Los diez de Vic

La plaza de Vic es tan hermosa que parece italiana. Lo dijo Josep Pla, me aseguran, lo cual no resta al hallazgo nada de la admiración que trato de expresar. Las plazas mayores españolas, casi sin excepción, eran hermosísimas; cada una a su aire, diferentes. No hace mucho pasé por Tordesillas. Recordaba una plaza bonita, pero algún alcalde se propuso sacarle partido y a fe que lo consiguió.

Dentro del destrozo general de pueblos, villas y ciudades, lo de las plazas mayores es un agravio en ocasiones insultante. Habría que hacer un catálogo de esa masacre arquitectónica; de cómo eran y cómo están. Hacía muchos años que no había vuelto a Vic. A mí la Catalunya interior siempre me ha interesado más que la costera, si hago excepción de Cadaqués, el lugar más cómodo que he conocido para trabajar, en otoño o invierno, con tramontana o sin ella. Consciente de que el clima social se está haciendo espeso para la respiración mental se me ocurrió volver a Vic. Allí había dado una charla en el Casino, no recuerdo ni el asunto, aunque de seguro algo relacionado con la transición. Hace más de diez años, quizá veinte, pero aún recordaba la cena que siguió a la charla.

Guardaba un recuerdo tan vivo de aquel encuentro que llamé al único que recordaba de entonces, quizá también porque su historia personal, la de haber sido un luchador por la libertad en época de cobardías, le había costado, entre otras cosas, un boicot a su establecimiento de buena parte de la población “biempensante”. ¿Cuántos de aquellos exhiben hoy la estelada en sus balcones y cuentan a sus hijos lo mucho que sufrieron en los tiempos del cólera?

Si le hizo gracia o se sorprendió no he llegado a saberlo, pero lo cierto es que se lo tomó muy en serio cuando le planteé que me gustaría volver a tener una cena como aquella, para hablar de este país y de política, y hacerlo con gente normal, culta, atenta –la gente normal suele ser más despierta y curiosa que esas mesnadas de mediocres con pretensiones, a quienes gusta ir en manada para darse seguridad–. Hay gente normal, que trabaja todos los días, que sabe lo que es el paro en primera persona, que acumula mucha historia de la que no se escribe; eso que se llama familia, hijos, separaciones, fracasos. Gente normal de esa que no necesita inyectarse autoestima patriótica; por las mañanas en la radio y por las noches en la tele.

Me encontré algunas cosas sorprendentes en Vic. La primera fue el que un caballero –no hay otro nombre que darle– hiciera que su mujer se ocupara de la tienda para poder acompañar a aquel tipo, que era yo, y que no conseguía dar con la calle del hotel. Esto es tan insólito en cualquier lugar de España que deberían conceder premios de ciudadanía. La amabilidad hacia el que llega a una ciudad que desconoce resulta tan rara, que quizá por eso han tenido que poner los ayuntamientos oficinas de información. Me dejó tan perplejo que me prometí a mí mismo que si un día vuelvo a Vic entraré a comprarle algo, sin más, por modesto agradecimiento. Esos sitios no se olvidan. (Creerán que me lo invento, pero el azar hizo que la primera persona con la que me crucé para preguntarle por mi hotel era nada menos que el alcalde, un Vila d’Abadal de toda la vida, quien se limitó a un gesto displicente y siguió su camino en la convicción de que se trataba de un vecino que quería importunarle. Lo juro en mi condición de ateo. Nunca entendí por qué los no creyentes prometen y no juran. Estarían en su derecho).

Enterarme de que el hotel que había escogido era un seminario, por más que fuera el viejo seminario de Vic. ¡Casi nada, uno de los símbolos del nacional-catolicismo de la ciudad que fue levítica, y yo de huésped! No me había dado cuenta a la hora de reservar, pero confieso que me intimidó. Nunca he dormido en recintos eclesiásticos, ni antiguos ni modernos. Salvo una excepción cuando estudiaba un curso rarísimo de mi época, preuniversitario. El colegio organizó unos Ejercicios Espirituales –yo creo que deberían ir en mayúscula, porque un lector de ahora no tiene ni idea de lo que eran y corremos el riesgo de que se imagine algo así como “un máster” de yoga y espiritualidad oriental, que va con minúscula–. Se celebraron en un lugar maravilloso del que guardo un recuerdo imborrable: la mañana apareciendo entre la niebla de las montañas, con un sol tímido pero potente en el momento que yo entreabría las contraventanas de mi celda monástica.

Estaba en la falda de los Picos de Europa. Se me ha quedado grabado a buril en mi memoria. Tampoco se me olvida que me echaron al segundo día porque se me ocurrió, ya que estábamos con la Biblia, yo proponía leer también la de Cipriano de Valera, un sevillano que se libró de convertirse en auto de fe porque salió huyendo y acabó en Londres. El estalinismo no inventó nada salvo el gulag –el campo de trabajo–, el resto lo aprendió de la Iglesia y la Inquisición: la tortura, las confesiones humillantes y públicas, la culpabilidad de la familia en la condena del padre. Todo empezó antes. Pues bien, me echaron. Lo que tiene su gracia es que el reverendo que me expulsó años después dejó los hábitos y se convirtió en dirigente de la UGT y del PSOE, contacto obligado en las relaciones con los sindicatos socialdemócratas alemanes. La vida es un milagro laico permanente. Cuando me enteré de que Salvador Espriu tenía en alta estima la versión bíblica de Cipriano de Valera y muy especialmente de su versión del Libro de Job, me sentí orgulloso de la hazaña por más que aquel abril me quitaran de la contraventana y de ese sol y de las nieblas que se iban. Me quedó el recuerdo.

El viejo seminario de Vic es un hotel precioso, a mitad residencia estudiantil, universidad y convento. Un poco dejado de la mano de Dios, lo que llama la atención tratándose de residencia tan eclesial, porque las habitaciones carecen de vasos pero no de agua. A morro. Como desconozco los nuevos hábitos neocatólicos sospecho que es un signo de sencillez.

¿Pero cómo fue la conversación con los diez de Vic? Deslumbrante en su naturalidad, porque si algo distingue la política catalana, de unos años a esta parte, es que su clase política no es seria, pero la gente sí. Esa sensación de que no estamos ni con estos ni con aquellos, sencillamente sobrevivimos tratando de imaginar lo que sería este país sin falsas leyendas, sin invenciones históricas, sin que los partidos acabaran siendo sucedáneos del mundo deportivo. Los partidos en Catalunya se refieren al fútbol, no a la política. Esto lo digo yo, no los de Vic, que son personas más ecuánimes y discretas. Cuando todo aquello por lo que has peleado se desmorona, qué te queda. La familia. ¿Y si estás divorciado? Los amigos. ¿Y si se han hecho independentistas hasta los Gómez, los González y los Fernández, y no por ser criollos sino por puro pasar discreto y no tener problemas? ¡Pobres, jamás serán Vila d’Abadal, ni Millet, ni Pujol! Todo lo más algo parecido a nuestro “tío Tom” autóctono, José Montilla, haciendo esfuerzos por comportarse como ellos y recibir una palmetada de agradecimiento.

¡Ojo, posiblemente tenga muy poco que ver lo que yo pueda pensar sobre la situación en Catalunya de lo que pensaban los diez de Vic, pero era posible hablar sin necesidad de discutir! La discusión es tertuliana; un ejercicio en ocasiones malsano y masturbatorio. La gente habla, y se expresa, y cada uno recoge aquello que más le llama la atención: la sensación de fracaso, la inquietud por un futuro dirigido por frívolos, la irresponsabilidad como característica de una inteligencia vicaria de la subvención, unos medios de comunicación cuyo calificativo me reservo por autocensura.

Me impresionó no obstante una reflexión sobre los símbolos de banderas y consignas, breve y rotunda, que hizo uno de los presentes, cuando sin ninguna retórica se limitó a decir: “Si yo tuviera que levantar una bandera, sería negra y tendría en el centro un gran signo de interrogación en rojo”.

Gregorio Morán

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