Los documentos de Franco

Un obstáculo fundamental para los historiadores de Franco es que la figura más dominante de la historia contemporánea de España ha dejado muy pocos papeles personales; los documentos de esta clase quedaron en poder de su hija, Carmen, duquesa de Franco, y posiblemente guardados en un banco en Suiza. El investigador encontrará una gran riqueza y variedad de materias en el archivo de la Fundación Franco, ahora disponibles en forma digital, pero este contiene pocos documentos personales, principalmente notas o memorándums escritos por el propio Franco para clarificar y enfocar su parecer sobre algunos problemas concretos. El archivo es una gran colección de las materias políticas que el propio dictador estimaba más importantes, que retenía en su despacho y en otros sitios de El Pardo, preservados y ordenados por la iniciativa del historiador Luis Suárez Fernández.

Entre estos documentos se encontrará la selección personal por Franco de algunos de los informes que recibía sobre cuestiones de seguridad de parte de la Dirección General de Seguridad, del servicio de información y espionaje de la Falange Española Tradicionalista (partido único del Estado) y de otras entidades. Pero las materias conservadas en el archivo están muy incompletas, por varias razones, entre ellas que el propio Franco deseaba retener solamente algunos informes específicos.

Por eso el hecho de que ABC haya podido obtener, publicar y comentar un elenco de documentos nuevos, principalmente del año 1948, es un acontecimiento importante, porque añaden datos y matices al entendimiento de la perspectiva política y personal de Franco. Algunos de los documentos más importantes son informes de espionaje de la FET sobre las actividades de la oposición, en particular de los monárquicos.

En ese momento la dictadura estaba logrando una cierta consolidación como un estado autoritario católico y corporativo, de forma teórica monárquica, pero bajo la dictadura personal del Caudillo, que, después del referéndum de 1947, ejercía sus poderes como una especie de regente todopoderoso, aunque nunca se definía a sí misno como regente de forma oficial, que le hubiera en cierto sentido limitado los poderes. Esta forma de régimen, aunque un tanto nebulosa, era mucho más funcional en el nuevo ambiente democrático de Europa occidental que el sistema semifascista, de poderes absolutamente arbitrarios y con poca definición, que Franco había dirigido entre 1936 y 1945.

Ya por 1948 Franco había resistido con éxito la embestida de la oposición izquierdista, empezada por la incursión desde Francia de los maquis comunistas cuatro años antes. Esta guerrilla o insurgencia armada, principalmente de comunistas y anarquistas, había sido incapaz de suscitar mucho respaldo popular y había sido en gran parte sofocada. La sociedad española no apoyaba la resucitación de la guerra civil y las Fuerzas de Seguridad, leales a Franco, dominaban la situación.

La oposición más seria que quedaba era la de los monárquicos que se oponían a la continuación de la dictadura. El pretendiente a la Corona, Don Juan de Borbón, Conde de Barcelona, había seguido un camino político totalmente zigzagueante, ofreciéndose como voluntario militar a favor de Franco en la Guerra Civil, y luego quedaba totalmente dependiente del destino de la Segunda Guerra Mundial. En 1940, como casi todo el mundo, quería negociar con Adolf Hitler, pero este desdeñaba totalmente lo que definía como «la podredumbre monárquica reaccionaria». Luego, en 1943, cuando parecía evidente que los aliados iban a ganar la guerra, Don Juan emergió como un Superman recién salido de la cabina telefónica, como pretendiente liberal y monárquico.

El socialista Indalecio Prieto, más astuto que lo normal entre políticos izquierdistas españoles, había negociado un arreglo con Don Juan en 1947 a favor de la instauración de un régimen monárquico democrático en España, a base de monárquicos democráticos (en la medida que los hubiera) y de las izquierdas moderadas (también en la medida en que esto existiera entre los antiguos revolucionarios).

El problema era cómo derrocar a Franco. Fracasada la insurgencia armada, quedaba la alternativa de la intervención de los mandos militares. Durante la Guerra Mundial había existido un descontento político entre estos, hasta cierto punto manipulado por los sobornos financieros de la Embajada británica. Pero en 1945 los generales de Franco habían cerrado filas ante una posible irrupción de las izquierdas derrotadas.

A pesar de todo, los monárquicos opositores tenían todavía esperanza, queriendo contar con algunos generales de la misma orientación, sobre todo con Alfredo Kindelán y Antonio Aranda. El problema siempre había sido que estos no contaban con mucho apoyo entre sus colegas. Hubo muchas conversaciones, pero nunca una conspiración concreta y seria. Como dijo el historiador Javier Tusell, bajo Franco los altos mandos militares «no conspiraban, sino que hablaban de conspirar». Hasta cuando en septiembre de 1943 la mayoría de los tenientes generales le presentaron a Franco una carta para sugerirle, con el máximo respeto y delicadeza, que dimitiera de la jefatura del Estado a favor de la monarquía, no conspiraban en serio, y el dictador los superó a todos con bastante facilidad, y cada uno volvió dócilmente a su lugar subordinado.

Algunos de los documentos publicados por ABC son de la primavera de 1948, es decir, de los últimos meses en que Don Juan y los suyos, junto con elementos de las izquierdas moderadas, todavía pensaban en la posibilidad de una presión fuerte contra Franco para lograr su salida. Los autores de los informes reflejaron literalmente el lenguaje utilizado por estos activistas y por unos pocos militares, cuando hablaban de la formación de un «comité ejecutivo» político y de una «junta militar» de generales, pero se trataba de un lenguaje grandilocuente y exagerado. Estos «comités» y «juntas» eran meramente unas cuantas personas que se hablaban entre sí y no formaron ninguna entidad imponente. (En 1946, por ejemplo, Aranda entró en la Embajada de los Estados Unidos para proponer que formara un «gobierno de España libre» que funcionaría dentro de los mismos recintos de la Embajada, pero los diplomáticos le pidieron cortésmente que abandonara el edificio).

Franco, huelga decirlo, leía estos informes con mucha atención, como está demostrado por sus comentarios marginales, pero entendía perfectamente el verdadero alcance de tales actividades. De vez en cuando se efectuaban algunas detenciones o se jubilaba prematuramente a algún militar, y los opositores democráticos no fueron capaces de crear ninguna alianza política que tuviera verdadera fuerza. Al cabo de unos meses más, el camaleónico Don Juan abandonaría el proyecto, junto con el llamado «espíritu de Lausanne» y sus pretensiones democráticas, aceptando un acuerdo limitado con Franco, enviándole a su heredero Juan Carlos para ser educado en España.

Stanley G. Payne, historiador e hispanista.

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