¿Los dóciles heredarán Rusia?

En una entrevista reciente, el presidente de Rusia, Dmitri Medvedev, proclamó que quiere un segundo mandato en la presidencia luego de las elecciones de 2012, pero que no se presentaría contra el primer ministro Vladimir Putin, quien por empezar lo puso donde está. Una rivalidad de esas características, dio a entender Medvedev, dañaría el bienestar y la imagen del país.

La declaración de Medvedev debería poner fin a las especulaciones sobre si se presentará o no como candidato, aunque mantiene vivo el suspenso respecto de Putin, cuya influencia es mucho mayor que la del dócil presidente de Rusia. A muchos, en particular en Occidente, les gustaría que Putin y su autoritarismo antioccidental y espinoso desaparecieran de la escena.

De hecho, en los últimos diez años, la política exterior rusa ha estado animada por una actitud defensiva y por la sospecha. Rusia hasta tiene relaciones tensas con la Unión Europea, que congénitamente no representa una amenaza. Es susceptible sobre la independencia de los países cercanos a la frontera, especialmente aquellos que son política o geográficamente cercanos a Occidente -Bielorrusia, Moldavia, Ucrania y Georgia-. Más de diez años después del hecho, el Kremlin todavía condena la ampliación hacia el este de la OTAN como un reto para la seguridad.

La realidad, por supuesto, es que la OTAN es tanto una amenaza ofensiva para Rusia como puede serlo Suiza. Pero no es el poder militar de la OTAN lo que el Kremlin de Putin encuentra alarmante: la verdadera amenaza es el potencial de la alianza para «tragarse» a Moldavia o Ucrania en algún momento. Crear un precedente para la democratización del espacio post-soviético es un escenario de pesadilla para Putin y su entorno.

Como en los tiempos soviéticos, la tarea principal de la elite gobernante de hoy -Putin y sus ex socios de la KGB- consiste en preservar muy unido su régimen político y económico, creado para su control personal y su beneficio material. La política exterior rusa, como sucedía guando gobernaban los soviéticos, es una extensión de las prioridades domésticas de los funcionarios.

El régimen actual es claramente autocrático. Sin embargo, aspira a la legitimidad democrática a los ojos de los ciudadanos rusos y la comunidad internacional. Es con este objetivo que Medvedev lleva a cabo su misión civilizadora -participando en foros mundiales, publicando comentarios en Twitter, reprendiendo la corrupción endémica y respaldando la «modernización» y el «régimen de derecho».

El resultado de esta dualidad -establishment autoritario y fachada democrática de aldeas de Potemkin- es que Rusia ocupa una tierra de nadie única en materia geopolítica. A una Rusia democrática le gustaría alcanzar a Occidente e integrarse en las instituciones occidentales. Sin embargo, no es esto algo que esté en los intereses grupales de quienes respaldan a Putin, la gente que dirige, y es dueña de Rusia: su complejo de seguridad, militar e industrial.

Por supuesto, esta gente ha estado personalmente integrada a Europa desde hace dos décadas -su dinero está en bancos europeos; sus residencias de vacaciones están en el sur de Francia, la Toscana y las islas griegas; sus hijos son educados en las escuelas de pupilos más elegantes. De modo que, a pesar de la dura retórica muchas veces antioccidental del régimen actual, quienes lo conforman no están en absoluto interesados en aislar a Rusia de Occidente. Lo que quieren es impedir la integración a Occidente de la propia Rusia, ya que eso implicaría el fin de su régimen.

No obstante, para sustentar la farsa de una Rusia fuerte y próspera, que le hace frente a la depredación y la hipocresía de Occidente, el régimen no puede ser tan autoritario como al propio Putin le gustaría. Si fuera así, los bancos suizos y las organizaciones internacionales le cerrarían las puertas. De modo que quienes respaldan al régimen tienen un fuerte interés en mantener su costado «democrático».

Occidente, a pesar de sus años de experiencia en el trato con los soviéticos, todavía siente una debilidad por este tipo de comportamiento ambivalente, sobre todo ahora que Medvedev muestra un rostro democrático tan entrañable. En junio, en el Foro Económico de San Petersburgo, Medvedev cautivó al público al sonar vanguardista y trillado al mismo tiempo: atacó la corrupción, juró que Rusia «no está construyendo un capitalismo de Estado» y prometió reformas legales y federales. Las decisiones, dijo, deberían dejarse en manos de las empresas o tomarse a nivel local, no en el Kremlin.

El Foro Económico de San Petersburgo es principalmente para el consumo internacional. Si los banqueros e inversores occidentales quieren comprar charlatanería, es problema de ellos. Pero nadie debería marcharse de estos eventos con la idea de que cualquier cosa que diga Medvedev significa que Rusia está cambiando.

El vicepresidente estadounidense, Joe Biden, por lo general un crítico incisivo de Rusia, llegó a Moscú en marzo, supuestamente para convencer a Putin de abandonar sus ambiciones presidenciales para 2012. Un mes después, en una conversación telefónica con Putin, Biden lo invitó a visitar Washington a pesar de que, según la constitución de Rusia, el primer ministro no tiene ninguna atribución en materia de política exterior. ¿Estados Unidos acaso respalda a Putin en las elecciones o, al reconocer la importancia histórica de Putin, los norteamericanos pretenden convencerlo de que deje el poder? Nadie lo sabe.

Hasta que no cambie la situación política interna de Rusia, las relaciones con Occidente seguirán como están, siendo ambiguas. Sin embargo, harían bien en aconsejar a Putin que escuchara a Biden -existen rumores de que le ofreció puestos internacionales importantes, como presidir el Comité Olímpico Internacional, o tal vez inclusive dirigir las Naciones Unidas-. Después de todo, Putin conoce muy bien el viejo libro de jugadas soviético: quizá le aguarde el destino de ex funcionarios de la KGB.

El temible jefe de la policía secreta Lavrenti Beria, que operaba la maquinaria de la represión en el régimen de Joseph Stalin, fue ejecutado por el sistema que él mismo perfeccionó, después de ser sentenciado a muerte en 1953 por «espiar contra el estado». Durante los diez años que estuvo en el poder, Putin consolidó y fortaleció las fuerzas de seguridad, intimidó y encarceló a los opositores y amordazó a los medios y a las cortes. Si no deja el cargo o da un paso al costado para que Rusia pueda avanzar, el sistema que él mismo creó puede aplicar sus propios métodos en su contra.

Nina L. Khrushcheva, autora de Imagining Nabokov: Russia Between Art and Politics, es profesora de asuntos internacionales en The New School y es miembro sénior del World Policy Institute en Nueva York.

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