Los círculos del odio

En los tiempos difíciles la gente vota por pasión no por razón, y las posibilidades de equivocarse son altas. Ante sus errores, la democracia se depura o se mejora, pero siempre cambia; la opción totalitaria, al contrario, reincide en sus fracasos y se perpetúa.

El totalitarismo subordina nuestra vida a esa idea suprema que le dará lo que le falta: la revolución para los antisistema, la independencia para los separatistas, la yihad para los islamistas… El dibujo no permite cerrar la figura, y las circunstancias sobre las que aplicarlo pueden ser muchas… pero el resentimiento es común a todas ellas.

La opción totalitaria nace de un problema grave al que busca remedio. En España, ese problema es el paro y la solución primaria es convertir a cada parado en funcionario. Sus salarios, se dice con saña, vendrán de nacionalizar la banca, limitar los de los ejecutivos, o de confiscar el dinero a los ricos. La realidad es que se puede nacionalizar la banca pero no al banquero, y que al ejecutivo, al rico y al dinero, les darán la bienvenida en países más eficientes. Lo que se pretende y lo que se consigue, puede ser muy distinto.

Cuando Cuba nacionalizó cerca de setenta empresas americanas por los años sesenta, invocó el derecho internacional. Cuando ofreció indemnizarlas en un plazo superior a treinta años y a un interés inferior al 2%, siguió invocándolo. Pero cuando quiso imponer con rabia que la indemnización fuese además abonada con el dinero de los nacionalizados –obligándoles a comprar más azúcar–, vino el bloqueo. Creían, como dice Podemos –la frase es de Marx– que «el cielo no se consigue por consenso y se toma al asalto» y, ahora, cincuenta años después, el coste que los mismos cubanos calculan que les supuso aquel «asalto» es de 120.000 millones de dólares.

La idea totalitaria tiene un pecado original: los fracasos del líder no se discuten, pero al líder el rencor le ofusca. En Venezuela, tal era la hipóstasis entre Chávez y su programa, que opinar sobre el despilfarro del petrolero, suponía traición. Los demócratas actuaban de otra forma. Clinton encargaba a varios asesores un informe sobre cómo reducir el coste de la gasolina y cuando cada uno creía ser el único consultado, los encerraba en una sala obligándoles a discrepar. Lo confirmaba Druker «al consejero se le paga por discrepar».

Por la unanimidad forzada y el apasionamiento en la toma de decisión, el totalitarismo no ha aportado significativas invenciones a la humanidad ni en ciencia ni en tecnología: es imposible encontrar sus huellas en las grandes adelantos. El totalitarismo es un modelo de pensamiento menor, un progresismo sin progreso; su encono con demasiadas cosas lo dificulta.

Sigamos. Para justificar sus pobres resultados pretenden reinventar el significado de las cosas: democracia (venganza), subvención (un derecho), crédito (donación) y prosperidad (la utopía); las preguntas difíciles que les formulan los medios las consideran una infamia y profundizar en sus corruptelas fiscales, una caza de brujas. Cuando su gestión es desastrosa, creen que con palabras lo pueden explicar todo: «La nobleza de la pobreza», o como oí en la extinta URSS ante la escasez de lejía: «el olor a pies es revolucionario». Su autocrítica, suele ser nula.

Piensan que la violencia verbal fideliza el voto resentido: «Que mis sueños sean tus pesadillas». Ese odio lo compartieron Hitler, Stalin y Bin Laden, y sabemos lo que dio de sí. En las dictaduras sudamericanas sería impensable repatriar a un enfermo de ébola y menos aún salvarlo «despilfarrando» recursos; la discutida enfermera madrileña nunca imaginaría que para los totalitarios valía más muerta que viva. También sería impensable de todo punto, una ley de transparencia que pudiera juzgar a los corruptos, sin «suicidar» a los fiscales, como aquí se va a hacer con una infanta de España.

Los que hablan como Goebbles, tocando poder y dinero irán a peor. Porque esa es otra: el totalitario nunca le hace ascos a la riqueza; cualquiera de nuestros candidatos al «hit parade» absolutista gana más viviendo del desesperado que nuestro presidente del Gobierno. La fórmula, claro, solo es sostenible si el desesperado no deja de serlo. Decía la revista Forbes que Castro es multimillonario. La excusa totalitaria es la defensa de la revolución y la fórmula más benéfica que el dinero lo guarde él. Recordemos que, desde hace sesenta años, la mayoría de los Trujillo han disfrutado fuera de la República Dominicana de la herencia de aquel sangriento dictador de derechas y no han vivido mal. Lo que sabe Forbes lo sabe todo el mundo: Castro no es más tonto que Trujillo, tiene la misma familia numerosa, y sus accesos de cólera son equiparables.

Una sugerencia es que no les pongamos querellas ni los victimicemos. Es más práctico dejarles hablar. Obsérvese que fallan los tiros fáciles y no es descartable el autogol. La opción totalitaria nunca resolvió los problemas con solvencia. No la hay en las largas colas de los supermercados, o en crear empleo colocando en el mismo elevador de un hotel a dos ascensoristas por si uno enferma. La fantasía no siempre es productiva.

Aunque cuesta entender, los totalitarios se identifican por su querencia antiespañola. Antes dirán «Viva Bolivia» que «Viva España». La izquierda radical y sus múltiples círculos del odio, han aconsejado a Grecia que no pague la deuda, cuando Grecia nos debe 26.000 millones de euros que equivalen a un año de nuestro gasto de desempleo. Los patrocinadores de tal ocurrencia, ¿se atreverían a sugerir a los desempleados que, por el compañerismo de condonar la deuda a Grecia, perdiesen un año de prestación? Desde luego que no. Pero el tema no les importa: mientras yerran en el falso pretexto de ayudar a la gente, perfeccionan las fórmulas virales de conseguir el poder, primero la prensa, luego el ejército y después la constitución.

Afortunadamente no todo el mundo odia o no lo hace por igual. Es nuestra oportunidad. La gente que está mal debe saber que, aunque no se lo crea, podrá estar infinitamente peor. Enseñarles a que de ésta se sale y a ayudarles a hacerlo, es tarea de todos. El rencor no les comprará un piso, ni le resolverá un desahucio, pero les podría condenar a la tristeza de por vida.

El odio puede vestirse de republicano, pero en él no hay fraternidad ni libertad para combatirlo. Y si no hay libertad ni fraternidad, ¿de qué igualdad estamos hablando? Probablemente de aquella que me mostró un subsecretario de sanidad en Cuba cenando en su casa, en una zona militar vallada, con un mayordomo negro uniformado a rayas: «no me sirve a mí, sirve a la revolución». Y, acto seguido, superado el odio, se fumó un habano de venta solo para extranjeros.

José Félix Pérez-Orive Carceller, abogado.

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