Los cansados huesos del héroe

Aún no ha despuntado el alba y el viejo soldado abre los ojos de golpe, con ese sobresalto único que alcanza a despertarle pero no a espabilarle del todo. Se rebulle en el camastro, comido por las chinches, pero el aguachirle de la noche pasada le dio más hambre que fuerzas, y no es capaz de alzarse de ese nido con más insectos que paja. Noche recia de venta infame, noche de trago amargo, noche en vela de manta raída y rescoldo apagado. Con las correas del jubón clavándosele en el costillar, los pies helados dentro de las botas agujereadas y el cuello rígido sobre la alforja. El crujir tembloroso de las aspas del molino, el correteo de las ratas sobre las vigas y el rasgueo de las cigarras partiendo el tiempo en intervalos desagradables. Olor a fermento de vinazo, a pedo de ganapán y a tierra incrustada en las arrugas del cuello que un millar de baños no conseguirían lavar. A veces se rasca para aliviar la comezón y se pregunta si esa mugre que enluta las uñas será de Nápoles, de Sicilia o de Argel.

A la luz índigo que precede al día se distingue media docena de bultos informes, pero el viejo soldado no mira al puñado de arrieros que le acompañan en las requisas de grano para la Grande y Felicísima Armada que el rey Felipe está formando para doblegar a los herejes de la pérfida Albión. Su parloteo en la carreta es de una calidad similar al hedor que desprenden dormidos, así que, cuando surcan los caminos, el viejo soldado cabalga adelantado, braceando en un silencio llano que solo rompe para ladrar órdenes secas. Su propia voz le suena a sarmientos rotos, y no hay vino en todos los odres de todas las ventas de Castilla que pueda enjuagar el polvo de esa garganta. Quizá por eso, siempre calla. El alba avanza y la helada le hace tiritar. Mueve la mano buena para alcanzar la bacinilla, arrancando quejidos del suelo de madera, pelea con las calzas hasta sacar el asunto, e intenta aliviarse. Tarda, porque a su edad estas cosas llevan su tiempo. Apenas un par de insatisfactorias gotas repiquetean en el cobre antes de que acabe rindiéndose y cubriéndose de nuevo con la manta.

La claridad vira del índigo al magenta, y el viejo soldado siente cómo el frío intenta saltarse la última barrera. Ya ha derrotado a la ropa, a la piel y a los huesos, y ahora embate las puertas del alma. El ventero ladroneó anoche con los tarugos para alimentar el fuego. Seis gordos como pata de asno por dos maravedíes prometió, cinco escuálidos como patas de langosta entregó. Así que todo el calor que el soldado recibirá hoy vendrá del sol macilento, del magro desayuno y de los ijares del caballo. Pero si el cuerpo está perdido no hay por qué ceder el alma, y para esa sí se puede encender hoguera.

El viejo soldado repasa su vida, vuela atrás hasta los días en los que disfrutaba del uso de ambas manos. Días de duelos junto a la tapia del convento, días de huías apresuradas, días mecidos por las olas en busca de gloria y aventuras. Días en los que pagó la gloria con penalidades, con el sabor metálico de la sangre en la boca y el acre olor de la pólvora en los pulmones. Días como aquel en Lepanto, en que el sol asomó por detrás de 210 galeras turcas y el soldado aprestó el espíritu para entregárselo a Dios, pero el Altísimo se conformó con mancarle. Cada amanecer bajo un crespón al viento, cada tiro echado, cada estocada dadjuana es un leño que el viejo soldado echa a esa hoguera del alma.

Pero sobre ese fuego descargan las borrascas que siguieron. La captura por los moros. Los años de dolor, de azotes, de salivazos en la cara y de grilletes en los tobillos. El rescate, las deudas, el humillante regreso a la patria por la que había vertido tanta sangre. El continuo arrastrarse de despacho en despacho y de antesala en antesala. Desenroscando la tapa del canuto de lata lleno de cédulas y recomendaciones y colocando estas ante los ojos aburridos de un funcionario, pidiendo sueldo y oficio a hombres inferiores que nunca habían sostenido nada más pesado que una pluma ni más hiriente que el tampón secante. Descubrir, a las malas, que con gloria, esfuerzo y reputación solo compras miseria, hambre y madrugones.

Y ahora, en el atardecer de su vida, cuando tras mucho porfiar ha logrado empleo para ayudar al esfuerzo de guerra, ¿qué le queda? Noches peores aún que las de Argel, peleas con los labriegos a los que arrebata el trigo para dar de comer a los soldados y una bonita excomunión que le aparta de los sacramentos y de los quince escudos que le costará quitársela.

El viejo soldado suspira y aprieta los labios, preguntándose qué sentido tiene seguir. Por qué levantarse, por qué ensillar el caballo y dejarse las posaderas y la vida en trochas polvorientas. Por qué aguantar los insultos y las burlas, las pedradas de los niños y los ladridos de los perros en cada pueblo, en cada silo, en cada almazara que vaciar a cambio de papeles y promesas tan hueros como aquellos con los que a él le recompensaron. ¿Por qué?

Por el Rey, por Dios y por España. Y por que no queda otra, pensó apoyando un brazo sobre la silla.

Con un esfuerzo repleto de chasquidos, Miguel de Cervantes Saavedra, comisario de abastos del rey, pone en pie sus huesos cansados. Los mismos que, 399 años después de su muerte, habitarán mausoleo de, voto a Dios, tal gran grandeza que, podríamos apostar, el ánima del muerto, por gozarlo, dejará la gloria donde vive eternamente. ¡Que esos huesos ladroneados por venteros sirvan para que más venteros ladroneen y más faltriqueras se llenen! Pues, mi buen lector, aquí no se tira nada.

Juan Gómez-Jurado, escritor y periodista.

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