Los delitos imaginarios

Por Jordi Soler, escritor (EL PAÍS, 10/01/06):

En 1955 el poeta Allen Ginsberg escribió América, un poema largo donde critica ciertas cosas que no le gustan de su país, entre otras la discriminación de las personas que se distinguen por sus rasgos físicos o sus preferencias sexuales. Ginsberg era judío, homosexual y muy excéntrico y en este poema, cuyo título más que América tendría que ser Estados Unidos, propone la abolición de los prejuicios, sociales, sexuales, religiosos y raciales, en un verso que apela a la más elemental decencia: “Cuándo podré ir al supermercado y comprar lo que necesito sólo con mi aspecto”. La condición de outsider de Ginsberg, y su deseo en verso, me vino a la cabeza recientemente al enterarme del caso de un delincuente imaginario, otro outsider como el poeta, que perturbó durante semanas la paz y la tranquilidad de un barrio de Barcelona, aunque el caso, como verán, puede aplicarse a cualquier ciudad europea.

Resulta que en este barrio donde vive gente conservadora y muy sólida económicamente o, con la idea de completar el espectro, un barrio donde los emigrantes latinoamericanos o africanos no suelen rentarse un piso, comenzó a tener lugar una oleada de delitos que los vecinos relataban pero que ni la policía, ni las autoridades del distrito, podían confirmar. En el transcurso de una semana los vecinos relataron el secuestro exprés de un niño en un supermercado, el intento de violación de una joven y el secuestro de un perro, los tres incidentes en la misma calle de este barrio. Al margen de la dificultad estadística que habría que sortear para poder dar crédito a esta cadena de delitos, más propios de, por ejemplo, la Ciudad de México, el Cuerpo Nacional de Policía, como dije, no encontró elementos para comprobar si estos delitos contados habían sido delitos reales, incluso la concejal del distrito calificó estos relatos de “terrorismo verbal” (La Vanguardia, 12-10-2005). No obstante, la inquietud de los vecinos consiguió que en esa calle, que encima es muy corta, haya una cantidad exagerada de policías que peinan todo el día celosamente las aceras. Del intento de violación no volvió a hablarse, del niño secuestrado en el supermercado se dijo, otra vez sin confirmación posible, que había sido liberado a cambio de 6.000 euros, y del perro se contó que su dueño había tenido que pagar 600 euros por su liberación.

Ahora me centro en la figura del perro secuestrado que me parece, por muchas razones, la más emblemática: de este delito no se sabe ni el nombre del amo, ni la raza del perro, ni el sitio preciso donde fue cometido el secuestro, ni se sabe tampoco el nombre del secuestrador, ni hay de él una descripción, ni se sabe cómo iba vestido y sin embargo los vecinos dicen que era “un peruano”. Del secuestro exprés los vecinos responsabilizaron, con la misma espontaneidad del caso anterior, a una “banda de rumanos”, de la que no se sabe tampoco ni nombres ni qué aspecto tenían ni, desde luego, si efectivamente eran rumanos, un dato igual de arbitrario que el del secuestrador de perros peruano, porque cualquiera que haya visto un poco de mundo, o de programas documentales en la televisión, sabe que un peruano, con el aspecto que podría asustar a los vecinos de este barrio, puede fácilmente confundirse con un boliviano, o con un ecuatoriano, o con un mexicano, o con un filipino o, si me apuran, con un barcelonés de unas calles más abajo.

Cuando estos delincuentes imaginarios estaban en su apogeo y el barrio entero distraído con sus fechorías contadas, un poco más abajo, en el mismo barrio, un secuestrador real se metió a un supermercado por la puerta trasera y, luego de proferir las amenazas de costumbre, retuvo durante dos horas a nueve rehenes, y mientras intentaba que le abrieran la caja de seguridad y le despacharan un jamón porque empezaba a tener hambre, se bebió una botella de cava e invitó a los secuestrados a que cada uno se quedara con una de las canastas de Navidad que se vendían en la tienda. Por estos y otros detalles el secuestro fracasó y el hampón fue atrapado por la policía, se trataba de una persona con nombre, apellido y alias, Juan Diego Redondo, Dieguito, también tenía un abultado historial y había escapado de la prisión Modelo y, sobre todo, no era ni peruano, ni rumano, ni inmigrante, había nacido en Pampaneira, Granada. Una semana más tarde en Castelldefels, a unos cuantos kilómetros de esta ciudad, tuvo lugar el espantoso crimen de una familia de joyeros que perpetraron dos individuos nativos de La Mina, un barrio de Barcelona.

En ciudades muy violentas como la de México, las noticias del secuestro de Dieguito y el asesinato de Castelldefels no hubieran tenido tanta relevancia, porque en sus barrios pasan cosas de éstas, y bastante peores, todos los días; en aquella ciudad violenta no hay margen para los delitos imaginarios porque los delitos reales ocurren todo el tiempo. Que en Barcelona, y en otras muchas ciudades europeas, haya margen para los delitos imaginarios es, por una parte, una buena noticia, quiere decir que el crimen real ni está fuera de control ni es una costumbre; pero, por otra parte, es un pésimo síntoma cuando, como en este caso, se asocia automáticamente al delito con el inmigrante, con ese pobre peruano hipotético que, abusando del verso de Ginsberg, se convierte en culpable sólo por su aspecto. En estos años que vienen en los que España tendrá que convivir, de forma cada vez más intensa, con los inmigrantes, los delitos imaginarios deberían atenderse con la misma energía que se atienden los delitos reales, porque la criminalización del inmigrante es un impedimento para su integración a la sociedad y, como hemos visto últimamente en Francia, una multitud que se siente segregada termina, al cabo de los años, tomando la calle y prendiendo fuego a los coches.