Los cotos de caza, una apuesta por la ecología

Existen en nuestro país miles de propiedades rurales cuyo principal y a veces único aprovechamiento es la caza y que, gracias a los cuidados que sus propietarios les dedican, constituyen una red de espacios naturales que son el mejor activo con el que contamos en cuestión de biodiversidad. Estoy seguro de que esos urbanitas y ecologistas radicales que se oponen a la práctica de la caza son ignorantes de la labor que la propiedad privada lleva a cabo en beneficio de estos parajes, y de las especies de fauna y flora que los habitan. Y me atrevería a decir también que ignoran su existencia y su razón de ser. Y la verdad es que son la mejor garantía para la preservación de la fauna, tantoc in eg ética como no cin eg ética, y están mantenidos por sus propietarios sin ningún coste para los pagadores de impuestos.

La gestión que se realiza en las fincas de caza para favorecer la población de especies cazables, como venados, jabalíes, perdices, etcétera, redunda en beneficio de otras especies que no son cazables, y en incontables casos favorece a animales en peligro de extinción, como el águila imperial o el lince.

El mantenimiento de estos terrenos genera como única compensación el disfrute de alguna cacería o montería cada año, siempre y cuando la fauna cinegética haya criado bien. Algunas de estas fincas tienen una cosecha de corcho cada nueve años, pero poco más. Sin embargo, los cuidados que reciben y las inversiones necesarias para llevarlos a cabo son incesantes. Hay que dotar a la propiedad de puntos de agua, hay que limpiar parcelas de monte para que críen hierba y se genere alimento para venados y conejos, hay que mantener las rayas de cortafuego en buen estado, hay que reforestar… y todo esto es necesario para conseguir la riqueza biológica desea da. Resulta, pues, absolutamente imprescindible gestionarla finca, encontrad el o que pueden pensar muchos con ser vacio ni stasqu esos tienen que la no intervención en el medio es la mejor gestión de conservación. Esta teoría se ha aplicado en reservas y parques que son responsabilidad de las Administraciones Públicas, y los resultados están a la vista. Desde desequilibrios producidos por especies oportunistas hasta la cerrazón completa del monte, la no intervención ha traído a espacios como Doñana o Cabañeros la desaparición del conejo, por ejemplo, o la superabundancia de jabalíes o venados, con importantes daños a la diversidad biológica. El crecimiento de la población humana ha roto los equilibrios de la Naturaleza, de tal manera que para restaurar y mantener los ecosistemas se hace necesaria la intervención.

Una nueva posibilidad de explotación se abre ahora para estos terrenos privados. Con motivo del creciente interés que la sociedad en general muestra por la Naturaleza, estas propiedades tienen la posibilidad de ofertar lo que se conoce como «turismo de naturaleza». La observación de la fauna y la flora y la fotografía de los animales salvajes, y muy especialmente de aquellos que pertenecen a especies amenazadas o en peligro de extinción, son actividades de ocio susceptibles de ser ofrecidas al mercado por la propiedad de los cotos de caza. Y con la potenciación de estas especies no solo se beneficia a ellas, sino a todas las demás que integran el sistema. Una gestión enfocada a favorecer al lince, por ejemplo, está favoreciendo al mismo tiempo a toda la comunidad local de aves rapaces y a infinidad de aves migratorias que vienen a pasar el invierno a nuestras latitudes, desde petirrojos hasta grullas y ánsares.

Como en tantos otros sectores, aquí la iniciativa privada marcha por delante de las Administraciones Públicas. Sin el ánimo de los propietarios de preservar las especies de caza –y ahora también las especies amenazadas como objetivo turístico–, la naturaleza en nuestro país se reduciría al estado precario en que se encuentra en los espacios oficialmente protegidos y bajo la tutela de la Administración Pública.

Javier Hidalgo, biólogo y ornitólogo.

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