Los diez errores fatales del independentismo

1.- El autoengaño respecto a Europa

El independentismo catalán sobrevaloró desde el primer día del proceso el atractivo del romanticismo de su causa entre unas elites europeas poco deseosas de sumar a la amenaza de los populismos de izquierdas y derechas la de los viejos nacionalismos disgregadores. Más allá de algunas pequeñas victorias propagandísticas (las imágenes de los desalojos policiales del pasado domingo) y del previsible apoyo de los partidos nacionalistas europeos, la reacción de Europa a la crisis catalana ha sido de estricto apoyo a la ley, la democracia y los procedimientos constitucionales. Es decir al Gobierno central. El wishful thinking, en definitiva, ha reinado a sus anchas en Cataluña alimentado por tertulianos y presentadores de TV3, periodistas de Catalunya Ràdio, medios de prensa escrita como La Vanguardia, Ara o El Punt Avui y microfamosos de alcance local. La respuesta estándar al golpe por parte del PDeCAT ha sido el de la zorra frente a las uvas: “Europa no está madura”. En el caso de la CUP, sus deseos de que Cataluña sea expulsada de la UE tienen una explicación fácil. Privar del paraguas de los derechos y los tribunales europeos a los ciudadanos catalanes para la mejor consecución de sus fines: la revolución social y la implantación de un régimen formalmente asambleario y popular pero de corte totalitario.

2.- El pleno en el Parlamento catalán de los días 6 y 7 de septiembre

Tan zafia y chapucera fue la actuación de la presidenta Carme Forcadell y de los miembros de la Mesa del Parlamento catalán durante esos dos días de septiembre que hasta el propio independentismo calificó de error táctico la aprobación de las leyes de ruptura por un procedimiento de urgencia excepcional que en la práctica laminaba el derecho de la oposición a, precisamente, oponerse. Las prisas de ERC, PDeCAT y CUP por aprobar las leyes fundacionales de la futura república catalana pero, sobre todo, las maneras grotescas de Forcadell, esa “pobre chalada peligrosa con la capacidad intelectual de unas chancletas” en palabras de un buen conocedor de la sala de máquinas del independentismo, acabaron con cualquier esperanza de respetabilidad. El independentismo daba la batalla de la legalidad por perdida pero había puesto todas sus esperanzas en la de la legitimidad. La perdió a lo largo de esos dos días.

3.- La conversión de los mossos en un cuerpo de policía de partido

El marco del discurso independentista habla de un movimiento pacífico, inclusivo y transversal propulsado por sentimientos nobles como el deseo de más democracia, de una mayor autonomía y de un mayor respeto por parte de las elites del Estado central. En la práctica, un cuerpo policial formado por diecisiete mil agentes con sus correspondientes arsenales se ha situado al margen de la legalidad, obviado las órdenes de los tribunales y colaborado por pasiva y por activa en la creación de una legalidad alternativa en Cataluña. A día de hoy, la mitad de los ciudadanos catalanes, la no nacionalista, se cruza a diario por las calles de su ciudad con agentes armados de una cuerpo policial cuyos mandos han decidido desobedecer la Constitución de la que emanan sus derechos civiles. La definición de diccionario de un cuerpo paramilitar.

4.- Ceder el liderazgo del proceso a la CUP

La catalana es una sociedad básicamente burguesa, adinerada y conservadora. Cataluña es la cuarta comunidad más rica de la decimoquinta economía mundial y disfruta de un nivel de autonomía sin parangón en ningún otro país europeo. La desigualdad social es muy escasa y no existen grandes bolsas de pobreza en ninguna de sus provincias. Los servicios públicos funcionan razonablemente bien y en algunos casos de forma excelente. Su sociedad civil es vigorosa y salvo la asfixiante presión fiscal y regulatoria (común a toda España y de la que participa con entusiasmo la propia Generalitat) no existen grandes razones para la queja en el sector empresarial. Los motivos por los que un catalán que goza de ese soberbio nivel de vida pueda sentir la necesidad de votar a un partido política y culturalmente marxista como la CUP es uno de los grandes arcanos de la política catalana. Cederle el liderazgo del proceso soberanista es objeto de estudio para la psiquiatría.

5.- Acoso a policías nacionales y guardias civiles

El independentismo aprovechó bien uno de los mayores errores del Gobierno central en la gestión de esta crisis: el envío de policías nacionales y guardias civiles a los colegios electorales catalanes cuando estos yo habían sido bloqueados por miles de ciudadanos y no dos días antes, cuando aún estaban vacíos. Las consecuencias, fácilmente previsibles, fueron escenas de violencia que corrieron como la pólvora por las redes sociales y llegaron hasta las portadas de los principales medios de prensa internacionales. Pero esa victoria de la propaganda nacionalista se empañó en sólo veinticuatro horas cuando cuando masas de ciudadanos descontrolados, protegidos por los mossos, asediaron al día siguiente los hoteles en los que se alojaban esos policías y guardias civiles hasta hacerlos marchar entre insultos, pedradas y escupitajos. El resultado fue no sólo la inversión de los papeles de (supuestos) agresores y (supuestas) víctimas sino una ola de solidaridad con las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado que visibilizó en apenas unas horas a ese 50% olvidado de la población catalana: el de los catalanes no nacionalistas.

6.- La utilización de niños

Sobre la utilización de los niños como escudos humanos durante la votación del pasado domingo hay más mito que realidad. Como regla general, y yo no fui testigo personalmente de ninguna excepción a esa regla, los pocos niños que acudieron a los centros de votación estaban en las colas de votación, no entre los grupos de voluntarios que bloqueaban las puertas. En cualquier caso, lo que sí es innegable y ningún independentista niega es la penetración de la propaganda nacionalista en los colegios catalanes y la frecuente utilización de menores en las escenificaciones independentistas. Súmesele a eso el acoso por parte de algunos profesores y alumnos a los hijos de los guardias civiles que viven y trabajan en Cataluña y se entenderá por qué incluso entre algunos sectores del independentismo se aboga por quitarle de una vez las manos de encima a los niños catalanes.

7. El infantilismo

La percepción popular de que la independencia se conseguiría de una forma rápida, limpia, a fuerza de sonrisas y sin mayores molestias empezó a cambiar el domingo con la actuación de la policía, recibió un capón a dos manos con el discurso del Rey y se tornó en conmoción y pavor el jueves, cuando bancos y empresas catalanas saltaron del barco y trasladaron sus sedes sociales a comunidades menos hiperventiladas. El despertar de los sueños soberanistas y el choque con la realidad fue tan contundente que las peticiones de mediación, es decir de rendición, se multiplicaron por diez en apenas unas horas. De repente, los empleados de La Caixa que el lunes se manifestaron en protesta por la violencia policial y en favor del independentismo con lemas de la CUP (“las calles siempre serán nuestras” gritaron cincuentones en traje y corbata con el iPhone en el bolsillo interior de la chaqueta) llegaron a la conclusión de que lanzar piedras contra tu propio tejado no es precisamente la táctica más inteligente cuando trabajas con el producto más miedoso del planeta: el dinero.

8. Despreciar el poder del dinero

Y ese ha sido precisamente el octavo error de la lista. Haber descartado de la ecuación la capacidad de convicción del incentivo social más poderoso que existe. Cuando Artur Mas dijo que de la Cataluña independiente no se marcharía ninguna entidad porque suyo es el 20% del mercado español y “los bancos no son hermanas de la caridad” infravaloró al único Dios capaz de competir de tú a tú con el de la irracionalidad de las masas. Pero, sobre todo, sobrevaloró el peso de la economía catalana en relación a la española y el desigual equilibrio de fuerzas resultante de una ruptura como la planteada. “El dinero preferirá una Catalunya próspera que una España en bancarrota” decía el nacionalismo. Se equivocó por partida doble: es Cataluña la que va camino de la bancarrota. La única solución a la falta de acceso a los mercados, a los fondos del Banco Central Europeo, al Fondo de Liquidez Autonómica, a la fuga de capitales y a la perdida de empresas como Gas Natural, Abertis, el grupo Dogi, Klockner, Freixenet, Banc Sabadell, CaixaBank o de grupos alemanes como Volkswagen, Bayern o Lidl sería la conversión de la hipotética república catalana en una potencia financiera, tecnológica y cultural en el corazón de la Europa del Sur. Pero el modelo de país de la CUP, ERC y Ada Colau se parece más a Palestina que a Israel.

9.- El escaso nivel de sus elites

Llegada la hora de la verdad, el proceso soberanista ha quedado en manos de un reducido grupo de convencidos sin obra, activistas perennes, vividores del presupuesto público y revolucionarios de asamblea universitaria. Toda la fuerza y la determinación que organizaciones soberanistas como la ANC y Òmnium han demostrado a la hora de movilizar a sus acólitos se ha transformado en soberbia incompetencia cuando se ha debido lidiar con la realidad del mundo empresarial y de la política de alto nivel. Sin plan B más allá de la celebración del referéndum y de una declaración de independencia que supondría la muerte económica, política, cultural y social de Cataluña, el destino de siete millones y medio de ciudadanos europeos está hoy en manos de aficionados y fanáticos que andan intelectualmente a años luz de las viejas elites de la CiU de los años noventa, que podían ser nacionalistas pero desde luego no tontas.

10.- El desprecio del contrario

Uno de los mantas del independentismo ha sido el de que no existe una Cataluña silenciosa, contraria al proyecto nacionalista y a la independencia de Cataluña, capaz de contrarrestar el empuje de las masas soberanistas. Y es cierto que esa Cataluña no ha salido a la calle, que no se ha manifestado y que ha mantenido un perfil bajo. Las razones son muchas. La presión social, la hegemonía cultural nacionalista y la muy humana e intuitiva prevención que nos lleva a no convertirnos en los pioneros de movimientos arriesgados cuando nos percibimos como una minoría en nuestro entorno social. Pero, sobre todo, el abandono por parte del Gobierno central y la división entre los propios partidos constitucionalistas. “Si ellos no se ponen de acuerdo, ¿cómo voy a jugarme el trabajo, las amistades y la familia dando un paso adelante?”. Pero la Cataluña silenciosa ha despertado y la manifestación de hoy es una prueba de ello. Puede que el independentismo haya ampliado su base social durante los últimos años, pero la Cataluña no nacionalista va camino de perder el miedo y eso tendrá consecuencias en el panorama político, social y cultural catalán.

Cristian Campos, periodista.

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