Los días que ETA perdió la calle

El próximo jueves se cumplen 20 años del día en el que el joven concejal de Ermua, Miguel Ángel Blanco, fue secuestrado y asesinado por la banda terrorista ETA. Un asesinato a cámara lenta, que recordó mucho al efectuado al ingeniero, José María Ryan. Pero en esta ocasión el calvario y la agonía del concejal desencadenaron grandes muestras de solidaridad con él y su familia. Una catarsis nacional sin precedente, y la mayor reacción ciudadana que jamás se ha conocido. Las manifestaciones y las vigilias se multiplicaban en todas las ciudades españolas, como consecuencia de la conmoción levantada por el ultimátum dado al gobierno de José María Aznar y todo lo que el mismo implicaba, y por las terribles imágenes de dolor y sufrimiento que pudieron contemplar los españoles, solo unos días antes, con la liberación del funcionario de prisiones, José Antonio Ortega Lara.

Por primera vez en la historia, los simpatizantes de ETA en los ayuntamientos tenían que salir protegidos, las sedes de Herri Batasuna eran atacadas al grito de ¡asesinos!, los ertzainas se despojaban de sus pasamontañas, etc. Pero todo fue inútil, cincuenta minutos después de concluir el plazo del ultimátum, ETA cumplía con su palabra, Miguel Ángel Blanco era asesinado por defender sus ideas sin emplear la violencia. Pero la ciudadanía lejos de amedrentarse volvió a salir a la calle, con más fuerza todavía, para dejar patente su repulsa ante el cruel crimen.

ETA sin quererlo consiguió que se produjera la difícil unión de todos los demócratas, especialmente en el País Vasco. Este hecho supuso un punto de inflexión que vendría a erosionar el apoyo y el respaldo, que hasta entonces, había tenido los terroristas en ciertos sectores de la población vasca. Aquel día ETA perdió la calle porque la indignación superó al miedo. Aunque para los terroristas la lectura fue bien distinta, el asesinato de Miguel Ángel Blanco fue un rotundo éxito, y gracias a él, obligaron a todos los partidos nacionalistas vascos a reactivar su pensamiento abertzale y revindicar la soberanía de Euskadi con la firma del Pacto de Estella o Lizarra.

Pero a largo plazo, no cabe duda, que el asesinato de este joven concejal contribuyó al declive y al principio del fin de ETA. No obstante, es cierto, que desde entonces la banda terrorista asesinó a 67 personas más, hasta que 15 años después cesó definitivamente su actividad. Pero Ermua marcó un antes y un después. Surgieron plataformas ciudadanas –Foro de Ermua y Basta Ya-; se formó el frente constitucionalista y se firmó el Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo; se aprobaron la Ley de Solidaridad con las Víctimas del Terrorismo, o la Ley de Partidos Políticos, por la que se ilegalizó a Batasuna, Acción Nacionalista Vasca y Partido Comunista de las Tierras Vascas por su presunta vinculación con banda armada; se cerraron los periódicos Egin y Egunkaria; se inició una política de dispersión de los presos; se endurecieron las penas; y se potenció la colaboración con Francia.

De esta manera, el 5 de septiembre de 2010, ETA anunció un alto al fuego a través de un comunicado facilitado a la cadena británica de la BBC. Poco después, el 10 de enero de 2011, declaró que éste sería permanente, general y verificable por observadores internacionales, y en octubre de ese mismo año, comunicó el cese definitivo de su actividad armada. Aunque no fue hasta el 17 de marzo de 2017 cuando hizo público su desarme definitivo de manera unilateral y sin condiciones, si bien ante este hecho habría mucho que comentar, cuando lo entregado por la banda terrorista no es más que una pequeña muestra de su arsenal armamentístico.

Tras 20 años del asesinato de Miguel Ángel Blanco y 6 del fin de la violencia de ETA, ¿qué es lo que se puede decir? Pues que la desunión parece ser, de nuevo, la tónica dominante entre las distintas fuerzas políticas y la sociedad. Temas como el acercamiento de los presos de ETA a las cárceles del País Vasco, la amnistía para los presos, los recibimientos y homenajes a los etarras excarcelados, la reclamación soberanista del País Vasco, las acciones del mundo abertzale, etc, siguen levantando controversia y opiniones enfrentadas entre unos y otros. Es como si se nos hubiera olvidado el camino espinoso, doloroso y traumático que se ha tenido que recorrer hasta poder llegar hasta aquí.

La semana pasada, nuevamente, la polémica está servida ante la negativa, que han manifestado algunos grupos municipales del PSOE y Podemos, de apoyar las iniciativas planteadas en muchos municipios para dedicar una espacio público a Miguel Ángel Blanco ante el aniversario de su muerte. Es cierto, que pueden tener razón los que argumentan que este tipo de consideraciones se tienen que hacer extensivas a todas las víctimas del terrorismo porque unos no son más importante que otros. Pero tampoco podemos olvidar lo que supuso este asesinato y la crueldad del mismo por tener su tiempo contado. Por ese motivo, unos y otros no deben hacer un uso partidista de esta figura, más cuando el enfrentamiento no conduce a absolutamente a nada, y siempre ha resultado pésimo en la lucha contra el terrorismo.

No se debe caer en errores del pasado y seguir manteniendo un frente común y firme ante el terrorismo y todo lo que ello le rodea. No obviemos que ETA, pese al cese definitivo de la violencia, continúa teniendo operativos en Francia, a dos de sus actuales jefes, Mike Barrios y Daniel Urdin. Y no nos engañemos, ni ahora ni antes la banda terrorista está sola, y frente a ella solo cabe la respuesta unánime de los demócratas. Por tanto, no hay que desviarse del camino marcado y proseguir trabajando en ello en base a la búsqueda del consenso. Ya que si por algo se han caracterizado estos años, es precisamente por el deseo de todos de poner fin, definitivamente, a ETA.

Gema Sánchez Medero es profesora de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Complutense de Madrid.

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