en una democracia liberal, tales clases magistrales no pueden convertirse en el foco del aprendizaje de los alumnos. Aquí no cabe confundirnos con falsas dicotomías, tan útiles en el mundo de la política y tan estériles en el del saber, entre mandarines y pedagogos: el desarrollo del espíritu investigador y crítico y la adquisición del conocimiento han ido de la mano desde los tiempos de la academia de Platón. En la medida en que la introducción de las herramientas virtuales a lo largo de estos años, y con mucha mayor intensidad este año, está socavando los cimientos de un modelo desfasado y permitiendo el regreso del método socrático, bienvenida sea. Convienen aquí algunas reflexiones acerca de la fallida revolución industrial que España no supo impulsar en el s. XIX, y que, en el sector educativo, nos ha legado un sistema que hoy en día se empeña en exhibir, pertinazmente, los mayores índices de abandono escolar en Europa (datos del Informe PISA de este año, y de toda la serie histórica), considerable abandono también a nivel universitario (Datos y Cifras del Sistema Universitario Español, 2020), y los peores índices de paro juvenil en toda Europa (datos de los sucesivos informes de Eurostatdesde 2014). Tales índices van de la mano de continuas quejas sobre la supuesta «mercantilización» de la educación superior, algo que demuestra poca confianza en el poder transformativo de la educación, pues si crear nuevas expectativas profesionales, abrir nuevos campos, aliviando así el paro e impidiendo el abandono escolar, no figuran entre los principales objetivos de las instituciones educativas de un país, no se entiende qué otra cosa puede figurar; ni, sinceramente, para qué sirven esas instituciones.

En esta tesitura, merecen un aplauso la flexibilidad y capacidad que han mostrado nuestros mejores docentes, alumnos y centros para ajustarse bien al devenir de los tiempos. Es cierto que los que hemos sacado mayor partido al ejercicio somos precisamente aquellos que ya llevábamos años subiendo materiales a campus virtuales e incitando a participación en estas herramientas. Ahora bien, la suave presión, ejercida por mor de necesidad, ha repercutido positivamente en las generaciones venideras, cuyos mejores exponentes han captado bien las posibilidades que encierran estas tecnologías. En definitiva, se han abierto genuinas opciones para la renovación de nuestras instituciones de educación superior. Lo cierto es que las sociedades se rigen a menudo por inercias históricas, y lo que parece una respuesta temporal a una situación puntual de alarma sanitaria y social, puede abrir panoramas insospechados a largo plazo. Y aunque es terrible que sea una pandemia la que permite visibilizar los problemas de nuestro sistema educativo, lo racional, como sociedad, sería sacarle ahora provecho a uno de los escasos bienes que nos ha brindado la catástrofe de este año.

Mauricio Suárez es catedrático de Lógica y Filosofía Teórica de la UCM.

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