Los dos rostros de Guantánamo

Empieza la primera mañana de mayo y el sol aún no pica tan fuerte sobre la piel, aunque ya la intolerancia parece irradiar desde su punto más alto. Con el rostro encapuchado, camisa y pantalones anaranjados, un joven intenta desfilar en la plaza de la Revolución habanera durante la celebración del Día Internacional de los Trabajadores. Tanto la indumentaria como el cartel que lleva conforman una espontánea protesta por los presos que el Gobierno de Estados Unidos mantiene en la base naval de Guantánamo. Su tránsito frente a la tribuna dura apenas unos segundos, hasta que varios hombres fornidos lo descubren y lo empujan hacia un costado de la marea humana.

No hay espacio para el libre albedrío en estas coreografías populares largamente programadas, así que se lo llevan y solo algunas decenas de personas y el lente indiscreto de una cámara captan el momento de la detención. El calor ya resulta agobiante sobre el asfalto capitalino y faltan apenas unas pocas horas para que se dé a conocer la muerte de Osama Bin Laden.

La zona militar que posee Estados Unidos al sureste de Cuba, también conocida como Gitmo, es el escenario de numerosos dramas humanos que se suceden a ambos lados de unos límites demarcados -e impuestos contra la voluntad popular- desde la lejana Enmienda Platt.

Recientes revelaciones de Wikileaks evidenciaron el alto número de encarcelados dentro de sus campos X-Ray, Delta y Echo que podrían haber sido inocentes. Chóferes, granjeros y hasta cocineros que resultaron capturados durante redadas en Afganistán debieron esperar años para que se aclarara su identidad y poder irse de vuelta a casa.

Quizás alguno de ellos lograba divisar desde su celda los límites de la base naval donde estaba recluido, ver las postas perennes que vigilan la demarcación y fantasear que si lograba burlarlas encontraría -en la otra parte- la libertad.

Falsa ilusión, pues Raúl Castro había declarado en 2002 que si un prisionero conseguía escapar hacia el interior del país, sería devuelto de inmediato a las tropas norteamericanas. “Si es que queda algo”, agregó con sorna, en alusión a los campos de minas que su propio Gobierno se niega aún a desactivar.

Esa pequeña porción del oriente de Cuba es por demás una de las zonas más minadas del mundo, y no solo desde el punto de vista ideológico. En el municipio Caimanera se vive a pocos metros de una frontera plantada de explosivos antipersonales. Una peligrosa franja de muerte cuya existencia contradice la convención de Otawa 1997 que prohíbe el empleo, almacenamiento, producción y transferencia de estas peligrosas trampas que mutilan cuerpos.

Hace apenas unas semanas un joven de 16 años y su hermano jugaban con un objeto que habían encontrado cerca de su escuela en el poblado de Boquerón. Lo patearon y entonces llegó el estruendo con visos de relámpago, enviando al más pequeño al hospital y al otro al cementerio. La prensa oficial no dijo ni una sola palabra al respecto y la familia guardó silencio por miedo a represalias. “Otras víctimas de este Guantánamo dividido”, pensaron los que han crecido entre las tentativas de escapar, las detonaciones y los llantos.

A pesar de los elevados peligros, no solo quienes han sido acusados de tener nexos con Al Qaeda sueñan con saltarse la alambrada. Los guantanameros cercanos a la zona añoran también esa ciudad levantada por los yumas [estadounidenses] y que a pesar de estar tan cerca ellos no han podido nunca transitar. Una pequeña orbe donde se habla inglés, hay un centro comercial y abren sus puertas varios restaurantes y dos cines al aire libre.

El secretismo de esa zona militar atrae los titulares de los periódicos en otras partes del mundo, mientras la posibilidad de emigrar hacia ella cautiva a los cubanos que viven del lado de acá. El riesgo es enorme, pero no por ello dejan de intentar llegar hacia esa área de la bahía donde ondea la bandera de múltiples estrellas. Justo hasta el lugar donde se extendieron los campamentos improvisados que albergaron a miles de balseros cubanos con posterioridad a la explosión migratoria de 1994. Aunque ahora la mayoría de los que intentan la travesía por tierra muere en el campo minado y los pocos que logran llegar son devueltos de inmediato a las autoridades cubanas.

No siempre los muros y los límites separan la diferencia. A veces sencillamente trazan una línea divisoria entre los iguales, entre realidades o individuos que se asemejan en sus sueños o en sus problemas.

Es el caso de este contorno definido por un tratado de hace más de 100 años, de esta frontera alrededor de la cual habita el deseo humano de escapar hacia el lado que no conoce. Unos llevan uniformes anaranjados, purgan largas condenas y son aludidos con frecuencia en los medios extranjeros. Los otros arrastran la monotonía de sus vidas, sus escaseces, la frustración que los empuja a arriesgarse para llegar hacia ese Guantánamo que imaginan, pero que no conocen.

Por Yoani Sánchez, periodista cubana y autora del blog Generación Y. Fue galardonada en 2008 con el Premio Ortega y Gasset de Periodismo. © Yoani Sánchez / bgagency-Milán.

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