Los cuarenta años de tragedia palestina

Por Shlomo Ben-Ami, antiguo ministro de Exteriores de Israel, y vicepresidente del Centro Internacional de Toledo para la Paz. Su último libro es Cicatrices de guerra, heridas de paz. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 06/06/07):

Hace 40 años, Israel capturó Cisjordania, Gaza y los Altos del Golán después de una guerra relámpago, de seis días, que hizo retroceder a los ejércitos de Egipto, Jordania y Siria. Hoy, el final de la ocupación de los territorios palestinos que comenzó aquel mes de junio sigue siendo un sueño tan lejano como siempre.

El caos y la guerra civil existentes hoy en Gaza, que tanto recuerdan a Somalia, son resultado de esta situación estancada desde hace decenios y achacables, en parte, a unas políticas israelíes mal concebidas y, en parte, a un Gobierno de Estados Unidos que, durante seis largos años, relegó la paz entre Israel y Palestina al último puesto de su lista de prioridades. Ahora bien, atribuir la incapacidad de los palestinos para desarrollar un sistema ordenado de autogobierno exclusivamente a los efectos perniciosos de la ocupación israelí y las políticas estadounidenses es un error.

La crisis palestina es, ante todo y sobre todo, una crisis de liderazgo. Es verdad que Yasir Arafat no era ningún modelo de demócrata, pero su carisma y su perspicacia política fueron cruciales para mantener juntas a todas las facciones palestinas. Ahora, ni siquiera el propio partido de Arafat, Al Fatah, puede presumir de ser una organización coherente. La victoria electoral de Hamás en enero de 2006 se debió, en gran medida, a la fragmentación de Al Fatah bajo el mando del sucesor de Arafat, Mahmud Abbas.

Sin una genuina autoridad central que inspire miedo o respeto y con la OLP privada de legitimidad precisamente por su negativa a dar a Hamás su lugar debido en la organización, ha surgido una especie de "cohabitación" grotescamente ineficaz, con un presidente de Al Fatah y un primer ministro de Hamás. Como consecuencia, la política palestina ha degenerado en una cruda lucha por el botín del poder.

En teoría, el acuerdo firmado en La Meca en febrero, que creó el Gobierno de unidad Al Fatah/Hamás, debía establecer un sistema civilizado de reparto de poder. Pero el acuerdo parece estar viniéndose abajo. Los brotes de violencia actuales se deben, en gran medida, a que Al Fatah, con el estímulo del boicot internacional a Hamás, nunca terminó de aceptar verdaderamente su derrota electoral ni el derecho de Hamás a gobernar. Además, desde la subida de Hamás al poder, el enfrentamiento de Al Fatah con los nuevos gobernantes palestinos ha contado con la abundante ayuda económica de Estados Unidos y Europa y un generoso suministro de armas tanto de Estados Unidos como de los países árabes.

Por tanto, el conflicto actual es fundamentalmente una guerra preventiva lanzada por Hamás -y agravada por el desorden y la delincuencia, los choques entre milicias autónomas, tribus y familias, y una espiral de matanzas sin sentido- para impedir que la comunidad internacional convierta a Al Fatah en un aspirante de peso capaz de arrebatarle su derecho democrático a gobernar.

Para Hamás, ésta es una lucha a vida o muerte. No ha vacilado en bombardear el complejo presidencial de Abbas, atacar los centros de mando de Al Fatah y atentar contra responsables militares de la organización como Rashid Abu Shbak, jefe de seguridad interna, y otros muchos, todos ellos lugartenientes del jefe militar supremo de Al Fatah en la franja de Gaza, Mohamed Dahlan.

La voluntad de Hamás de reafirmar su autoridad queda patente en los cadáveres profanados de los soldados de Al Fatah, muchos de ellos con agujeros de bala en la cabeza, según una costumbre que denominan "confirmación de la muerte". Los ataques con cohetes contra territorio israelí son un intento transparente de desviar la atención y agrupar a las masas en el reconocimiento de Hamás como auténticos defensores de la causa palestina.

Lo trágico es que todo esto no sólo causa víctimas humanas, sino que perjudica el horizonte político de Palestina. A los palestinos se les ha ofrecido un Estado en tres momentos de su historia -1937, 1947 y 2000-, y en ninguna de las tres ocasiones estuvieron sus dirigentes a la altura del reto; si bien es cierto que no puede ser fácil para una nación construida sobre un sentimiento tan firme de estar desposeídos. Hoy, cuando Estados Unidos entiende, por fin, la importancia de una paz entre israelíes y palestinos para su suerte en Oriente Próximo en general, y el mundo árabe se ha comprometido, por primera vez, a tratar de lograr un acuerdo amplio con Israel, la anárquica política palestina está haciendo que sea prácticamente imposible una decisión en favor de la paz.

Tampoco la democracia israelí, por mucha vitalidad que tenga, es controlable ni previsible. No obstante, aunque el primer ministro, Ehud Olmert, pudiera querer recuperar su credibilidad entre la población con un nuevo acuerdo de paz, la Autoridad bicéfala de Palestina, un socio nunca muy de fiar a ojos de los israelíes, resulta ahora todavía más sospechosa.

"Cada día que pasa sirve sólo para que más personas deseen ver de nuevo a Israel ocupando Gaza. ¡Que vengan los judíos de una vez a salvarnos!". Pero ese deseo desesperado, expresado por un habitante desilusionado, no va a materializarse. Israel evitará a toda costa hacer una gran incursión por tierra. Y, mientras tanto, los israelíes, envueltos en una guerra impulsada por la furia y la venganza, están volviendo a centrar su atención en la caza y captura de caudillos de bandas, asesinatos selectivos de patrullas de Hamás y la detención de sus responsables políticos, y no en propuestas de paz.

Un gesto dramático de las potencias extranjeras es lo único que puede evitar que Gaza se convierta en un segundo Mogadiscio y palestinos e israelíes caigan en una guerra total que sólo contribuiría a engendrar más rabia y desesperación. Para poder sostener las bases de un nuevo proceso de paz, es preciso que haya una fuerza internacional desplegada a lo largo de la frontera de Gaza con Egipto, que impida el contrabando permanente de armas y permita aislar el conflicto. Al mismo tiempo, la comunidad internacional debe ayudar a que salga adelante el Gobierno de unidad, para lo cual debe reconocer el derecho de Hamás a gobernar a cambio de un plan de estabilidad basado en los resultados.