Los buenos musulmanes y los demás

El domingo 21 de mayo escuché el discurso pronunciado por Donald Trump en Riad ante los dirigentes saudíes y los principales reyes y emires del mundo árabe y suní. Excepcionalmente, el presidente se dominó y se atuvo al texto escrito por sus diplomáticos. No atacó al islam en general, sino a los terroristas islámicos. Invitó a los musulmanes «buenos» a erradicar a esos terroristas, en colaboración con Estados Unidos. Acto seguido, criticó violentamente a los iraníes, a los que acusó de fomentar el terrorismo, cuando ese mismo día acababan de elegir, con una votación democrática, a un presidente moderado, abierto a la reconciliación con Occidente.

Resultaba un espectáculo extraño: un presidente estadounidense, que se supone que debería propagar los derechos humanos, la democracia y la laicidad, intervenía en una disputa religiosa milenaria entre saudíes, guardianes del sunismo, e iraníes, guardianes del chiísmo, y apoyaba a una monarquía reaccionaria frente a una república. Al mismo tiempo, el Ejército estadounidense combate en Siria contra un régimen chií, mientras que en Irak apoya a un régimen más bien chií. En este desierto oriental, sin brújula, nos perdemos.

La verdad es que los occidentales no conseguimos encajar a los musulmanes en los compartimentos de nuestros razonamientos tradicionales: nos cuesta mucho distinguir entre los buenos y los malos, los aliados y los enemigos. Desde luego, algo hemos progresado desde la invasión de Irak en 2003, cuando el jefe de las fuerzas estadounidenses ignoraba la diferencia entre un chií que espera al Mesías y un suní para quien Mahoma, el último profeta, ya ha llegado. Una vez conocida esta distinción esencial, nos gustaría poder utilizarla para descifrarlo todo, pero no funciona. Por la sencilla razón de que aparte de esta distinción entre chiísmo y sunismo, existen mil más. El islam se parece más al mundo protestante evangélico que a la Iglesia católica: es una colección infinita de sectas autónomas, sin normas universales ni autoridades reconocidas, aparte de los clérigos iraníes, que solo controlan la mitad de su propio país. Nosotros no tenemos que enfrentarnos al «islam en sí», que es indefinible, sino a musulmanes, cada uno individualmente en relación con Dios, por mediación del Corán, cuya lectura es compleja.

El musulmán que lucha en Mali, Siria o Yemen, se considera a menudo un musulmán bueno y auténtico, pero aquel al que combate pensará que es aún más auténtico. Por consiguiente, cualquier relación entre Occidente en sí e islam en sí está abocada al malentendido. Cuando Trump pide a los musulmanes reunidos en Riad que eliminen a los terroristas, el auditorio considerará que el terrorista es el otro: para la dinastía saudí es terrorista quien critica los privilegios exorbitantes de los príncipes; para los adversarios de Saud, los terroristas son los Saud, que financian en Europa mezquitas wahabíes, la versión local de un islam fundamentalista.

Para verlo más claro los occidentales podrían, por ejemplo, considerar los mundos musulmanes no a través de la religión, sino como una colección de pueblos, cada uno con su cultura y sus intereses particulares, de los que el islam es solo un componente. Al fin y al cabo, cuando nos relacionamos con Brasil o Corea, no los definimos por su religión. Por el contrario, cuando consideramos que cualquier país en el que el islam es mayoritario es un país islámico, aceptamos por inadvertencia la definición que dan los predicadores islamistas más radicales: son ellos los que quieren reducirlo todo a la religión y arrastrarnos al simplismo.

La nueva aproximación que yo propongo aquí es realista, más cultural que religiosa, más sociológica que esencialista. Estas dos interpretaciones –sociológica o esencialista– se enfrentan cada vez que un atentado islamista enluta una ciudad occidental, como Mánchester la pasada semana. ¿Obedeció el terrorista los preceptos del Corán al invitar a la guerra santa? Suponiendo que exista este precepto en el Corán, lo que niegan algunos exégetas. ¿O bien el terrorista es un joven desarraigado, parado, traficante de drogas, que recurre al islam para legitimar su violencia? Por mi parte, si hay que elegir, y hay que elegir, aunque solo fuese por coexistir mejor con los mundos musulmanes y contener el terror de una parte y el racismo de otra, creo que la sociología es más esclarecedora que la lectura del Corán.

También creo que los musulmanes se definen por lo menos tanto por su cultura local de origen como por su fe. Un bengalí es bengalí y musulmán, un javanés es javanés y musulmán, un afgano es pastún y musulmán. A menudo son más bengalíes, javaneses y pastunes que musulmanes. Y los musulmanes más problemáticos, que solo conocen el islam por la web, son más desarraigados que musulmanes. En fin, y además, creo que nosotros los occidentales no tenemos ninguna buena razón, ni en nombre de nuestros intereses comerciales, ni en nombre del respeto a cualquier «diversidad cultural», para abdicar de nuestros valores y convicciones. Ahora bien, Trump, en Riad, no mencionó ni los derechos del hombre ni los de la mujer. Ese silencio vergonzoso reduce su talla, incluso en el mundo árabe, que no respeta la apatía.

Guy Sorman

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