Los cisnes negros y la tarea de Rajoy

Con sus decididas acciones del pasado fin de semana y el pausado tono de su comparecencia pública el lunes, el presidente del Gobierno ha dado la única respuesta posible al desafío del president catalán. Ahora el Sr. Rajoy debe ofrecer una vía de salida a Artur Mas que le permita separarse de sus peligrosos compañeros de viaje y abandonar su actual posición «anti-sistema».

La alternativa, simplemente dejar que el president se pudra en su propio y desastroso camino hacia la nada, tiene un indudable atractivo político. Rajoy puede acudir a las siguientes elecciones generales envuelto en el manto de su defensa a ultranza de la Constitución y como garante único de la unidad de España. Sus sociólogos de cámara le explicarán que gracias a enemigos como Mas y Podemos, Rajoy puede movilizar a sus votantes con el «o yo o el caos» y repetir la mayoría absoluta. Y sus abogados del Estado le dirán que, con la ley en la mano, al enemigo ni agua: Mas está en un callejón sin salida, le dirán, y lo mejor es sentarse a disfrutar viéndolo darse de bruces contra el muro.

Desgraciadamente, cualquiera que haya leído algo de historia sabe que este tipo de predicciones no se pueden hacer con certeza suficientes. En una situación de enfrentamiento como la que vivimos existe siempre la posibilidad de escalada y de ruptura.

El inversor Nassim Taleb introdujo en su libro del 2001 la evocadora metáfora de los cisnes negros para referirse a eventos catastróficos que todos consideran imposibles. Los europeos pensaban que los cisnes negros no existían, hasta que un explorador holandés los observó en Australia en el siglo XVII. El estallido de la Primera Guerra Mundial, hace ahora 100 años o el espectacular derrumbe del bloque soviético en 1989 y de la misma Unión Soviética en diciembre de 1991 con la independencia de sus repúblicas son eventos que los observadores externos vieron con incredulidad. Nadie hubiera otorgado una probabilidad siquiera mínima en 1988 a lo que asombrosamente sucedió: la todopoderosa Unión Soviética simplemente liquidó su imperio y su país en tres años. Tampoco la Primavera Árabe fue predicha por ningún observador ni interno ni externo, servicios de inteligencia incluidos. Nuestro propio país pasó del orden al caos en unos pocos días de julio de 1936.

¿Cuál sería el cisne negro en Cataluña? Se producen unas elecciones plebiscitarias, quizás las municipales de Mayo (recuerden que la monarquía de Alfonso XIII se derrumbó tras unas municipales en abril de 1931). Los ayuntamientos de gran parte de Cataluña empiezan a declararse independientes. Los antisistema, que en Cataluña son numerosos y están bien organizados, como hemos visto recientemente con los disturbios organizados alrededor de Can Vies, se apoderan de las calles, y termina habiendo sangre en la calle, quizás algún muerto. El Sr. Junqueras y el Sr. Mas salen al balcón a declarar la independencia unilateral. El Parlamento catalán declara que la mayor autoridad judicial de Cataluña es el nuevo Tribunal Supremo de Cataluña y pide a los catalanes que dejen de pagar impuestos y los ingresen en la cuenta del nuevo país independiente.

¿Cómo podría reaccionar la España del 2015, la España de la UE y de la OTAN, a una situación así? Sí, Rajoy podría enviar a la Brigada Paracaidista y arrestar a los líderes catalanes, como sucedió en 1934, pero los enfrentamientos en Gamonal o los provocados en Barcelona por el desalojo de Can Vies nos recuerdan los límites de la fuerza, incluso la más legal.

La sociedad catalana tampoco tiene nada que ganar de tal ruptura. Los compañeros de viaje del Sr. Mas incluyen a muchos que no desearían más que utilizar la independencia para atacar «el sistema», que ganarían mucha fuerza tras tal ruptura.

¿Existe una alternativa? La reivindicación catalana tiene tres patas: simbólica, competencial, y financiera. En lo simbólico, hay que encontrar maneras reconocer la diferencia de Cataluña, usando palabras (como la palabra «nación») y símbolos que no son tan lejanos de los que de hecho usamos («nacionalidad»). Aún más importante, es crucial recomponer el vínculo emocional: Cataluña debe saber que no sólo es parte de España, sino que es querida por España, que su singularidad es aceptada y querida, que su lengua, el catalán, es un patrimonio de España tan importante como el castellano. Gestos simbólicos aquí (¿por qué no un año de lengua autonómica en las escuelas?) pueden hacer mucho. En lo competencial, se trata de blindar las competencias relacionadas con la lengua, particularmente cultura y educación y con la sanidad. En la práctica el modelo lingüístico que existe, de inmersión en catalán, funciona bien, y el hecho innegable (a pesar de la histeria) es que sí logra que los niños hablen bien ambas lenguas. Y Cataluña, con la excelente política universitaria liderada en su momento por Andreu Mas-Colell (a años luz de lo hecho en el resto de España) ha mostrado lo útil que puede ser para el resto de España el introducir competencias entre las regiones en nuestro anquilosado sistema educativo. Finalmente, en lo financiero, no se trata de cambiar a corto plazo el monto de transferencias como de utilizar el momento para hacer una simplificación radical en el incomprensible e injusto sistema de financiación, comenzando por ceder la totalidad del IRPF a las autonomías -se trata, como sugirió hace tiempo el ministro Margallo «no tanto de transferir agua como dejar que las autonomías exploten sus propios pozos», junto con un sistema competencial que incremente la transparencia financiera y la rendición de cuentas a los ciudadanos.

El PSOE y el PP deben conjuntamente pactar tal acuerdo con CiU incluyendo la necesaria reforma constitucional (para la que ahora tienen los 2/3 necesarios, lo que no sucederá quizás tras 2015), recuperando el consenso constitucional y separando definitivamente al president de sus extraños aliados. Luego el Estatut debe ser reformado, y los ciudadanos deben votarlo. No nos olvidemos, el clamor «queremos votar» ha ganado psicológicamente la partida en Cataluña, y es necesario dar una oportunidad a los votantes de que se expresen. Un nuevo Estatut lo sería. Luego todos los españoles deben votar en elecciones generales la reforma constitucional.

Al Sr. Rajoy, siempre tan averso a los riesgos y los grandes pasos, le parecerá con seguridad este camino arriesgado, y lo es. Pero es un camino que elimina riesgos mucho mayores. España tiene amplísima experiencia histórica de cambios radicales inesperados y dramáticos como para que no sea imposible imaginarlos ahora. El Sr. Rajoy, junto con el Sr. Sánchez, tiene una oportunidad única de pasar a la historia, dando un necesario impulso de democratización y de recuperación de la confianza de los ciudadanos.

Luis Garicano es Catedrático de Economía y estrategia en la London School of Economics y autor de El dilema de España (Península, 2014).

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