Los desestabilizadores Estados Unidos

¿Hay algo más que decir sobre Egipto? Hosni Mubarak ha sido sacrificado para salvar el régimen militar. Un “hombre fuerte” que no puede mantener el orden en las calles no es útil para nadie. Mucho más dudoso es que a continuación vaya a venir la “democracia.” A juzgar por lo sucedido en el Pakistán y en gran parte del resto del mundo musulmán, períodos de gobierno civil (corrupto) alternarán con golpes militares para “hacer limpieza”.

Dudo que la mayoría de los egipcios coloquen lo que nosotros llamamos democracia en el primer puesto de su programa político. Los periodistas que afirman lo contrario no son una muestra representativa, ni siquiera en los países occidentales. Son del género inquieto y revolotean por los puntos problemáticos del mundo, con la pluma y la cámara listas. Llevan la libertad de expresión en las entrañas; las protestas en masa les dan vida. Intentan transmitir el mundo tal como es, pero el suyo no es el mundo de la mayoría de la gente: su trabajo depende de la perturbación del estado de cosas “habitual”, por lo que subestiman sistemáticamente el deseo de ley y orden (o al menos orden) de la gente.

Parece que la mayoría de la gente tolera un grado limitado de represión política, incluidas la policía secreta, la tortura y la corrupción, si brinda seguridad y un mínimo de prosperidad y equidad. De lo contrario, no hay explicación para la longevidad de dictaduras como la que ha sido el gobierno de Mubarak durante treinta años. Asimismo, en el referéndum que en 1990 puso fin a los dieciséis años de su gobierno en Chile, el general Augusto Pinochet, con miles de víctimas de torturas y desapariciones en su espeluznante armario, se presentó con un programa de ley y orden y recibió el 44 por ciento de los votos.

Para la mayoría de los dirigentes occidentales, la idea de “transición a la democracia” es natural. Es lo que quieren que ocurra en Egipto, con la esperanza de que la democracia no ponga en peligro el tratado de paz de ese país con Israel, pero la combinación de libertad y orden de las democracias occidentales –el don más precioso que ha hecho Occidente al mundo– es el producto de una larga historia que no se puede reproducir a corto plazo.

Lo típico de los sistemas políticos no occidentales es su arcaísmo: los buenos gobernantes pueden dormir a pierna suelta por la noche, mientras que los malos gobernantes afrontan continuamente el peligro de verse derrocados por el ejército o la agitación en las calles. La mayoría de los pueblos no occidentales confían en las virtudes personales del gobernante, no en los límites institucionales de su poder, para que hagan tolerable su vida. Nosotros interpretamos como una lucha por la democracia lo que es, en realidad, la forma tradicional de liberarse de los malos gobernantes.

Sin embargo, todo lo anterior excluye la posibilidad del cambio, en particular el cambio influido por el papel desestabilizador de los Estados Unidos en el mundo. La idea de que los EE.UU. son una potencia pro status quo es una falsa ilusión de los expertos en relaciones internacionales. A corto plazo, los EE.UU. actúan, naturalmente, como una potencia como las demás. Tienen intereses que proteger, lo que con frecuencia los obliga a apoyar regímenes indeseables, pero su proyecto a largo plazo es el de rehacer el mundo a su imagen y semejanza.

En los casos en que los Estados Unidos tienen margen de maniobra, siempre presionan para que se avance en esa dirección y, pese al ascenso de China y el paso a un sistema internacional más “plural”, los EE.UU. siguen teniendo la capacidad para cambiar la “situación in situ” de grandes zonas del mundo, en particular en Oriente Medio.

Los expertos siempre han subestimado el carácter expansionista de la política exterior americana, porque conciben la expansión desde el punto de vista del mundo antiguo: conquista, imperialismo y colonialismo. Los EE.UU. no pretenden crear un imperio en el sentido antiguo, sino que aplican un imperialismo de los valores que les son caros.

Si todos los países tienen los mismos valores, el imperialismo tradicional resulta anticuado. Aunque los EE.UU. carecen claramente del poder para imponer sus valores por la fuerza, no cabe duda de que tienen la capacidad para desestabilizar la situación existente, mediante la atracción que ejerce su “poder blando” (la forma de vida americana) y recurriendo a la fuerza ejemplarizante.

Yo fui uno de los que se opusieron a la invasión del Iraq, encabezada por los EE.UU., en 2003. Ahora no estoy seguro de haber tenido razón. Ciertos aspectos de la invasión y la ocupación dejaron claramente mucho que desear, pues propiciaron una pérdida de vidas mucho mayor de lo necesario, pero, con la perspectiva del tiempo transcurrido, ¿acaso puede dudar alguien que la invasión tuvo el efecto de mover las piezas, no sólo en el Iraq, sino también en todo el tablero islámico?

Ésa es la razón por la que no estoy nada seguro de que los levantamientos en las calles de Egipto, después de los de Túnez, que ahora se están propagando a otros países de mayoría musulmana, puedan interpretarse simplemente como formas tradicionales de protesta contra unos malos gobernantes. En todo el mundo islámico, hay una sensación de mayores posibilidades, en particular entre los jóvenes: más de la mitad de los ocho millones de habitantes de Egipto tienen menos de 25 años de edad. No cabe duda de que se puede hacer remontar ese sentimiento a la invasión y el derrocamiento forzoso de Sadam Husein por los EE.UU.

En su gran drama en verso Fausto, Goethe hace que Dios envíe a la Humanidad el Demonio (Mefistófeles) para que agite la situación. Su intención está clarísima: “La naturaleza activa del hombre, al flaquear, busca la nivelación demasiado pronto; aprende a ansiar el descanso completo; por eso, le di de buena gana ese compañero que actúa, excita y debe crear: el Diablo”.

Mefistófeles es más que nada un agitador. Lo mismo son los Estados Unidos, que no cesan de agitar las sociedades somnolientas para sacarlas de su letargo: papel que estrenó cuando el comodoro Matthew Perry “abrió” totalmente el Japón en 1854. Si queremos mantenernos fieles a concepción alguna del progreso, se trata de un papel indispensable y sólo los Estados Unidos pueden desempeñarlo en la actualidad. China procura relacionarse con sus iguales. Los Estados Unidos lo hacen deliberadamente con los diferentes e intentan infundirles algo de su vigor.

Cierto es que la intervención de los Estados Unidos en Oriente Medio fortaleció también el islam extremista, alimentado por el resentimiento que inspira en esa región la presencia de los EE.UU., pero, visto con la perspectiva del tiempo, no cabe duda de que el futuro no es de organizaciones como la de los Hermanos Musulmanes. El acicate religioso es menos atractivo que el Tío Sam. Tarde o temprano, los Hermanos Musulmanes padecerán el destino de todos los malos.

Por Robert Skidelsky, miembro de la Cámara de los Lores británica y profesor emérito de Economía Política en la Universidad de Warwick. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *