Los deberes escolares

El tema de los «deberes escolares» suscita, como casi todo en educación, un debate controvertido del que es difícil escapar a las etiquetas ideológicas. ¿Está usted a favor de los deberes? Si su respuesta es positiva, los que están en contra le asocian con una persona conservadora, clasista y defensora de una educación estrictamente académica. ¿No es usted partidario? Entonces, los defensores de los deberes le acusan de progresista, amigo de la LOGSE e insensible ante el riesgo de que disminuya el nivel educativo del país.

Lo malo de ofrecer, como voy a hacer en este texto, una respuesta matizada es que puede no gustar ni a los unos ni a los otros, pues la gente prefiere elegir entre el blanco y el negro. A pesar de ello, intentaré realizar un análisis de lo que significan los deberes para el alumno y los cambios que son necesarios para que todo funcione con cierta armonía.

Hay una primera distinción importante entre los deberes y las actividades educativas. Entiendo por deberes aquellos ejercicios que completan o refuerzan la enseñanza del colegio: escribir, hacer problemas de matemáticas, desarrollar un trabajo en casa, etc. En cambio, considero actividades educativas aquellas experiencias que favorecen los aprendizajes del alumno de forma menos directa: música, teatro o deporte, por ejemplo.

Realizada esta distinción, es necesario formularse una pregunta fundamental: ¿para qué sirven los deberes? Los que están a favor suelen dar tres razones: amplían los aprendizajes de los alumnos, contribuyen a organizar su tiempo y permiten, razón importante para los profesores, que se avance más rápido en la materia, pues las administraciones educativas suelen haber establecido un programa imposible de cumplir en el tiempo lectivo anual.

Aquellos que están en contra ofrecen razones opuestas: el tiempo lectivo debería ser suficiente para el aprendizaje escolar; los alumnos deberían realizar otras actividades educativas en su tiempo de ocio; el alumno, lejos de aprender con este tipo de deberes, se aburre en un estudio escasamente atractivo; y, además, no todos los alumnos tienen las mismas oportunidades para completar sus deberes: unos reciben ayuda familiar o de maestros de apoyo y disponen de condiciones favorables en casa, mientras que otros no tienen ninguna de estas facilidades. Desde esta posición los deberes, además de poco útiles, son escasamente equitativos.

Expuestas de forma sucinta las dos visiones antagónicas, analicemos el problema desde una nueva perspectiva: qué sería lo más positivo para el desarrollo y el aprendizaje de los alumnos en su tiempo extraescolar.

Aun a riesgo de excesiva simplificación, considero que ese tiempo en su conjunto semanal podría dividirse en tres partes. La primera, para que el alumno hiciera lo que le apeteciera: jugar, chatear con sus amigos, ver dibujos animados o una serie de moda o un partido de fútbol (si no, no podría hablar de ello en el colegio); la segunda, para actividades educativas que considero profundamente formativas: aprender un instrumento musical, practicar deporte en equipo, participar en un grupo de teatro, leer, cantar… Y la tercera, para realizar tareas relacionadas con la actividad escolar, es decir, los deberes. Estas tareas deberían tener tres características imprescindibles: ser interesantes, activas y cooperativas. Por ejemplo, realizar un proyecto entre varios compañeros, buscar de forma compartida una nueva información sobre un tema o escribir un cuento entre varios alumnos.

Lo dicho hasta ahora son criterios de carácter general. Faltan tres precisiones necesarias. La primera, que esta distribución debería adaptarse al ritmo de aprendizaje de los alumnos. Es decir, aquellos alumnos con más dificultades en lectura o en matemáticas, por ejemplo, deberían incorporar actividades de refuerzo en estas materias, con la consiguiente reducción del tiempo dedicado a otras actividades. También tendría que adecuarse a la edad de los alumnos, pero en este punto es fácil realizar las adaptaciones oportunas: puede haber más «deberes» cuando el alumno es mayor.

La segunda precisión es que el tutor de un grupo de alumnos debería coordinar las actividades o deberes extraescolares que cada profesor demanda para adecuarlas al tiempo disponible por sus alumnos y evitar así el agobio y la presión excesiva.

La tercera es que todos los alumnos deberían tener la posibilidad de participar en las actividades educativas (teatro, música, deporte..) sin que las condiciones económicas fueran un impedimento. También deberían recibir apoyo suficiente para realizar los «deberes» escolares o para mejorar sus aprendizajes si se retrasan en alguna materia.

En consecuencia, los centros deberían disponer de los recursos económicos necesarios para contratar actividades educativas y especialistas de apoyo en horario extraescolar en las condiciones que se regulen. Además, tendrían que estar abiertos por las tardes y los fines de semana. Por estas razones se necesita más financiación, sobre todo para aquellos centros que escolarizan alumnos que viven en contextos sociales desfavorecidos o con más dificultades para aprender.

Todo esto sería más fácil si las administraciones educativas fijaran unos contenidos de aprendizaje que se pudieran aprender en el horario semanal lectivo establecido y se creyeran –lo que está por comprobar– que lo importante es que un alumno desarrolle las competencias básicas necesarias para desenvolverse de forma creativa en la sociedad y no que aprenda una lista interminable de contenidos.

También el Ministerio de Educación debería ser consciente de que las evaluaciones han de ser coherentes con este modelo. Por suerte, la sociedad ha hecho valer su protesta generalizada contra unas absurdas e injustas reválidas que, además de crear un caos educativo, habrían multiplicado el número de alumnos repetidores, ya demasiado elevado en España, y el tiempo de los deberes más clásicos.

En resumen. Para dar pistas sobre los deberes hemos tenido que hacer referencia a los objetivos de la educación, a la diversidad del alumnado, a las actividades más favorables para su desarrollo, a la autonomía de los centros y a su apertura al término del tiempo escolar, a la coordinación pedagógica, a la distribución diversa de los recursos y a la sensatez de la administraciones educativas al establecer los programas escolares y su evaluación. Y eso que parecía sencillo el tema en cuestión.

Álvaro Marchesi, catedrático de Psicología Evolutiva de la Universidad Complutense de Madrid.

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