Los crímenes por omisión de la ONU

Cuando se fundaron las Naciones Unidas, sus metas principales, como declarara en preámbulo de su Carta, incluían salvar a las generaciones futuras del “flagelo de la guerra” y reafirmar “la fe en los derechos humanos fundamentales”. Desde entonces han pasado más de 70 años, y el mundo tiene más armas que nunca (y más avanzadas) y abundan los conflictos armados que provocan muertes en gran escala y causan sufrimiento tanto a combatientes como civiles.

Entre los conflictos más candentes se encuentra el de Siria, que según fuentes de las Naciones Unidas ha dejado unos 500.000 muertos y heridos, y ha desplazado a millones. En Myanmar, los rohinyá, una minoría musulmana en un país de mayoría budista, han sufrido un ataque que la misma ONU califica como limpieza étnica. Yemen se ha convertido en el escenario de una devastadora guerra de terceros que ha causado un gran número de víctimas. Burundi y la República Democrática del Congo también padecen conflictos.

A pesar de toda la influencia que se supone que tiene, la ONU ha sido notablemente ineficaz para detener la violencia. Aquí el secretario general debe asumir una responsabilidad importante. Después de todo, es el símbolo último de las Naciones Unidas y, en cierto sentido, la brújula moral de la comunidad internacional. El mundo entero le entrega su mandato, lo que es particularmente cierto en el caso del actual secretario general, António Guterres, seleccionado a través de un proceso revisado que incluyó un papel más prominente de la Asamblea General, el “congreso mundial”. Por eso tiene el deber de guiarnos hacia un futuro menos violento y más humano.

A comienzos de 2018, Guterres lanzó una “alerta roja” al mundo, declarando que “podemos superar los conflictos, ganarle al odio y defender valores en común. Pero solo podemos hacerlo juntos”. Fue un buen primer paso, pero para cumplir las exigencias de su puesto debe hacer mucho más.

Para comenzar, debe usar al máximo el púlpito que representa su oficina para invocar la rectitud moral y los valores de la organización. Además, debería apoyar personal y activamente los esfuerzos de los enviados de las ONU tanto en público como privado, participando en el más alto nivel para encontrar maneras de desactivar los conflictos actuales. Finalmente, debe dejar en claro y en términos inequívocos que su inacción o complacencia no es coherente con la Carta de la ONU y constituye un crimen de omisión.

El Consejo de Seguridad tiene la responsabilidad principal al interior de la ONU de mantener la paz y la seguridad. Puede recurrir a la diplomacia para resolver conflictos y poner fin a las hostilidades, y además optar por aplicar medidas de coerción.

Sin embargo, no ha cumplido su papel en el máximo grado posible, principalmente porque sus cinco miembros permanentes (P5) -China, Francia, Rusia, el Reino Unido y Estados Unidos- a menudo han actuado en base a sus propios intereses, utilizando su poder de veto o amenazando con usarlo. Pero este se entendía como un medio de facilitar la cooperación, para permitir que el P5 cumpliera su responsabilidad de ayudar a mantener la paz y la seguridad mundiales.

El único límite al poder de veto de los miembros permanentes (el requisito de que una parte de una disputa se debe abstener de votar) recalca la importancia de mantener alguna semblanza de neutralidad cuando el Consejo de Seguridad toma decisiones. Sin embargo, para el P5 ni las violaciones a las leyes internacionales ni el sufrimiento humano a gran escala priman por sobre la Realpolitik o las “consideraciones geopolíticas”. Incluso impulsan políticas que socavan a la ONU, su Carta y, en términos más amplios. el orden mundial basado en reglas.

El fracaso del P5 de poner fin a los conflictos (y, en algunos casos, la contribución de sus miembros al agravamiento o la prolongación de las hostilidades) representa, como mínimo, condonar la violencia y el sufrimiento que afecta desproporcionadamente a países pequeños y medianos. Más fundamentalmente ha socavado la fe en la ONU y las leyes internacionales y elevado la tolerancia mundial hacia la inhumanidad, y abre el camino a incluso más muerte, destrucción y sufrimiento y, al mismo tiempo, resta credibilidad al orden mundial al que nos comprometimos solemnemente cuando se fundó la ONU.

Estados Unidos y Rusia tienen una responsabilidad particular por los fallos del P5. En lugar de usar su influencia política y sus capacidades militares para controlar y desactivar conflictos (por supuesto, colaborando con los actores regionales) han reanudado una competencia estratégica que, como muestra la historia, solo puede llevar a más desorden y miseria.

Nada de ello absuelve a los demás miembros del P5 de su responsabilidad de esforzarse para que el Consejo de Seguridad cumpla su papel de apoyo de la paz y la seguridad internacionales. Como mínimo, deberían dar un paso adelante y actuar como catalizadores de la acción colectiva del Consejo de Seguridad.

La totalidad de los miembros del P5 deben hacer realidad su responsabilidad no solo de mantener el orden mundial en cuyo desarrollo desempeñaron papeles centrales, sino también de renovar la fe en el mismo e impulsar las reformas necesarias. Esto significa mostrar al resto del mundo que harán valer su poder de veto de manera responsable y dando prioridad a los intereses y valores en común.

Una simple regla en este respecto sería abstenerse de vetar una resolución que apoyen la mayoría de los miembros del Consejo de Seguridad, a menos que como mínimo dos de los P5 se opongan. Si bien esto no eliminaría por completo el problema, daría más eficacia al Consejo de Seguridad, al fomentar debates más constructivos en los que se escuche a todos los miembros del Consejo y no solo a los poderosos países del P5.

Los actores internacionales deben respetar la soberanía de los países individuales. Pero ante conflictos que causan muerte y destrucción generalizadas, la ONU y sus poderosos tienen la responsabilidad (como lo señala su Carta) de hacer todo lo posible por restaurar la paz. Durante demasiado tiempo han ejercido el poder sin responsabilidades.

Nabil Fahmy, a former foreign minister of Egypt and former Egyptian ambassador to the US and Japan, is Dean of the School of Global Affairs and Public Policy and Professor at the American University in Cairo (AUC). Traducido del inglés por David Meléndez Tormen.

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