Los dos Mundiales del zar Putin

No hay político al que no se escuche decir que el fútbol no debe mezclarse con la política, y no hay político que desaproveche la oportunidad de mezclarse con los futbolistas. Lo primero es una estupidez que no deja de serlo por más veces que se repita; lo segundo, una prueba de la doble moral de la clase política, sin distinción de regímenes. La razón es que el fútbol hace largo tiempo que rompió las cotas del deporte, según el vetusto concepto victoriano, para convertirse en el mayor fenómeno de masas de nuestro tiempo, en un conductor de pasiones que vertebra el planeta, aunque, lamentablemente, no sea siempre también un conductor de valores y de derecho. La pelota es capaz de mostrarnos lo mejor y lo peor de nosotros mismos: el orgullo de pertenencia pero también el racismo, la solidaridad y la compasión, y a la vez la violencia. Semejante arma emocional no podía pasar desapercibida para quien quiere convertirse en un actor global principal, a pesar de que jamás mostró interés por este juego. El torneo que mañana se inicia en Moscú es para Vladimir Putin una competición geopolítica, con la que pretende realizar una demostración de poder logístico y mostrar la cara amable de una Rusia bajo mínimos en el tablero de las relaciones internacionales. Son sus dos Mundiales, y para ninguno necesita la pelota.

Los dos Mundiales del zar PutinEn Putin convergen dos nostalgias: la soviética y la zarista. Si existían dos elementos en común entre ambas etapas eran la represión y la vocación de expansión, el sometimiento y la grandeza. La carrera espacial y el deporte eran las formas de mostrarla durante la Guerra Fría. Putin utiliza la segunda del mismo modo, con toda la maquinaria del Estado a su servicio, aunque ya sin el éxito mayoritario de sus atletas, ajenos a la motivación del pasado por escapar de una vida sin salida. El dirigente consiguió uno de los dos últimos Mundiales de la era de la corrupción, junto al de Qatar 2022, concedidos por una FIFA que ya no existe. Del mismo modo, organizó en 2014 los Juegos Olímpicos de invierno más caros de la historia, en Sochi, donde el viernes debuta España frente a Portugal.

Cuatro años más tarde, en cambio, sus deportistas no pudieron competir en la cita de Pyeonchang, al demostrar el informe McLaren, encargado por la Agencia Mundial Antidopaje, que habían sido sometidos a un plan de dopaje sistemático. La acusación señalaba al Kremlin y, en concreto, al ministro de Deportes, Vitaliy Mutko. La reacción de Putin fue tibia, al contrario de su frontal posicionamiento en la política internacional. La razón era clara: enfrentarse al Movimiento Olímpico habría amenazado al Mundial.

De igual forma, Putin ha prometido dureza con los hinchas rusos que sembraron el pánico en sus enfrentamientos con los hooligans en la última Eurocopa, en Marsella o Lille, con estrategias de lucha urbana. Eran paramilitares que, en buena parte, tienen como alter ego a Putin. Un tiempo después, el dirigente ruso se pasaba el balón con el nuevo presidente de la FIFA, Gianni Infantino, en un salón del Kremlin. A ninguno le convenía un estallido.

Las circunstancias actuales son muy diferentes a las que existían cuando Rusia ganó la elección al Mundial, en Zúrich, en 2010. La candidata de Putin supo pactar con los lobbistas cataríes la búsqueda conjunta de votos para las dos ediciones, algo que también intentó la candidatura ibérica. Cuando el dirigente llegó, el día de la elección, quienes seguíamos la sesión pudimos ver en su rostro la sonrisa de la victoria antes de conocer el resultado. Caminaba con paso firme, marcial, rodeado por dos bellezas eslavas. Lo sabía. Los miembros del Comité Ejecutivo que tomaron la decisión cayeron por las acusaciones de corrupción, por lo que es difícil creer que hubieran votado en otro sentido de saber cuál sería la situación de Rusia años después en la escena internacional, en tensión permanente con las principales potencias occidentales y la Unión Europea. La posición de Putin en la guerra de Siria, el conflicto con Ucrania, la anexión de Crimea, el Rusiagate, como se conoce a la presunta implicación de los servicios secretos rusos en la elección de Donald Trump, o el envenenamiento del ex espía Serguei Skripal presentan la paradoja de observar a la organizadora del Mundial, en realidad, como a una amenaza mundial. Putin, sin embargo, ha sabido maniobrar en los últimos meses, beneficiado por el alza del precio del crudo o por resultados electorales que socavan la idea europea, como los acontecidos en Italia.

El Estado ruso no ha reparado en gastos. El último presupuesto facilitado por las autoridades, el pasado octubre, fue de 675.000 millones de rublos, unos 10.000 millones de euros. El estadio Krestovski, en San Petersburgo, la ciudad de Putin, multiplicó por seis la inversión planificada inicialmente. Ningún recinto, sin embargo, es tan evocador del tiempo pasado como el estadio Luzhniki, al sur de Moscú, donde se celebrarán la apertura y la final. Fue inaugurado en 1956, tres años después de la muerte de Josef Stalin, y ha sido remodelado varias veces, las dos más importantes para los Juegos Olímpicos de Moscú, en 1980, y para este Mundial. Como en Berlín o en Pekín, la arquitectura de las dictaduras pretende hacer sentir al hombre su pequeñez frente al omnipresente Estado.

La compleja coyuntura internacional, con perniciosos efectos sobre la economía de los rusos, no ha restado apoyos sustanciales a Putin entre la población, como pusieron de manifiesto las urnas en marzo. Fue reelegido con más del 70% de los votos. De pasado mediocre como apparatchik de la KGB, pero muy bien asesorado, ha sabido dar forma al líder que gran parte del pueblo ruso ansía, caracterizado por la dureza y el nacionalismo, dos pilares que de nuevo remiten al pasado, tanto a la URSS del Padrecito como a la Rusia de los Romanov. La periodista Masha Gessen ha documentado bien este proceso en el que, más allá del control de los medios y la propaganda, vuelve a ponerse de manifiesto como el sometimiento aparece impreso en el alma eslava, lo que Turgeniev llamó «el síndrome del perro apaleado». La libertad se obtiene de un día para otro pero se tarda generaciones en comprender.

Hace casi 40 años, la mayoría de países occidentales boicotearon los Juegos de Moscú, al secundar la iniciativa de la Administración Carter por la invasión de Afganistán. El crecimiento del deporte y de su industria desde entonces hacen impensable, hoy, algo parecido, salvo hecatombe. Putin también lo sabe. El propio olimpismo no tiene reparos en acudir a lugares donde no se respetan los derechos humanos, como China, en clara confrontación con los Principios Fundamentales de la Carta Olímpica.

Lo mismo sucede con la FIFA, la anterior y la actual, porque la sostenibilidad económica del fútbol profesional necesita de las grandes bolsas de capital, asociadas a los recursos energéticos, y de regulaciones más laxas, como sucede en las repúblicas ex soviéticas. No es casual que la final de la Champions se disputara en Kiev, pese a los evidentes problemas logísticos, y la Supercopa se juegue, en agosto, en Tallín, capital de Estonia. El estadio y las instalaciones de Krasnodar, donde se concentra España, son propiedad de un joven empresario. Es el fútbol de los nuevos ricos.

La situación genera enormes desequilibrios en la industria del sector, que en España se aproxima al 1,5% del PIB. Las grandes estrellas que competirán en Rusia valen el doble de lo que costaban hace cuatro años, cuando se disputó el Mundial de Brasil. Entonces, el fichaje récord era el de Bale por el Real Madrid, por 100 millones de euros; ahora lo marca la contratación de Neymar, por 226 millones pagados por el PSG, de capital catarí. El precio del brasileño ha tenido un efecto dominó sobre el resto y, hoy, 100 millones parece un precio de rebajas por Girezmann: c’est la folie. Rusia no tiene ninguna estrella de esa tasación en el campo, pero a Putin no le importa. Observa el fútbol y a quienes invierten en equipos en su país con displicencia. Los trata de ilusos. Su competición es diferente a la de la selección de Cherchesov, de la que no se espera nada extraordinario. El nuevo zar prefiere la pelota para hacer política, pero si tiene la oportunidad dirá que no deben mezclarse. Como todos.

Orfeo Suárez es redactor jefe de Deportes de EL MUNDO.

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