‘Los besos de Lenin’

Una modesta pregunta. ¿De verdad no están ustedes hasta los mismísimos ovarios de los artículos sobre si Ciudadanos logra imponer su programa; sobre si Podemos al fin aprende a hacer documentos con la misma soltura que se expresa en público; sobre si en Catalunya queda algo que tenga que ver con la política y si no ha sucedido un trasvase de los morenos del top manta hacia las instituciones, o si el soldado Sánchez se ha puesto los galones, o la esfinge mariana de Galicia va a dar una pista de sus próximos silencios? Yo sí, lo confieso, estoy hasta los cojones. ¡Exijo piedad para los lectores, porque no merecen esta tortura!

¡Hay vida fuera del berenjenal político! Incluso la mediocre gestión de los partidos podría narrarse de otra manera menos vaticana, para que la entendieran los que no asisten al cónclave. Los columnistas políticos del Gran Ballet Bolshói de la po­lítica española caminan por el escenario de puntillas. No tienen ni puta idea de lo que ocurre, pero viven de disimular.

Por eso reapareció Lenin en mi vida ahora que soy ­mayor y vivo rodeado de gente que apenas si sabe quien fue la Kruskaia, paciente esposa e intransigente pedagoga, y menos aún Ines Armand, la arrebatadora revolucionaria francesa que ejerció entre otras muchas cosas de amante de un Lenin que ya estaba colocado sobre un pedestal y que fue borrada de la his­toria.

Los besos de Lenin. ¿Quién no se detendría ante un título así? ¿Alguien se imagina una novela por entregas bajo el lema “los polvos de Carlos Marx con su criada”, de los que por cierto salió un niño que asumió el buen amigo Engels para que el mito no se viera afectado? Los besos de Lenin es una deslumbrante novela para gente curtida en la lectura, escrita por uno de esos autores que causan sensación en el mundo entero menos en nuestros pasteleros suplementos literarios. Yan Lianke, chino de Henan, 56 años, profesor en la Universidad de Pekín y formado en la escuela de Artes del Ejército Chino, esas cosas que tienen los chinos. ¿Usted se imagina una escuela de arte del ejército español, en Zaragoza?

Para mayor escarnio, Yan Lianke, que vive y trabaja como profesor en China, no ha podido publicar en su país dos libros capitales para la literatura en general. Uno es Los besos de Lenin, sólo conocido en Occidente –“Esta sátira posmoderna en la que el sueño comunista se rinde a la locura capitalista es diabólicamente inteligente”, escribió en el NYT Book Review­–. El otro, posterior y una auténtica obra maestra, sin parangón como tema, estilo narrativo y enfoque con nuestra literatura, El sueño de la aldea Ding, tampoco pasó la censura. Ambas publicadas recientemente por una editorial madrileña de la que no sé nada, Automática Editorial, que bastaría con haber botado estos dos buques insignia para ocupar un lugar en el singular campo de batalla en el que está situada la edición española: un puñado de grandes que editan a la moda, sin sorpresas. Modelos otoño-invierno, o veraniegos refrescantes. Y los audaces y temerarios.

Aunque Los besos de Lenin fue escrita en el 2003, aquí nos llegó a finales del año pasado. ¿Adónde? ¿A qué librería? ¿Por qué milagro dio uno con ella? Es anterior a El sueño de la aldea Ding, terminada en el verano del 2005, publicada en el 2013, con el éxito de crítica y público que es habitual por estos lares. Ninguno. Le Monde escribió con su aparición en Francia: “Su desesperado lirismo, rebosante de frenética vida incluso cuando la espuma asoma ya entre los labios, confiere a esta novela su brutal elegancia”. Ambas novelas están prohibidas en China, lo repito.

Reconozco que el equilibrio literario, su fría sensibilidad, dan a El sueño de la aldea Ding una mayor envergadura literaria. La historia de un pueblo que, engañado por las autoridades y por la desmesurada ambición de sus habitantes, decide dar sangre a todos los bancos sanguíneos que lo solicitan, con absoluta despreocupación del virus del sida, que hace su aparición y diezma la vida de sus habitantes que se engañan, o se autoengañan, en base a las informaciones oficiales y las suculentas cuentas en yuanes de beneficio. Es una evocación dolorosa, construida por un niño que narra lo que fue un lugar gozoso para vivir, la aldea Ding, convertida luego del flagelo del sida en un erial de enfermos y miseria. Un pueblo agrícola convertido en un mercado de sangre, que exige poco esfuerzo y abundantes beneficios. El relato de una engañifa, donde hasta las víctimas, ignorantes y despechadas, entran en el juego mortal que liquidará la que fuera hermosa aldea Ding.

Tratándose de una impresionante novela de lectura obligada, yo confieso que prefiero Los besos de Lenin, por su carácter provocador, su surrealismo chino, que apenas sé qué es, fuera de este largo relato que hubiera entusiasmado a Buñuel, o a Max Aub, o a alguno de los escasos maestros de nuestra prosa radical del siglo XX. No menciona, que yo recuerde, nunca la antigua URSS y sólo un par de veces Moscú, pero está subterráneamente presente la quiebra del comunismo soviético –repito que está escrita en el 2003, aunque el autor sitúe en una sola ocasión la historia que imagina en el invierno de 1999 (no se olvide que el muro de Berlín cayó en 1989 y que desconocemos todo, al menos yo, de lo que eso significó en la sociedad oriental e incluso si la gente común llegó a enterarse)–. Yan Lianke, el autor, seguro que sí.

Un pueblo de la China profunda, que podría competir con el del director de cine José Luis Cuerda y su Amanece que no es poco decide, a partir de la ambición ilimitada de su jefe político y administrativo, traerse al pueblo, por buen nombre Buenavida, el cadáver de Lenin, que como se sabe se conserva en la plaza Roja de Moscú, para construir en Buenavida un gran sepulcro que atraiga visitantes y se consagre como gran negocio turístico. De Moscú a Buenavida.

Excuso los detalles del pueblo, la ambición desatada de sus habitantes por hacerse ricos y no trabajar nunca más, y de paso los sarcasmos críticos sobre el socialismo, el comunismo, y hasta aquella alucinante revolución cultural que tantos elogios atrajo de la inteligencia del occidente europeo y el destrozo que causó en la vida social y cultural china. Los besos de Lenin es un relato largo, en mi opinión, jamás tedioso, pero con una forma circular narrativa que en ocasiones me evoca Vida y destino de Grossman.

A veces se me ocurre pensar si la mayor parte de las grandes novelas no se distinguen porque el lector nunca desea que se acaben; este es un caso. Yan Lianke vino a España en uno de esos intercambios entre escritores que organizan las instituciones subvencionadas chinoespañolas, cinco escritores españoles a China, y cinco chinos aquí. Fue poco antes del 2010 y aparece en un libro titulado Viaje a Xibanya (Siglo XXI), que es el nombre de España en China. Lianke redactó un cuento de unas 50 páginas más que interesantes en la idea de llegar a España para suicidarse.

Visita Barcelona, que no le gusta mucho, y aún menos Gaudí. Luego Zaragoza donde asiste a una corrida de toros, cuyo relato es uno de los alegatos más brutales contra la tauromaquia; donde el rojo sangre, constante en sus novelas vuelve a aparecer en un sentido muy diferente al chino; en ellos de felicidad, en nosotros de muerte. Él prefiere Madrid, y muy especialmente el Museo del Prado, y ya dentro, la obra de Goya. Se enamora de Toledo y le impresiona Almagro, pero al final aparecerá Málaga y recobrará ilusiones perdidas.

Es un placer, no siempre complaciente, leer a Yan Lianke, pero merece la pena. No sólo descubrirán una literatura diferente, sino el sentido de la literatura, ese que consiente asimilar que en el homenaje que le rinde a la protagonista de Los besos de Lenin pueda decir de ella lo que los antiguos chinos confirmaban a los que morían tras una trayectoria vital dura e implacable. Ellos no fallecían, así, de repente. Sino que “brindaban la vida”.

Gregorio Morán

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