Los desafíos del ‘Brexit’ y de Trump

El hecho de que algunos separatistas catalanes, entre ellos Artur Mas, hayan elogiado la victoria de Donald Trump en las elecciones norteamericanas, como si fuera el camino a seguir en la lucha contra el establishment político, revela los abismos increíbles a los que ha caído el discurso político en los últimos meses. Con demasiada frecuencia, los comentaristas se han referido a la inesperada victoria de Donald Trump como si fuera consecuencia de un recrudecimiento del populismo en las democracias occidentales. Se ha sugerido que la gente común se ha rebelado contra las políticas apoyadas por los políticos tradicionales, y ha preferido poner su fe en una alternativa radical.

Sin embargo, la situación tiene muy poco que ver con el populismo. Más bien, sugiero que la no inteligencia, fomentada por ciertas tendencias, se ha hecho con el control del proceso político. Esta semana, en los principales periódicos conservadores del Reino Unido, los columnistas han ventilado su cólera contra los críticos de Trump y los han identificado con los enemigos del Brexit. Para estos periódicos, Trump es el gran héroe del Brexit. Sabemos que Trump mismo se ha referido a su victoria como un triple Brexit. Pero hay algo fundamentalmente malsano en un proceso político donde el símbolo del éxito, en las dos principales naciones occidentales, es una persona pública que se distingue por su hostilidad a la inteligencia.

los-desafios-del-brexit-y-de-trumpNo culpemos exclusivamente a Trump. En particular, debemos hacer hincapié en el fracaso total del establishment político. ¿Quién pensaba que después de ocho años de un Gobierno de Obama, que debía traer la paz y la justicia social, los votantes de los EEUU no tendrían ningún motivo de gratitud hacia el mismo? ¿Quién pensaba que el Partido Demócrata lograría perder no sólo la Presidencia sino también las dos cámaras del Congreso? El análisis de la votación en las elecciones muestra claramente que no podemos hablar de populismo, sino más bien de una notable incapacidad del Gobierno de Obama para hacer algo sustancial para los votantes trabajadores y de bajos ingresos, tanto blancos como negros, que eran los partidarios tradicionales de los demócratas. Obama parece no haber estimulado ningún optimismo entre su público más fiel. A pesar de todos los titulares desfavorables que rodean a Trump y su actitud hacia las mujeres, éstas no quisieron apoyar a Hillary Clinton, quien firmó un resultado peor de lo esperado entre las mujeres, los hispanos y los afroamericanos. El apoyo a los republicanos entre los hispanos fue mayor que en las últimas elecciones presidenciales. Lo peor de todo es que tampoco hubo entusiasmo significativo para Clinton entre las personas mayores y los jóvenes: en ambas categorías, votaron por ella menos personas de las que lo habían hecho por Obama.

Del mismo modo, en Inglaterra la élite laborista que debería haber organizado a sus votantes para defender sus principios se mostró completamente incapaz de oponerse a la propaganda a favor del Brexit. Los votantes con ingresos bajos se consideraron abandonados por quienes esperaban haber sido defendidos. En amplias zonas del este de Inglaterra y del sur de Gales, la gente empleó el referéndum no con el fin de hacer una elección sobre Europa, sino para expresar su descontento con el declive de su condición social.

Eso nos lleva al hecho central: en los Brexits, tanto en Estados Unidos como en el Reino Unido, las formaciones políticas que han triunfado han optado por buscar el apoyo de los votantes a través del engaño. En ciertas tendencias populistas de Europa, ciertamente ha habido un rechazo deliberado de la inteligencia, incluso hasta el punto de rechazar cualquier formulación de ideas políticas serias. En los Brexits, sin embargo, ha habido un rechazo mucho más amplio de la inteligencia, adoptando posturas que apelan abiertamente al prejuicio popular. En Inglaterra, los partidarios del Brexit no sólo difundieron falsedades, particularmente sobre inmigración, sino que también hicieron promesas que no tenían intención de mantener, como financiar la Seguridad Social.

En Estados Unidos, la campaña de Trump siguió el mismo camino. Tanto sus discursos como sus declaraciones públicas se sustanciaron en frases quebradas, de tal manera que el contraste con la presentación altamente intelectual de los discursos de Hillary Clinton fue llamativo. Casi todos los aspectos de la promesa de Donald Trump de “hacer grande a América” se enraízan en la no inteligencia. Sus promesas de “construir el muro” (con México) y detener la inmigración (de musulmanes) ya ni se mencionan, porque ya ha conseguido atraer al votante que quería un cambio. El rasgo central de la política no inteligente fue, por supuesto, la proyección dada al “payaso”, ya sea en forma de Trump o, en Inglaterra, de Boris Johnson. El cabello desordenado de Johnson y el exuberante de Trump tenían papeles comparables. Trump nunca pronunciaba una sola frase inteligible: sus mensajes siempre estaban formulados en declaraciones incompletas. No es extraño, por tanto, que haga un uso intensivo de Twitter -esa famosa herramienta literaria de alfabetismo limitado- para expresar sus pensamientos. Queda por ver si el personal de seguridad de la Casa Blanca le permite seguir usando Twitter.

Muchas personas, por supuesto, se han sentido encantadas con los dos Brexits, que representan en cierta medida una revolución contra los ricos y poderosos. Los Clinton gastaron mucho más dinero en su campaña electoral que Trump y fueron apoyados poderosamente no sólo por los jefes del Partido Demócrata, sino también por muchos líderes republicanos, entre ellos, plutócratas de Wall Street y altos ejecutivos de las grandes corporaciones de Estados Unidos. Trump tuvo que luchar contra todo el mundo, incluyendo a todos los intelectuales universitarios y las grandes estrellas del cine y de la música. En contra de todas las predicciones, ganó. De la misma manera, el amigo de Trump, Nigel Farage, dirigió en Inglaterra un movimiento que hace pocos años casi no tenía apoyo público. Ahora ese movimiento ha despertado la sensibilidad de los trabajadores y los ha exhortado a expresar sus preferencias, aunque no tengan ni idea de hacia dónde se dirigen.

La verdad es que las dos naciones más poderosas del mundo atlántico están ahora en un serio aprieto. El Reino Unido se encuentra al borde del precipicio, con un Gobierno decidido a saltar el acantilado, incluso ignorando las consecuencias de esta acción. La economía británica puede colapsar y su estructura política puede terminar siendo difusa. Pero su Gobierno, firme en la creencia extraña de que está llevando a cabo una decisión democrática, es poco probable que preste atención al sentido común. Estados Unidos atraviesa también una fase de no inteligencia. Estos días, muchos columnistas estadounidenses han escrito artículos en los que avisan que Trump está a punto de destruir el país. Con pleno control de ambas cámaras, Trump se encuentra a un paso de obtener el control mayoritario del Tribunal Supremo. Con todo ese poder en sus manos, en los próximos meses podrá poner en marcha medidas que cambiarán el rostro de América. Nigel Farage dijo al público inglés esta semana: “Ahora tenemos un presidente al que le gusta nuestro país y entiende nuestros valores después del Brexit. Prepárense para futuras sorpresas políticas”. ¿Sucederá? Mi opinión personal es que no, pero hay muchos que están mejor informados que yo y que piensan que sí. De una manera u otra, los dos Brexits han creado una situación que, sin duda, cambiará la historia del mundo.

Henry Kamen es historiador británico.

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