Los candidatos y el tren europeo

Por Pascal Boniface, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París. Traducción: José María Puig de la Bellacasa  (LA VANGUARDIA, 29/04/07)

Por razones muy distintas, las elecciones presidenciales francesas alimentan todo tipo de esperanzas en Europa en tanto suscitan todo tipo de temores en el mundo árabe. Este último aún vive, en efecto, envuelto en la nostalgia de una política de Francia hacia el mundo árabe que – se estima- abandonarán tanto Nicolas Sarkozy como Ségolène Royal. En Europa, en cambio, se afirma que, sea cual fuere el resultado de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas, el tren de la construcción europea que había descarrilado tras el no francés al referéndum sobre el tratado constitucional europeo en mayo del 2005 sin duda se reencarrilará. Como si desde hace dos años se esperara un nuevo (o una nueva) presidente en Francia para impulsar nuevamente el proceso.

El resultado de la primera vuelta electoral puede representar un factor de esperanza para los europeos. Los dos candidatos que pasan a la segunda vuelta, Sarkozy y Royal, eran partidarios del sí. Si se suman sus resultados a los de François Bayrou (otro partidario del sí), el total representa las tres cuartas partes de los sufragios emitidos.

La extrema izquierda y la extrema derecha, partidarias del no por razones distintas, han obtenido magros resultados en comparación con las elecciones anteriores; debe subrayarse, además, la participación récord de un 85% de los electores.

¿Cuál de los candidatos se hallará en mejor posición para devolver a Francia un papel piloto en Europa? Ante todo, es menester ser consciente de que los días felices de la Francia que hacía política europea han llegado a su fin. Lo que era posible en una Europa de los 6, incluso de los 12, con una Alemania dividida, ya no lo es en la actualidad. Francia, es verdad, puede infundir aún renovados ímpetus, pero, en cualquier caso, precisará de todo su poder de convicción para articular mayorías. En la Europa de los 27, la pareja franco-alemana sigue siendo necesaria, pero no basta.

Sarkozy fue el primero en comprometerse en la campaña electoral sobre las cuestiones europeas. Su partido, la UMP, permanece unido en torno al proyecto europeo con escasas excepciones. Consciente de las dificultades con que podría topar para lograr un sí en un nuevo referéndum, ha indicado sus preferencias por un minitratado que se ratificaría por vía parlamentaria, que constituye otra posibilidad institucional en Francia para ratificar un tratado. En este caso, se haría sin dificultad. Se trataría de recuperar sólo las disposiciones institucionales del tratado constitucional sin las implicaciones y condicionamientos de los aspectos económicos y sociales que motivaron el no en el 2005. La verdad es que organizar un nuevo referéndum presenta el riesgo de presenciar un triunfo del no por segunda vez. Los electores votan no sólo sobre la pregunta planteada, sino también sobre la popularidad de quien la plantea, aparte de la cuota de rigor asociada al voto protestatario. Sin embargo, también hay que decir que el voto parlamentario podría interpretarse como una negación de la democracia por los ciudadanos que ejercieron su derecho al referéndum en 1992 (Maastrich) y 2005.

La campaña de Sarkozy no ha estado exenta de facetas nacionalistas, incluidas las cuestiones europeas destinadas a reconducir hacia su candidatura al electorado tentado por Le Pen.

Tanto observadores franceses como extranjeros piensan que esto formaba parte de los episodios habituales de una campaña electoral pero que en realidad no cuestiona las convicciones europeas de Sarkozy. En caso de resultar elegida, Royal habrá de reconciliar la Francia del sí y la del no que habrán ambas votado por ella. Se ve, en consecuencia, más obligada si se quiere a cumplir el trámite del referéndum. Sin embargo, no puede arriesgarse a empezar su mandato con una derrota a propósito de un tema de primera magnitud. Ségolène Royal ha criticado intensamente al Banco Central Europeo y su gestión monetaria, quiere cuestionar su independencia – herejía para muchos socios, en primer lugar los alemanes-. Su partido, el socialista, se halla él mismo profundamente dividido entre el sí y el no al referéndum, y esta herida sigue abierta. Ségolène Royal se verá tentada de enriquecer el contenido del nuevo texto europeo con consideraciones sociales y ecológicas a fin de dotarlo de una mayor legitimidad en el seno del propio electorado.

Tanto Sarkozy como Royal se ven forzados a salir victoriosos en su bautismo europeo impulsando con renovadas energías la construcción institucional europea. En cualquier caso, en el inicio de su mandato Europa estará en el corazón del proyecto francés. Su necesidad de triunfar en este terreno es obligatoria aunque sólo sea para desmarcarse de Jacques Chirac y mostrar que su elección es un nuevo punto de partida y representa una nueva dinámica para Francia. No obstante, dado que ambos candidatos son partidarios del sí, habrán de maniobrar entre dos escollos: ofrecer determinadas prendas o garantías a quienes han votado no, para que moderen su postura de oposición sin indisponerse con los 18 países europeos que ya han adoptado el tratado constitucional.

Sarkozy es prisionero en menor medida de quienes han votado no que Royal. Sin embargo, puede suscitar su movilización de signo negativo. Los dos escenarios extremos consistirían, por tanto, o en un voto parlamentario en favor de un minitratado con Sarkozy sobre un horizonte de manifestaciones de oposición y radicalización de los opuestos al tratado constitucional o un referéndum sobre un tratado ampliado con Royal si los electores juzgan aceptables los cambios. Todo dependerá entonces de las compensaciones que ofrecer tanto a los electores franceses como a los socios europeos.