Los desafíos democráticos de los partidos

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La democracia interna tiene entre sus efectos el de alargar los periodos electorales. Así, la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos de América se culminó hace apenas dos meses, pero comenzó con la campaña de las primarias republicanas, en el ya lejano 2015. Del mismo modo, el proceso electoral más decisivo y angustioso del año que acaba de comenzar -la elección de un nuevo presidente de la República Francesa- ha consumido ya sus primeras etapas con la relativamente inesperada victoria de François Fillon en las primarias gaullistas.

En este sentido, la política democrática parece seguir la moda audiovisual: su gran momento, las elecciones, se parecía antaño al estreno en cines de una superproducción: tras la campaña llegaba el gran día y eso era todo. Ahora recuerda a una larga serie de televisión. O a varias al mismo tiempo: unas cómicas, otras trágicas.

Estaremos muy pendientes de la serie francesa, así como de la alemana y la holandesa. En cambio, podría parecer que la temporada española se presenta, tras un 2016 lleno de incertidumbre, más bien aburrida, sin grandes citas electorales. ¿Pero de verdad lo será? Después de dos elecciones generales en pocos meses, PP, PSOE, Ciudadanos y Podemos aprovecharán para renovarse y reconstruirse, o al menos lo intentarán. Tradicionalmente, los congresos de los partidos no eran espectáculos demasiado atractivos para el gran público, salvo excepciones como el que llevó a José Luis Rodríguez Zapatero a la secretaría general del PSOE. En los últimos años, las demandas de democracia interna han cambiado las reglas del juego y han añadido emoción a los procesos. Así que no, los que buscan entretenimiento en la política no se sentirán decepcionados.

Los partidos tienen muy presente esta dimensión de la política como espectáculo. No es nueva y se ha acentuado: no hay más que ver los formatos actuales de tertulias y programas televisivos. Los congresos se diseñan pensando en las audiencias. Las partes más áridas y conflictivas se celebran a puerta cerrada, las más atractivas en abierto y en los horarios más convenientes para las televisiones. Y, sin embargo, los congresos son mucho más que shows. En ellos las formaciones se abren, se exponen y dan voz y voto a los afiliados. El congreso es, o debería ser, la garantía de que el partido no es un monolito ideológico, ni el chiringuito de unos pocos, ni una cámara de eco. Durante un fin de semana, el partido late, se agita, está más vivo que en cualquier otro momento.

A los ciudadanos les gustan los partidos participativos, en los que se ven diferentes caras y se escuchan diferentes voces. Rechazan lo que perciben como caudillismo o liderazgo autoritario. Las encuestas aseguran que quieren ver primarias y elecciones internas. Pero ojo, también quieren formaciones en las que mande alguien y saber de quién se trata. Quieren ver un líder y escuchar una voz cantante, y no una jaula de grillos. Castigan a los partidos divididos, a los demasiado ambiguos y a aquellos que se alejan de la realidad para vivir en su propio mundo. En definitiva, rechazan a los que no ven como útiles.

Bismark dejó dicho que había que ocultar a la gente la elaboración de dos cosas: salchichas y leyes. Lo dijo porque no conocía los procesos internos de los partidos. En todo caso, en estos tiempos no es posible sustraer de la vista del público casi nada de lo que se cuece en la política. Y así hemos podido asistir recientemente a los intentos de las direcciones o aparatos de distintos partidos por controlar los tiempos y las formas de modo que les favorezcan. Fue especialmente dramático el comité federal del PSOE que concluyó con la dimisión de Pedro Sánchez. Por no hablar del intento de Pablo Iglesias de amoldar a sus intereses el cónclave de Podemos que tendrá lugar en la plaza de toros de Vistalegre. Cuando se trata de procesos democráticos internos parece que se dan por buenos atropellos que no se tolerarían en unas elecciones regulares. Salvo en Cataluña, tal vez.

¿Cómo conseguir que un partido salga vivo de su congreso? ¿Cómo lograr que la militancia se exprese sin poner en riesgo la unidad? ¿Cómo lograr unos órganos plurales pero a la vez ágiles y eficaces? Se trata de aplicar a la democracia interna lo que ya aplicamos a la democracia representativa. Por una parte, hacen falta normas (estatutos y reglamentos) claros y completos, que permitan el mínimo de discrecionalidad imprescindible a la dirección. Nadie entra en política para enredarse en debates estatutarios, pero el partido que logre resolverlos con éxito tendrá mucho ganado para el futuro.

En segundo lugar, la transparencia es imprescindible. Cualquier decisión relativa a los procesos internos debe explicarse adecuadamente. Iniciativas como el voto telemático deben ir acompañadas de mecanismos de fiscalización. Nadie, salvo algún indocumentado, pone en duda los resultados de las elecciones en los países de la Unión Europea. No se trata de fe, sino de un diseño que otorga a los interesados acceso completo al proceso, desde el comienzo hasta el final.

Por último, se necesita virtud cívica. Y no sólo de las direcciones y de los aspirantes y meritorios, que por supuesto; sino también de la militancia e incluso de la ciudadanía. En primer lugar, cualquier miembro de un partido político debería defender sus posiciones sin olvidar que comparte un proyecto con discrepantes. En democracia, militar es, ante todo, renunciar. Puede sonar paradójico, pero piense el lector en una organización en la que cada uno de sus miembros considerara cualquier matiz como un principio irrenunciable. Las diferencias les impedirían unirse en defensa de lo común y la organización terminaría por naufragar.

Con todo, incluso si los afiliados lograran alcanzar el consenso necesario en las ideas y políticas que consideran nucleares, puede ocurrir -y de hecho ocurre- que tal consenso se aleje de las preferencias de sus votantes. No nos engañemos, el militante no es el ciudadano medio: siente el compromiso con mayor intensidad, está más informado y, a menudo, más ideologizado. Y esto, que en principio puede ser positivo, se vuelve negativo cuando conduce al partido a posiciones alejadas de las de los votantes. Es en ese momento cuando la organización se encierra en su mundo y se convierte en una confortable cámara de eco. Confortable hasta que llegan las elecciones.

Por este motivo sería muy deseable que las organizaciones se esforzaran por llegar a los ciudadanos (las primarias francesas abiertas a los no afiliados son un buen ejemplo). Y sería todavía más deseable que los ciudadanos hicieran un esfuerzo de participación, en especial los moderados. ¿Quieren partidos cercanos a los problemas de las personas? Pues den el paso y afíliense al que mejor les parezca. Descubrirán que la política no siempre es emocionante como una serie ni espectacular como una superproducción, pero contribuirán a hacerla más útil.

Beatriz Becerra es eurodiputada y vicepresidenta de la subcomisión de derechos humanos en el Parlamento Europeo.

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