Los calcetines de rombos

Me pregunto si escandalizar es más que gustar al público. Dentro de los paraísos artificiales en que nos ha sumergido la industria americana, «La ciudad de las estrellas» (La La Land), película actualmente en cartelera dirigida por el treintañero Damien Chazelle, pone de manifiesto que nada ha cambiado. Somos los mismos, y parece que seremos los mismos. La película se articula en torno a la idea de que soñar es necesario y, además, los sueños se consiguen.

Poetas, artistas, actores, escritores, músicos pueden estar contentos, pues parece, según refleja esta cinta, que el arte sí sirve para algo y que, a pesar de la malicia del vulgo, es falsa la creencia de que la gracia y la inspiración están en los excitantes.

Los paraísos artificiales son eficaces a muy corto plazo –brevísima y falsa realidad–, pero tienen su papel en la sociedad y no creo conveniente eliminarlos, ni siquiera reducirlos. No podemos olvidar que hay que llegar a todos para triunfar y ese es el objetivo que muestra la película como fin a alcanzar. ¿No es cierto que para llegar a ser popular hay que ser un poco populachero? Aunque sea un secreto y aunque sea sólo un ápice, pero es cierto que hay que serlo. En el arte, como en la moral, la aristocracia se aísla. Debo confesar, francamente, que no soy de esas personas que ven en esto algo lamentable.

El primer artista que entrevisté allá por los años noventa no mostraba, aparentemente, ninguna excentricidad. Me citó en su estudio, que también era su casa. Lo encontré majestuoso, tranquilo, gracioso en su hábitat. Vestía de riguroso negro y sujetaba hacia atrás sus abundantes canas soterradas en perfectas líneas gracias a la generosa gomina. Olía bien. ¡Qué cosa más solemne es esa primera conversación con una persona a la que previamente admiras! Pueden pasar dos cosas: que la figura gane en estima, o que se desmorone como el contenido de un cubo de arena sin humedecer puesto boca abajo. Hubo un momento en que se levantó suavemente la parte baja del pantalón y pude ver sus calcetines: eran los clásicos calcetines de rombos Burlington. Vio mi cara de perplejidad al descubrir esa incongruencia estética, mas mi obligada buena educación me impidió comentar nada. Reaccionó divertido con una salida perspicaz, «¡donoso argumento!», pensé.

Cualquier actividad creativa que quiera rozar el paraíso de los elegidos –llegar a la categoría de considerarse arte– debe trastornar mínimamente. No porque deba ser opuesta a la moral, sino porque debe chocar con las ideas preconcebidas, con las ideas estereotipadas, y con el canon aceptado para enjuiciar. En ese alboroto del que se espera cierta conmoción es en el que encuentra la distinción.

He aquí por qué lo que me había exasperado en el aspecto del pintor, su toque clásico, me corroía como vicio estético que había trastornado mi idea preconcebida del conjunto que debía corresponder a este artista, pareciéndome un insulto armónico, como disonancia.

Ultrajar a determinados espíritus demasiado serenos es parte de los encantos de la literatura, la poesía, la pintura o el cine. Pocos, muy pocos, son los que consiguen provocar ese éxtasis del alma en absoluto ajeno a las pasiones. La película americana en cartelera es como irse a merendar un chocolate caliente; puede parecer en exceso dulzón para algunos, pero a nadie le amarga.

Y, además, pone de manifiesto que no estamos en los oblicuos soles de las civilizaciones que envejecen. Nada hace entrever en nuestra cultura que estos años que vivimos marquen para los futuros historiadores un inicio o final de etapa. Todo avanza ficticiamente por la complacencia y según el adobo y la compostura meticulosa de los yankees.

Clara Zamora Meca, profesora de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla.

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