Los espectros optimistas de otros Davos

Esta es la tercera cumbre de Davos después del Gran Crash de Occidente, y ahora empezamos a ver dónde nos encontramos. No estamos ante el completo fracaso del capitalismo democrático y liberal que algunos temían durante la dramática reunión celebrada aquí a principios de 2009, pero tampoco ante la gran reforma del capitalismo occidental, que era la ferviente esperanza de aquel Davos.

El capitalismo occidental sobrevive, pero renqueante, herido, con una pesada carga de deuda, desigualdades, demografía, infraestructuras olvidadas, malestar social y expectativas utópicas. Mientras tanto, están tomando la delantera otros tipos de capitalismo -chino, indio, ruso, brasileño- que explotan las ventajas de su atraso y traducen rápidamente su dinamismo económico en poder político. ¿El resultado? No un mundo unipolar, tendente hacia un único modelo de capitalismo democrático liberal, sino un mundo sin polos, que se diversifica en muchas versiones nacionales diferentes, y a menudo antidemocráticas, de capitalismo. No un nuevo orden mundial sino un nuevo desorden mundial. Un mundo caleidoscópico e inestable, fragmentado, recalentado y preñado de conflictos futuros.

Esto no estaba previsto. ¿Recuerdan el triunfalismo liberal de los años noventa, cuando parecía que todos los viejos adversarios de Occidente habían sido derrotados? Incluso Rusia y China estaban pasándose al capitalismo, y seguro que eso, con el tiempo, acabaría empujando los dos países a la democracia. “Las grandes luchas del siglo XX entre la libertad y el totalitarismo terminaron con una victoria decisiva de las fuerzas de la libertad y un único modelo sostenible de éxito nacional: libertad, democracia y libre empresa. En el siglo XXI, solo los países que se comprometan a proteger los derechos humanos esenciales y garantizar la libertad política y económica serán capaces de aprovechar al máximo las capacidades de sus habitantes y garantizar su futura prosperidad”. Estas eran las palabras con las que comenzaba el texto de la estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos, aprobada por el presidente George W. Bush en 2002. Tal vez a largo plazo esas palabras acaben siendo ciertas. Tal vez dentro de 50 años volvamos a ellas y digamos: sí, al final, era verdad que la prosperidad y el poder de una nación no podían separarse del respeto a los derechos humanos y las libertades políticas. Francamente, espero que así sea. Ahora bien, como internacionalista liberal que cree profundamente en la libertad y los derechos humanos y compartió en cierta medida la euforia liberal de los años noventa -aunque nunca la arrogante afirmación de que no había más que “un único modelo sostenible”-, tengo que decir que no es esa la impresión que tengo en 2011.Por un lado, esto se debe a que Occidente ha despilfarrado su victoria de finales del siglo XX. Como sucede tantas veces en la historia, la arrogancia fue seguida de un justo castigo. A pesar de la retórica del presidente Obama en su discurso sobre el estado de la Unión de hace unos días, impulsar las reformas que propone a través del disfuncional sistema político estadounidense es una tarea llena de tremendas dificultades. Y tampoco podemos ser más optimistas sobre las perspectivas de reforma en Europa: habría que ser el doctor Pangloss de Voltaire o algo parecido.

Por otro lado, los países de fuera del Occidente histórico han descubierto combinaciones impensables en la filosofía triunfalista liberal de los años noventa. Conjugan el dinamismo de las economías de mercado con el Gobierno en manos de un solo partido o una sola familia, la propiedad estatal o híbrida de las empresas, una corrupción masiva y el desprecio al imperio de la ley.

Un purista del capitalismo liberal dirá: “¡Pero eso no es capitalismo!”, igual que un musulmán liberal podría decir: “¡Pero lo que predica Al Qaeda no es el verdadero islam!”, pese a que el islam tiene algo que ver con ello; y el capitalismo tiene algo que ver con los increíbles índices de crecimiento económico y acumulación de capital que están convirtiendo ya a China en una nueva superpotencia. En contra de lo que se suponía en los años noventa, resulta que es posible estar medio embarazada.

Este es un elemento importante de la “nueva realidad” que constituye el tema de la reunión del Foro Económico Mundial de este año. Su programa tiene el optimista título de Unas normas comunes para la nueva realidad. Ojalá. Pero Yan Xuetong, un interesante analista chino especializado en relaciones internacionales, sostiene que las potencias emergentes, como es natural, llegan con sus propias reglas e intentan propagarlas lo más que pueden. Y tiene algo de razón. ¿Están China y Rusia, o incluso India y Brasil, más o menos dispuestos a adoptar las normas de Occidente que hace 10 años? Menos. ¿Están los países del hemisferio sur más o menos indecisos entre las normas occidentales y las chinas que hace 10 años? Más.

Desde mi posición de internacionalista liberal, creo que aun así deberíamos tratar de encontrar unas “normas comunes para la nueva realidad”. Pero empecemos por ser conscientes de que una de las características fundamentales de esta nueva realidad es, precisamente, que existen diversas normas. Las autoridades chinas no tienen por qué pensar que deben hacer las cosas como decimos nosotros. Es más, seguramente estarían muy a gusto en un mundo en el que Estados Unidos, China y Europa hiciesen las cosas cada uno a su manera dentro de sus propias fronteras y, hasta cierto punto -aquí es donde las cosas se vuelven confusas y peligrosas-, en sus esferas de influencia. Por cierto, así es como Samuel Huntington pensaba que podía evitarse su “choque de civilizaciones”.

Las “normas comunes” se limitarían, pues, a una serie de reglas mínimas para el orden internacional: comercio, tráfico aéreo, etcétera, y tendrían que dar por supuesto el respeto a la soberanía nacional, en especial la de las grandes potencias. Por tanto, una de las discrepancias fundamentales de nuestro tiempo es precisamente cuántas normas comunes necesitamos.

¿Qué supone esto para los habitantes de países que sí tienen unas versiones más o menos liberales y democráticas del capitalismo? (Y también entre ellos existen enormes variantes; no hay más que ver Italia y Hungría. O los grandes bancos británicos, en teoría privados, que hoy son propiedad del Estado. Ese “único modelo sostenible” siempre fue una doble mentira: no era ni único ni sostenible). Sobre todo, significa dos cosas.

Lo primero que debemos hacer es ordenar nuestros propios asuntos. El médico debe empezar por curarse a sí mismo. Las medidas más importantes que podemos tomar para mejorar nuestra influencia en el mundo son las que emprendamos en nuestros propios países. Llevamos decenios viviendo con un paradigma de progreso según el cual cada generación iba a vivir mejor que la anterior. Ahora va a ser difícil conseguir que nuestros hijos no tengan una vida menos próspera, menos segura y menos libre que la que hemos tenido nosotros.

En segundo lugar, es probable que tengamos que rebajar -al menos por ahora- nuestras expectativas respecto a esas “normas comunes” del orden internacional liberal. Eso quiere decir tomar decisiones difíciles. ¿Ponemos el deber de preservar la paz, en el sentido básico de no tener una gran guerra entre Estados, por encima de todo lo demás? ¿O invertir el calentamiento global? ¿O mantener abiertas las rutas del comercio y las finanzas internacionales? ¿O alzar la voz en defensa de los derechos humanos? Por supuesto, queremos todas estas cosas, y todas están, en cierta medida, relacionadas entre sí. Pero no tenemos más remedio que adaptarnos a las circunstancias.

Si este panorama resulta deprimente, les ofrezco un motivo de optimismo. Las previsiones de Davos hace tres años, tanto las esperanzas como los temores, parecen ya muy poco realistas. Las de hace 10 años parecen pertenecer a otro mundo; las de hace 25 años, casi a otro universo. La historia está llena de sorpresas, y a quien más sorprende siempre es a los historiadores.

Por Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford e investigador titular en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford. Su último libro es Facts are Subversive: Political Writing from a Decade Without a Name. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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