Los errores de España. La salida iniciada

Es bueno mirar hacia atrás, intentar entender el pasado, ver las causas de la situación actual y aprender de ello. Maastricht fue un gran paso adelante, pero con errores de planteamiento que hoy estamos sufriendo. Es verdad que de los grandes proyectos en marcha, la unidad monetaria y la unidad política, el Bundesbank había puesto como condición a la primera que se llevara a cabo también la segunda para que existiera una autoridad política y un esquema de decisión y control, que tuviera responsabilidad y control en la nueva unión monetaria. Francia paró la unión política, por miedo a una gran Alemania, de 80 millones de habitantes, dominando Europa. Pero la decisión de los líderes europeos, incluido Helmut Kohl, fue seguir adelante con una sola muleta, la unidad monetaria. Sin duda, se pensaba que la unión monetaria facilitaría a posteriori la unión política, o al menos sería un paso importante en ese sentido.

Primer gran error estratégico, como hacer viable una unión monetaria, una sola moneda sin un poder político efectivo, ágil y estructurado. Todo lo contrario de una estructura de gobierno basada en 17 Jefes del Gobierno, 17 ministros de Finanzas o 17 Parlamentos. Un error político. Pero también hay errores económicos.

El tratado de Maastricht establece una serie de requisitos para ir homogenizando la evolución económica y controlando el riesgo de insolvencia de ciertos socios. Se fija fundamentalmente en el sector público con dos índices que consideran vitales, el déficit en las cuentas del Estado y el nivel de deuda pública. Dos criterios necesarios, pero no suficientes, como la historia reciente nos ha demostrado. Dos criterios históricos y bien conocidos, el porcentaje de déficit público con relación al PIB límite, -3,5% y otro, el nivel de deuda del sector público con relación al PIB inferior al 60%.

No se previeron, sin embargo, dos aspectos fundamentales que la actual crisis ha puesto de manifiesto. En primer lugar, un déficit público coyuntural imprevisto y elevado que surge como consecuencia de una crisis doméstica / internacional del sistema financiero. Ejemplo: Irlanda. En segundo lugar, lo ocurrido en España, una gran burbuja inflacionista provocada por la entrada masiva de fondos, fondos estructurales, fondos de cohesión, etc., más la entrada de financiación exterior, con tipo de interés excepcionalmente bajos. Esta entrada masiva de recursos no fue esterilizada por el gobierno, centrado fundamentalmente en las cuentas públicas.

Como consecuencia de ello, se provocó una subida descontrolada del precio de los activos, una gran especulación, el boom inmobiliario, la subida de los precios con el consiguiente incremento del coste laboral y, en definitiva, la pérdida sostenida y creciente de la competitividad de nuestras empresas. La fuerte subida del coste laboral y del empleo acelera la entrada de 5 millones de emigrantes, que no hace sino incrementar la demanda y el consumo, y por tanto, el déficit por cuenta corriente. En paralelo, la incorporación de ésta nueva población a la vida activa del país incrementa la demanda de servicios públicos, sanidad, educación, transporte, vivienda, lo cual no hace sino alimentar la burbuja económica y la demanda de servicios públicos.

El error fue fijarse en el déficit público y en el nivel de deuda pública cuando había que haber gestionado la económica, centrándose en la balanza por cuenta corriente. Difícil de ver en aquellos momentos, pero de lo que tenemos que sacar hoy conclusiones y lecciones. Al no poder actuar sobre el tipo de interés del euro, excepcionalmente bajo en favor de la recuperación alemana, teníamos que haber subido los impuestos (el IVA) y gestionado el gasto público, fijándose en los ingresos estructurales, no en los coyunturales, inflados por los impuestos del boom inmobiliario. Buscando fundamentalmente el equilibrio en el sector exterior. Decisión dura para el político que le entra el dinero y puede desarrollar proyectos y planes que le facilitan su planteamiento electoral.

Nuestro país era un «modelo de gestión presupuestaria» y cumplía con los criterios de Maastricht, cuando estaba fabricando la mayor crisis a la que nos hemos enfrentado en décadas. ¿Quién pudo prever en aquel momento que los acuerdos de Maastricht estaban poniendo en marcha una crisis como la actual y al mismo tiempo no se estaba dotando a Europa de las herramientas para poder controlarla y solucionarla? El BCE solo tiene estatutariamente un objetivo de inflación. No existe tampoco un regulador unificado del sistema financiero. No existe un sistema de seguros de depósitos a escala europea. La crisis financiera podía ser sistemática, sin tener las herramientas para controlarla.

Por otra parte, la burocracia de Bruselas tiene muy poco poder para actuar a nivel presupuestario o monetario. De facto, no ha existido en esta crisis, salvo para ir a remolque. El presupuesto comunitario es inferior al 2% del PIB europeo, según distintas formas de medición. En EEUU es superior al 20%. ¿Cómo tener un presupuesto ambicioso cuando hay países que están fuera de la unión monetaria que tienen otros objetivos? ¿Cómo hacerlo cuando no tiene impacto significativo en el PIB de la Eurozona? Por último, qué capacidad de decisión tiene la Comisión Europea comparada con gobiernos tan eficientes en sus decisiones, como el de EEUU o China. En éste último caso, aún a costa de su estructura democrática.

No era fácil construir una unión monetaria sin dotarse de los instrumentos adecuados, ni de los criterios económicos relevantes, ni de políticas preparadas. El Bundesbank lo había visto cuando ponía como condición avanzar en paralelo en la unión política y monetaria. En momentos de crecimiento y bonanza todo vale, la crisis, sin embargo, pone de manifiesto lo endeble del sistema. No existen las estructuras políticas, ni el poder, ni el presupuesto para asegurar el crecimiento ordenado de la Eurozona, especialmente en momentos singulares.

Pero en España tampoco vimos cómo estábamos fraguando una crisis tan profunda, colocando al país en un nivel de endeudamiento histórico, destruyendo su capacidad competitiva, sin tener las herramientas de política, monetaria y fiscal que habíamos cedido y necesitábamos. Al mismo tiempo lo peor de nuestras instituciones se hace norma de funcionamiento. La entrada masiva de recursos, alimenta un boom inmobiliario que no se corta y que hincha los presupuestos públicos vía impuestos, al tiempo que deteriora los balances de las entidades financieras, especialmente de las cajas de ahorros.

A los errores de dejar fraguar la crisis nuestra respuesta a la misma fue simplemente contraproducente. Ante una crisis de confianza por exceso de endeudamiento externo del país, no del sector público, alimentamos el consumo, la importación y la inflación en plena pérdida de competitividad y empleo. Ningún país, ninguna empresa, ninguna familia que pierde el crédito por exceso de deuda, gasta más para recuperar la confianza. Toca realizar un ajuste y retornar a la competitividad. Nuestro país es uno de los que tiene mayor deuda neta externa. Prácticamente una vez nuestro PIB. Es cierto que una parte importante de la deuda total ha financiado la expansión de nuestras empresas en el exterior, otra parte está en las infraestructuras que hace más competitiva nuestra economía, pero también hemos financiado un exceso de consumo, público y privado.

Al problema de la deuda se suman problemas mal resueltos en el tiempo. Cuando todo el mundo aprovecha la crisis para sanear su sistema financiero, nosotros perdemos el tiempo y entramos en su resolución tarde, mal y con un coste de imagen desproporcionado. Tardamos en corregir el crecimiento desaforado del sector público con un déficit coyuntural consecuencia de la crisis que se suma al estructural mal financiado. En definitiva, no supimos gestionar la incorporación al euro y la entrada masiva de capitales, pero tampoco acertamos en controlar la crisis y poner en marcha rápidamente los ajustes necesarios.

Pero si no supimos gestionar la economía fijándonos en la balanza por cuenta corriente, hoy su saldo es positivo, por primera vez. Esto marca la recuperación de nuestra economía y la salida de la crisis. Gestionar la economía fijándonos en este parámetro significa decisiones estratégicas de enorme trascendencia. Significa hacer básicamente a la empresa española más competitiva, reduciendo el coste de los factores, no sólo el coste laboral, sino también el de la energía, el capital y los impuestos. Significa menos burocracia, menos regulación, menos impuestos al trabajo y al ahorro o la inversión. Mayores impuestos al consumo. Implica flexibilidad laboral en línea con lo que se está haciendo. Representa estructurar un apoyo decidido a la internacionalización de las empresas a la investigación y a la formación.

Pero hay un planteamiento sutil. Si en su día gestionar basándonos en las cuentas públicas no fue lo acertado, hoy podríamos jugar con el déficit, hasta donde nos dejen los mercados, sin perder la confianza y sin incrementar el coste de financiación pero defendiendo el superávit en la balanza por cuenta corriente. Países con mayor déficit y deuda púbica que nosotros tienen mejores rating y condiciones, pero tienen menos deuda neta externa. Se autofinancian, fomentan el ahorro, tienen superávit externo, fomentan la exportación y reducen las importaciones, especialmente las no productivas.

A pesar de estar en una unión monetaria más amplia, la balanza por cuenta corriente nos pasa su factura y tenemos que aprovechar las pocas herramientas de que disponemos. Si España hubiera gestionado su economía fijándose en su balanza por cuenta corriente, nos hubiéramos evitado un millón de casas, un crecimiento descontrolado de la población y unas cifras de endeudamiento que casi nos lleva al rescate. Sólo aquellas políticas que hacen a nuestra economía y a nuestras empresas más competitivas, pueden asegurar el crecimiento futuro y el empleo. Sólo la recuperación de esa confianza internacional asegura la creación de puestos de trabajo de manera sostenida y a largo plazo.

Baldomero Falcones es empresario.

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