Los cristianos en el mundo árabe: una especie en extinción

En estas Navidades, como en todas, miles de peregrinos y turistas viajarán a Oriente Medio para celebrar las fiestas en la tierra de la Biblia. En Belén, lugar de nacimiento de Jesús, el Patriarca Latino de Jerusalén celebrará la Misa del Gallo, mientras en Siria, donde algunos cristianos hablan todavía dialectos del arameo, similares a la antigua lengua que hablaba Jesús, es probable que las celebraciones estén amortiguadas, limitadas por los peligros de una guerra que está destrozando el país.

En un momento en el que Oriente Medio está en llamas con una guerra sectaria, la observancia de la fiesta cristiana es un triste recordatorio de que la diversidad religiosa, étnica y cultural distintiva está desapareciendo rápidamente. Al comienzo del siglo XX, los cristianos representaban el 20 por ciento, aproximadamente, del mundo árabe. En ciertas zonas, incluidos el Egipto meridional, las montañas del Líbano y la Anatolia sudoriental, constituían una mayoría absoluta. Actualmente, tan sólo el cinco por ciento del mundo árabe es cristiano y muchos de los que quedan lo están abandonando, forzados por la persecución y la guerra.

También los judíos, que en tiempos tenían una presencia muy viva en ciudades como El Cairo, Damasco y Bagdad, han desparecido prácticamente de las partes predominantemente musulmanas de Oriente Medio y se han trasladado a Israel, Europa y Norteamérica. Incluso en las comunidades musulmanas, la diversidad ha ido disminuyendo. En ciudades como Beirut y Bagdad, los barrios mixtos se han ido homogeneizando, a medida que los suníes y los chiíes buscan refugio frente a los ataques sectarios y la guerra civil.

La mengua de la diversidad en Oriente Medio se remonta a más de un siglo atrás, a los episodios de depuración ética y religiosa que se produjeron durante el Imperio Otomano, incluidos el desplazamiento y la matanza de 1,5 millones de armenios y cristianos sirios en la Anatolia oriental. Después del hundimiento de dicho imperio en 1918, el ascenso del nacionalismo árabe situó la lengua y la cultura árabes en el centro de la identidad política, lo que ha privado de derechos a muchos grupos étnicos no árabes, incluidos los kurdos, los judíos y los sirios. Muchos griegos que habían vivido en Egipto durante generaciones, por ejemplo, perdieron sus medios de vida en el decenio de 1950, cuando el Presidente Gamal Abdel Nasser, el gran portaestandarte del panarabismo, nacionalizó las empresas y las industrias de propiedad privada. Otros se vieron obligados a huir pura y simplemente del país.

El ascenso del islam político, a raíz de la guerra árabo-israelí de los Seis Días en 1967, asestó otro golpe a las minorías religiosas. Al promover un renacimiento islámico como solución para los males de esa región, el islamismo provocó la marginación de los no musulmanes, incluidos grupos que habían desempeñado durante siglos papeles importantes en la vida política, económica y cultural de esa región. A consecuencia de ello, en lugares como Egipto, los cristianos han afrontado una discriminación social y una violencia muy duras, a veces a manos del Estado nominalmente secular.

Los levantamientos de la primavera árabe entrañaron nuevas amenazas graves para la diversidad religiosa y cultural en Oriente Medio. Muchos de los regimenes autoritarios ahora amenazados de hundimiento cultivaron el apoyo de las minorías. Así fue en particular en Siria, donde el Partido Baas, dominado por los alauíes, fomentó los lazos con los cristianos y otras comunidades pequeñas presentándose como un baluarte de secularismo y estabilidad frente a una mayoría suní supuestamente amenazadora. Ahora que los suníes de Siria se han levantado contra sus gobernantes alauíes, la lealtad de los cristianos para con el régimen se ha convertido en un estorbo e incluso un peligro. En algunos lugares, se considera a los cristianos cómplices de la brutal represión del Gobierno, con lo que resultan blancos de ataques.

El ascenso del Estado Islámico a lo largo del último año ha desencadenado aún más violencia contra las minorías. Impulsado por una fundamentalista ideología wahabi y un afán ilimitado de derramamiento de sangre, el Estado islámico aspira a regresar a un imaginario califato premoderno que subyugue a los chiíes y trate a los no musulmanes como ciudadanos de segunda clase. Cuando el Estado islámico captura una ciudad, sus combatientes ofrecen a los cristianos la elección entre el pago de un impuesto medieval denominado jizya, la conversión al islam o morir asesinados. Muchos se limitan a huir.

Los yazidíes del norte del Iraq, de cuya difícil situación en el Monte Sinjar se habló mucho el verano pasado, tienen aún menos suerte. El Estado Islámico los considera  paganos y, por tanto, indignos de las protecciones tradicionales concedidas a los cristianos o judíos conforme a la Ley Islámica. A consecuencia de ello, muchos yazidíes son asesinados o esclavizados.

Además de perseguir a las minorías, el Estado Islámico ha decidido borrar todos los rastros físicos de la diversidad religiosa. Sus fuerzas han demolido los santuarios sufíes, las mezquitas chiíes, las iglesias cristianas y los monumentos antiguos que consideran vestigios de un pasado profano y corrupto.

La protección por parte de los gobiernos occidentales de las minorías religiosas y étnicas en esa región ha sido un asunto polémico durante más de un siglo y sigue siéndolo actualmente. Muchos suníes, por ejemplo, acusan a los Estados Unidos de favoritismo: estos últimos intervienen para proteger a los kurdos, los yazidíes y los cristianos en el norte del Iraq, según dicen, pero hacen poco para detener las matanzas de centenares de miles de suníes en Siria. En realidad, la complicada historia de los Estados Unidos en materia de relaciones entre las iglesias y el Estado en su propia tierra los ha vuelto reacios a intervenir a favor de grupo religioso alguno en el extranjero, sobre todo cuando su población es pequeña.

El fin de la diversidad en Oriente Medio es una tragedia no sólo para quienes han muerto, huido o sufrido. Esa región en conjunto padecerá las consecuencias negativas de su ausencia. Las minorías han servido históricamente de intermediarias entre Oriente Medio y el mundo exterior y, si desaparecen, esa región perderá una clase importante de dirigentes culturales, económicos e intelectuales.

La forma como una sociedad aborda la diversidad religiosa y étnica puede decirnos mucho sobre su capacidad para sortear los desacuerdos y transformar el pluralismo de una complicación en un activo. Sin embargo, en Oriente Medio se considera con demasiada frecuencia que la diversidad es una causa de debilidad. Se debería considerarla un valor, digno de protección.

Christian C. Sahner is the author, most recently, of Among the Ruins: Syria Past and Present. Traducido del inglés por Carlos Manzano

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