Los bueyes de San Isidro

Vaya por delante, a modo de isagoge estagirita, que los méritos de Pedro Sánchez son enormes y que, dicho con toda lógica y sin la menor ironía, ha llegado el momento de reconocerlos. No sólo por haber ganado las elecciones, sino por las aptitudes que ha desplegado para hacerlo. Como dice el doctor Bártolo, en Las bodas de Fígaro, Sánchez ha actuado «con l’astuzia… con l’arguzia… col giudizio… col criterio…».

Ya sabíamos, por la forma en que llegó al poder en el PSOE, recuperó luego el liderazgo perdido y sacó adelante la insólita moción de censura, que estábamos ante uno de esos hombres audaces a los que «fortuna iuvat«. Pero durante sus diez meses de gobierno precario demostró también una poco frecuente habilidad de jugador de «siete y media», al apurar los márgenes que le otorgaban las circunstancias, sin sobrepasarlos nunca. Por eso disolvió las Cortes cuando tenía que hacerlo, ni antes, ni después.

La campaña electoral y el veredicto popular han puesto de manifiesto que había una desproporción entre las acusaciones de alta traición que, en relación a Cataluña, formulaba la oposición y sus ejercicios de funambulismo constitucional, todo lo irresponsables que se quiera, pero con más incidencia ambiental que concesiones de fondo. Por no hablar de las grotescas exageraciones sobre el uso del Falcon presidencial y los indicios de plagio en su tesis doctoral. O la flagrante injusticia en la que incurrió Rivera, al vincular, en los dos debates, su continuidad a la sentencia de los ERE de Andalucía, cuando fue completamente ajeno a esos hechos.

Los bueyes de San IsidroTres años y medio después de que se lo espetara a Rajoy, en contraposición a su «indecencia», Sánchez sigue siendo, mientras alguien no demuestre lo contrario, «un político limpio» y sería un error que sus antagonistas parlamentarios se empecinaran en esa especie de character assassination, tan propio del maniqueismo tertuliano.

Pero ni sus virtudes políticas, compendiadas en el sentido de la contención con que gestionó desde el balcón de Ferraz la euforia adversativa de las bases más bullangueras -«¡Con Rivera, no; con Rivera no!»-; ni su integridad personal -sólo tiznada por una implacable propensión al ajuste de cuentas-; ni su probada capacidad de congregar talento -salvo en la trapisonda de los debates, el equipo vertebrado por Ábalos e Iván Redondo ha sido una máquina de ganar-; nada de eso, en suma, trocará en benéficas medicinas las pócimas tóxicas que Sánchez pretende suministrar a la nación en materia económica, social y territorial.

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Sánchez no sólo ha ganado con holgura las elecciones, sino que al convertirse en el único socialista que gobierna uno de los cinco grandes países de Europa, acaba de subir a los altares de la izquierda, con el aura de santidad que da la legitimación popular. Y ese va a ser un estímulo que inevitablemente retroalimentará propósitos tan dañinos como crujirnos a impuestos, derogar la reforma laboral o indultar a los golpistas, en el contexto de una negociación que mantendrá, durante un tiempo, la unidad de España a costa de aumentar la desigualdad entre los españoles.

Cuatro años de Sánchez -si es que no son más-, con Podemos como socio «preferente» de ese «acuerdo programático» que acaba de proponer Ábalos -no digamos si Iglesias y los suyos entraran en el Gobierno-, pueden traer tales calamidades que, antes de profundizar en cómo paliarlas, merece la pena detenernos en los dos grandes coadjutores de este proceso de canonización.

Porque, aunque los méritos de nuestro séptimo presidente de la democracia alcanzaran un grado heroico, todavía más alto del que, sin ambages, yo le reconozco, difícilmente habrían germinado, con la fuerza con que lo han hecho, sin que otros hubieran facilitado el reconocimiento de sus milagros. Ora et labora: todo santo puede alternar la siembra de su carisma, con esas fases de oración contemplativa, en las que los más inesperados instrumentos del Señor trabajan para él, contribuyendo a que la simiente brote y los frutos se esparzan.

Véase, y no sólo por la proximidad de su onomástica, el caso de San Isidro, aquel labrador de las praderas de Carabanchel que la familia Vargas arrendaba a los campesinos, según los usos del siglo XI, en función de su capacidad de arar. Tanta era la del tal Isidro de Merlo y Quintana que, según el historiador aragonés Carlos Urzainqui, su ascendiente «consistía en que sus bueyes labraran también las tierras o lotes adjudicados a otros labriegos más pobres y necesitados que él y que no tuvieran la capacidad de trabajo, manifestada en yuntas de bueyes».

El mérito dio paso a la leyenda y la leyenda a la canonización. Fue para ello decisivo el «milagro de Isidro», o sea, la percepción por supuestos testigos de que, «a modo de juicio divino, esas tierras fueran labradas por ángeles, no para el santo madrileño, sino para aquellos que no tenían capacidad». Cinco siglos después de su muerte, Gregorio XV convirtió a aquel labrador, pocero y zahorí en el primer laico casado que subía a los altares tras un proceso instruido por la Congregación de Ritos. Tal vez porque «el auténtico ángel de bondad era Isidro que practicaba este socialismo primitivo», concluye Urzainqui.

Gloso todo esto, no ya para que los militantes del PSOE refuercen dentro de dos semanas su inveterada querencia a acudir a la Pradera, en la Fiesta del Santo, sino, sobre todo, para que, al pasar a explicar por qué Mariano Rajoy y Santiago Abascal han formado la yunta de bueyes que ha trabajado de forma decisiva al servicio de Sánchez, nadie piense que les llamo toros castrados, sino criaturas sobrenaturales.

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En el caso de Rajoy, del género luciferino, sin lugar a dudas. Sólo un ángel maligno, después de haber destruido su propio partido celestial -quería que se fueran «los conservadores» y «los liberales» y al fin lo ha conseguido-, podía hacer tanto daño en su caída.

No tiene vuelta de hoja: Sánchez empezó a ganar las elecciones del 28-A la tarde del 31 de mayo del año pasado, en la que Rajoy se atrincheró en el reservado circular del restaurante Arahy, sin conexión de móvil o internet, cerrándose en banda a la alternativa de dimitir, frenar en seco la moción de censura y dar la oportunidad a otro miembro de su propio partido de formar gobierno. ¿Por qué lo hizo?

Rajoy entregó innecesariamente a Sánchez lo que los politólogos llaman «el bono del canciller» o la «prima del incumbente», o sea las ventajas de distribuir dinero público, adquirir prestigio personal y, sobre todo, convocar elecciones desde el poder, cuando más le conviniera. Nuestro colaborador Guillermo Gortazar acertó todavía más que los sondeos, al cuantificarlas el 17 de abril en su blog: «De la noche a la mañana, Rajoy regaló al PSOE un 6% de votos, RTVE y el CIS».

Tras la rebelión de sus periodistas, a propósito de los debates, lo de RTVE es discutible, pero lo del 6% no: mientras el candidato socialista Pedro Sánchez tuvo hace tres años el 22,66% de los votos, el presidente Pedro Sánchez ha conseguido ahora el 28,68% de los votos. ¿Por qué lo hizo Rajoy? ¿Tanto detestaba a su partido, tan poco le importaba su país? La historia se lo demandará, pero entre tanto los españoles -y no digamos los votantes y exvotantes del PP- deberían preguntárselo cada vez que se atreva a salir a la calle.

Comparada con esa pulsión destructiva del Estafermo, que ni siquiera movió un dedo para salvar todo cuanto decía defender, las motivaciones de Santiago Abascal son más comprensibles. Es lo que va del egoísmo inmoral, capaz de incorporar deleite por el daño causado, al egoísmo moral, basado en una ambición lícita.

Pero lo moralmente lícito puede ser también irracional y, por lo tanto, equivocado. A menos que pensemos que Abascal anteponía la erosión del PP a la sustitución de Sánchez, éste ha sido el caso. Dejemos al margen mi repudio intelectual por el extremismo de brocha gorda de Vox, dejemos al margen sus deliberados topetazos contra EL ESPAÑOL y otros medios informativos, dejemos al margen su estímulo de los instintos primarios de los más jóvenes o menos formados en las redes sociales. Todo eso es secundario, o puede serlo, toda vez que Vox ha recibido más dos millones y medio de votos, tan democráticamente respetables como los de Podemos -por señalar a su opuesto más análogo- o cualquier otra fuerza política.

Será a partir de ahora cuando podremos juzgar la conducta de sus representantes en las instituciones. Los augurios no son buenos, pero por sus hechos les conoceremos. Lo relevante para mi argumentación de hoy es que, deliberadamente o no, Abascal también ha arado la tierra para Sánchez durante estos meses decisivos. E incluso le ha servido de «juguete», como ha dicho esta sábado Feijoo.

Es cierto que no estaba en su mano evitar una parte de tan perjudicial barbecho. Admito la tesis de que Vox no es la causa de la radicalización de una parte de la derecha española, sino su síntoma. (El legado de las «cadenas de Mariano Scrooge«, en feliz analogía dickensiana de Jorge Vilches). Su propia existencia iba a ser un instrumento al servicio de la movilización del voto del miedo de la izquierda. Eso era insoslayable por la ley de acción y reacción. Pero Abascal sí que podía haber evitado que la rentabilidad electoral para Sánchez fuera tan alta y no lo ha hecho.

Me refiero a la tantas veces sugerida coalición con el PP, al menos en las 34 provincias en las que era muy probable que Vox, tal y como ha ocurrido, no obtuviera escaños y beneficiara en el reparto de restos a la izquierda. El estudio de SocioMétrica para EL ESPAÑOL es concluyente: juntos habrían obtenido 98 escaños, como mínimo, alcanzando con Ciudadanos y Navarra Suma a la adición de PSOE y Podemos, mermada en al menos cuatro escaños.

Abascal tendrá que explicar por qué rechazó la oferta de quienes le garantizaban más escaños que los que finalmente ha tenido. A cambio sólo tenía que haber modulado la guerra civil de la derecha, adaptando su nivel de virulencia a las reglas de cada confrontación.

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Nada de esto tiene ya arreglo. Habrá que esperar al resultado de las municipales, autonómicas y europeas, en las que el castigo a la pluralidad de listas es mucho menor, para ver cómo se recompone ese espacio político. De momento, ha ocurrido lo que ya advertí: las 24 botellas de Vox se han descorchado en la fiesta de Sánchez. Insisto en que, a base de tanto defender las armas, Vox ha terminado convirtiéndose en la carabina de Ambrosio de la derecha. La cargó Rajoy y la ha disparado Abascal. Durarán mucho tiempo las carcajadas en Ferraz.

«¿Qué mancebos son aquellos que están arando tan bellos, que de su luz me retiro?», pregunta Lope de Vega en su drama Isidro, labrador de Madrid, a la vista de que hay quien trabaja en la era, mientras el santo medita. Rafael Alberti tardó tres siglos en contestarle con dos títulos de su poemario sobre la tan inmaterial materia: El ángel del carbón («Por los desvanes de los sueños rotos. Telarañas. Polilla. Polvo. ¡Te condenen!») y El ángel tonto («Ése que niega el limbo de su fotografía y hace pájaro muerto, su mano»). El arcángel San Mariano y el arcángel Santiago y cierra España. Confiemos en que no sea por defunción.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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