Los bufones han vuelto

El papa Inocencio X, inmortalizado por Velázquez, observa sin concesiones al visitante del Grand Palais. Troppo vero, dicen que exclamó inquieto el Pontífice al contemplarse –y reconocerse– en el rostro desconfiado y de expresión granítica que supo captar el pintor sevillano. El pincel del genio atrapa en la tela toda la compleja psicología del personaje, lo cual reconforta en la era del juguetón Photoshop, capaz de vampirizar la realidad. Con menos genialidad pero con innegable realismo, y sin la dimensión sísmica que habían vaticinado las encuestas, los resultados electorales de Andalucía esbozan el mapa político que podría salir de las próximas generales. Dos barcos claramente a la deriva, la UPyD de Rosa Díez e Izquierda Unida. Su reposo definitivo en el fondo del mar es, simplemente, cuestión de tiempo. Como lo son también el vértigo a la marginalidad que se ha instalado en ambas formaciones y la confrontación interna ante la estrategia que seguir. Otras dos embarcaciones, Podemos y Ciudadanos, a punto para salir a mar abierto, aunque sus motores carecen hoy por hoy de la propulsión necesaria para llegar a puerto en primera posición. A pesar de que la formación de Pablo Iglesias ha obtenido mucho mejor resultado que la de Albert Rivera, el segundo tiene muchos más motivos para estar satisfecho. Ha superado la prueba en un territorio tan conservador (en el desplazamiento de voto, no en la ideología) como Andalucía y arrancaba prácticamente de cero hace muy pocas semanas. Eso sí, el apoyo mediático ha sido alto y, según los presentes en el terreno electoral, ha dispuesto del dinero suficiente para hacer una campaña importante. Como ya se reflejó en las pasadas elecciones europeas, el apoyo de los grupos de comunicación y, de manera muy importante, de las televisiones acaba siendo, en el caso de los nuevos partidos, más decisivo que el disponer de organización, cuadros y programa. Inquietante. O troppo vero, como diría el papa Inocencio.

Por lo que respecta a los dos partidos grandes, el PP y el PSOE, han resuelto de manera desigual el envite electoral. Los socialistas han tomado oxígeno en unas condiciones aparentemente desfavorables: por la corrupción instalada en el mismo corazón de la Junta de Andalucía, que tiene atrapados en procesos judiciales a Manuel Chaves y José Antonio Griñán, antecesores de Susana Díaz. Repetir los 47 escaños del 2012, lejos de la mayoría absoluta (55 diputados), pese a no ser un muy buen resultado, desvía hacia el Partido Popular todas las miradas y todas las críticas. Además, la imposibilidad de un gobierno alternativo garantiza al PSOE una cierta tranquilidad hasta las municipales del próximo mes de mayo. A la presidenta andaluza, más allá de cualquier otra consideración, hay que reconocerle el acierto del adelanto electoral y el mérito del resultado obtenido. En palabras de un veterano socialista, Susana Díaz ha sacado el resultado justo. “Uno menos habría sido una derrota y estaríamos en crisis; con uno más, estaría [la presidenta andaluza] insoportable”.

El verdadero derrumbe electoral lo han sufrido el Partido Popular, el Gobierno popular y su presidente. El peor resultado en 25 años no se explica sólo por las severas medidas impositivas, ni por la crisis económica, ni por la insufrible tasa de paro. Hay que buscarlo también en la ausencia más absoluta de cualquier atisbo de política gubernamental, en el sentido más completo y global de la palabra; en la falta de un proyecto atractivo y creíble para las atribuladas clases medias, que estos años han perdido poder adquisitivo a raudales, y en el desmedido intento de este Gobierno por controlar desde instituciones del Estado hasta organismos de la administración en principio independientes. Todo ello explica, pese al incremento de más de tres puntos en la participación, que hayan perdido más de medio millón de votos respecto al 2012, que uno de cada tres votantes le haya retirado el apoyo y que, de ser la primera fuerza política en cinco de las ocho provincias andaluzas, haya pasado a encabezar tan sólo una.

Si el resultado de UPyD e IU supone su entierro definitivo, este no es el caso del PP, que, eso sí, entra en la UCI con pronóstico reservado. Y, aún más, sabiendo a estas alturas que el balance de las municipales y autonómicas del mes de mayo no va a ser bueno. Las previsiones lo apuntan con claridad. Tanto en Madrid como en Valencia, dos comunidades especialmente sensibles para el PP, las mayorías absolutas son inalcanzables y sus candidatos han ido perdiendo fuelle a medida que se dibujaba una opción realista de cambio. Esta situación es especialmente sangrante en la Comunidad Valenciana, donde la alcaldesa Rita Barberá y el inocuo presidente Alberto Fabra han acumulado en los últimos tiempos méritos más que suficientes para no figurar ni tan siquiera en las listas. El caso de Barberá, tras su bochornosa inauguración de las fallas de este año y de no ser capaz de pronunciar el breve discurso que balbuceó desde el balcón municipal, ha supuesto seguramente una estocada definitiva a su reelección al frente de la alcaldía.

Pero si alguna cosa llama poderosamente la atención, casi tanto o más que el pobre resultado, es la falta de autocrítica durante estos días entre barones autonómicos, dirigentes del partido y la interminable corte de acomodados asesores del más variopinto pelaje. Ese último grupo, que progresivamente se ha ido apoderando de importantes centros de decisión de la Administración, de la que muchas veces proceden como técnicos cualificados, está conduciendo a la formación conservadora a un punto de no retorno con su electorado. Son esos nuevos meritorios del Partido Popular los irredentos creadores del dogma oficial de los últimos tres años: la mejora del PIB garantiza la victoria electoral. Frente a la política, el PIB, aseguraban chistosos cual nuevos bufones de la corte monclovita.

La impresionante exposición que el Grand Palais ha inaugurado esta semana como homenaje a Velázquez, de visita obligada, es, por extraño que parezca, la primera monográfica del pintor sevillano en Francia. También su mayor retrospectiva en los últimos 25 años. Reúne hasta julio un total 51 cuadros de varios museos del mundo. Junto al deslumbrante retrato de Inocencio X, concentra en las salas del elegante palacio de los Campos Elíseos obras imprescindibles del artista como La venus del espejo o La fragua de Vulcano. La voluntad de Velázquez de penetrar en los personaje capta de manera especial al visitante en el juego de luces y sombras con que envuelve el retrato de Pablo de Valladolid, bufón de la corte de Felipe IV. A diferencia de otros bufones de la época, Pablo o Pablillo, como también era conocido, no tenía ninguna minusvalía física o psíquica. Era simplemente un graciosillo cuyo mayor ingenio era agradar a los reyes, que ejercían entonces todo el poder posible. Pablo de Valladolid entretenía a Felipe IV, al parecer con notable éxito, y ello le confería una posición en palacio y podía incluso llevar trajes de terciopelo. Así aparece el hombrecillo retratado por Velázquez: vestido negro y actitud declamatoria. El cuadro admiró a Édouard Manet, quien llegó a afirmar que quizás era la pintura más asombrosa que se hubiera realizado nunca. Sin sospecharlo, el visitante se puede llevar del Grand Palais una imagen nada equivocada de los pícaros y bufones que aún hoy continúan deleitando con sus malabarismos y sus farsas a aquellos que ocupan el poder. Entretener, divertir, confundir… e influir. Ellos de política ni saben, ni entienden. Por más que cerca del poder y con todos los resortes a su disposición pueda parecer lo contrario. Troppo vero.

José Antich

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