Los entierros de Franco

Mientras veía en la televisión salir el féretro de Francisco Franco, portado a hombros por miembros de su familia, de la basílica benedictina -como la de Montserrat- del Valle de los Caídos, bajo la atenta mirada de unos evangelistas que parece que se te vayan a tirar encima, esculpidos por Juan de Ávalos, recordé aquel otro del 23 de noviembre de 1975 en el que, tras un agónico final, se dio por concluida una dictadura que había durado casi cuarenta años. No tenía nada que ver lo que se contaba entonces en los medios oficiales, el NO-DO, TVE o los diarios del Movimiento, con lo que algunos pudimos escribir en los periódicos privados, como ABC, «La Vanguardia» o «YA». Franco había muerto y gritábamos, con entusiasmo, «¡Viva el Rey!», pues sabíamos que todo iba a cambiar con la proclamación del Monarca, y no precisamente al modo lampedusiano, para que nada cambiase, sino para que nuestro país se convirtiera en una democracia como las del resto de Europa occidental. Hoy recuerdo, con una cierta dosis de emoción y nostalgia, haber publicado un artículo en «La Vanguardia» que se llamaba «Salutación al Rey de España» donde repetía lo que ya escribí en ese diario el mismo día 20 de noviembre en el que fallecía Franco: con la Monarquía habría el más amplio espectro de libertades públicas, una amnistía completa, una democracia similar a las europeas y, por último, un régimen autonómico parecido al de Alemania.

La reconciliación entre españoles, sobre todo, se produjo con creces; y en las primeras Cortes de la democracia convivieron personajes como Dolores Ibárruri o Santiago Carrillo junto a exministros del Régimen franquista como Fraga Iribarne o López Rodó. Estaba claro que la estructura del Estado, esencialmente, era la misma la del Régimen franquista que la de los primeros años de la democracia. Porque en España, la revolución, en el sentido de cambio radical en la estructura del Estado, ya se había producido hacía bastantes años, o sea que lo que en todo caso resultaba una excentricidad era su propia figura ya que no creía que su Régimen fuese a perdurar ya que, de lo contrario, no hubiese designado a Don Juan Carlos como sucesor. Franco sabía que la forma de proceder del príncipe poco tendría que ver con la suya. Alexis de Tocqueville en su «L’Ancien Régime et la Revolution» ya había constatado la similitud de las instituciones administrativas del antiguo régimen y el nuevo; lo que constituía una anomalía en la Francia de 1789 era la Monarquía absoluta, como casi doscientos años después en la España de 1975, el Régimen de Franco.

El franquismo, que ahora algunos pretenden desenterrar, dejó de existir prácticamente entre su tercera y cuarta etapa o sea durante el franquismo desarrollista y el de la transición a la democracia, los dos liderados, paradójicamente, por el propio Franco. Porque no hay un franquismo monolítico y uniforme, sino cuatro perfectamente reconocibles y diferenciados. El primero abarcaría desde la designación de Franco como Jefe del Estado hasta el fin de la II Guerra Mundial; sería el franquismo fascista pero con una sensible diferencia con el nacional socialismo alemán o al fascismo italiano: aquí no hubo antisemitismo militante y quizás pueda hablarse de un filo sefardismo que permitió que se brindara una cierta protección, sobre todo a los judíos sefardíes, a través de algunas delegaciones consulares o de la Agencia judía radicada en Barcelona durante la conflagración mundial. El segundo franquismo, el autárquico, parecido al salazarismo portugués, abarcaría de 1945 a 1959; es la gran travesía del desierto de la España de la pobreza porque nuestra patria vivió estancada y apartada del mundo hasta la visita de Eisenhower a nuestro país. Con el plan de estabilización, las leyes de régimen jurídico de la administración del Estado y la de procedimiento administrativo y, por último, la Ley Orgánica del Estado y los planes de desarrollo, tuvimos un tercer franquismo con la apariencia de un Estado de Derecho, sometido a la ley con una justicia más o menos independiente, excepto en temas políticos, que hizo despegar a España con crecimientos medios en esos años que incluso superaron el 8% del PIB, creándose una enorme clase media que estabilizó la sociedad (y el régimen franquista). Por último, el cuarto franquismo, el de la transición, se inicia con la designación del príncipe Juan Carlos como sucesor a título de Rey en 1969 y culmina con la coronación y la Ley para la Reforma Política de 1977 que fue algo así como nuestra particular Convención de Filadelfia.

Tienen razón, pues, aquellos que sostienen que el «franquismo», como estructura de Estado, ha pervivido a lo largo de los años, como pervivió el antiguo régimen en el nuevo, como perviven constituciones centenarias como la de Estados Unidos o la Carta Magna en Gran Bretaña. No hay dos naciones iguales. A nosotros nos tocó vivir en los años del franquismo, otros fueron nazis o fascistas, los Estados Unidos sufrieron una guerra civil terrible, en Inglaterra se decapitó a un Rey y Francia se sumió en un caos revolucionario en 1789 y de sucesivos cambios de régimen durante casi todo el siglo XIX. Bastante bien parados hemos salido unos y otros, aunque debe comprenderse que algunas heridas de nuestra guerra civil no estén todavía del todo cicatrizadas. No lo están en EE.UU. después de más de ciento cincuenta años, ¿cómo van a estarlo aquí cuando todavía hay cadáveres en las cunetas o en fosas comunes de uno y otro lado?

Lo que pudimos ver por televisión la exhumación de Franco y su posterior inhumación en el cementerio familiar de Mingorrubio no estuvo exento de solemnidad. La presencia de la ministra de Justicia, de riguroso negro, como notaria mayor del Reino, contribuyó a ello. Franco nunca pidió estar enterrado ahí. No entendí el empecinamiento de sus familiares. En 1975 fue una decisión apresurada, aunque lógica, sepultarlo en el Valle de los Caídos. También tiene su lógica enterrarlo ahora junto a su mujer con la que tan unido estuvo. ¿Podían haberse hecho las cosas de otro modo? Quizás. Hay decisiones que es casi imposible encontrarles el momento adecuado. De Franco y del franquismo la Historia hablará, y mucho. Nosotros lo tenemos demasiado próximo en la piel para juzgarlo. Sus logros y sus yerros los juzgará la Historia.

Jorge Trias Sagnier es abogado y escritor.

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