Los espíritus del 12 de febrero

¡Qué ironías del destino y qué desconocimiento de nuestra historia contemporánea por parte de quienes mejor deberían conocerla! El domingo 12 de febrero de 2017 cuando Mariano Rajoy y Pablo Iglesias clausuren de manera simultánea y poco menos que simétrica los congresos aclamatorios del PP y Podemos, se cumplirán 43 años del famoso discurso de Arias Navarro ante las Cortes franquistas que suscitó baldías esperanzas de apertura dentro del Régimen. ¿Es que no había otra fecha en el calendario para evitar evocaciones embarazosas?

El llamado “espíritu del 12 de febrero” resultó a la postre la más efímera producción de la fantasmagoría política de la Dictadura; pero sirvió también de piedra de toque de la incapacidad de la oposición rupturista para derribarla. Ya que han elegido libre y atolondradamente ese día para cerrar sus respectivos cónclaves, esperemos que los hoy paladines del inmovilismo y la revolución aprendan al menos alguna lección póstuma de lo ocurrido en 1974.

los-espiritus-del-12-de-febreroCon la misma voz trémula que emplearía veinte meses después para comunicar la muerte de Franco, el jefe del Gobierno que había sustituido al asesinado Carrero Blanco, sorprendió a propios y extraños anunciando medidas liberalizadoras y una Ley de Asociaciones Políticas. Aunque Arias Navarro era franquista hasta la médula y, según sus palabras cargadas de ortodoxia, sólo pretendía dar cauce a la “ordenada concurrencia de criterios, conforme a los principios y normas de nuestras leyes fundamentales”, la expectativa de que ese fuera el portón por el que se colaran, debidamente camuflados, los partidos políticos movilizó enseguida a la prensa nacional e internacional.

Las imágenes de TVE de aquel pleno de las Cortes reflejan sin embargo la hosca acogida que mereció el plan entre procuradores tan representativos del “búnker” cercano al Pardo como Girón de Velasco o el general Iniesta Cano. Los meses siguientes sirvieron de escenario a un duro pulso entre la política permisiva en diarios y revistas –destape incluido- del ministro de Información Pío Cabanillas y ese sector involucionista en el que también destacaban Blas Piñar y el ministro del Movimiento Utrera Molina.

Protegidos por el presidente de las Cortes Rodríguez de Valcárcel y la propia doña Carmen, los halcones marcaron la agenda en episodios como la ejecución por garrote vil del anarquista Puig Antich, la destitución del general Díez Alegría como Jefe de Estado Mayor por su osadía de visitar la Rumania comunista o el arresto domiciliario del obispo Añoveros tras su sermón en favor de los derechos del pueblo vasco.

El gesto de Pío Cabanillas agitando una barretina en señal de reconocimiento de la identidad catalana tenía en ese contexto un sentido tan voluntarista y vano como el titular que lo acompañaba en la portada del Abc: “Fin del dirigismo estatal”.

La primera enfermedad de Franco y su cesión de las funciones de Jefe del Estado al príncipe Juan Carlos dio inesperadamente alas a los partidarios de la apertura. Reformistas como Fraga, democristianos como Silva Muñoz o azules como Adolfo Suárez preparaban ya sus asociaciones políticas.

Todo saltó por los aires el 13 de septiembre con el atentado de la cafetería Rolando en el que murieron 13 personas junto a la emblemática Dirección General de Seguridad. Tras el asesinato de Carrero, ETA volvía a golpear en el corazón del Régimen, esta vez con la colaboración de una red de apoyo en la capital, mucho más próxima al Partido Comunista que al nacionalismo vasco.

No resultó difícil convencer a Franco, que acababa de reasumir precipitadamente sus poderes, de la necesidad de yugular la experiencia aperturista. El propio Arias Navarro fue abucheado en los Jerónimos por los ultras al grito de “¡Arias mantequilla!”.

Yo acababa de volver de mi año en los Estados Unidos, impregnado por la experiencia del caso Watergate, y recuerdo la perplejidad que me produjo contemplar cómo los periodistas más acreditados del momento –Aguilar, Ysart, Pepe Oneto- aplaudían en cambio en la escalinata de la iglesia al tambaleante jefe del Gobierno, como quien trata de preservar un mal menor.

La suerte estaba echada. La determinación reformista del presidente se derritió como esa mantequilla de marca homónima. Arias Navarro entregó la cabeza de Cabanillas a finales de octubre. La destitución tuvo como secuela las sonadas dimisiones del ministro de Hacienda Barrera de Irimo y el presidente del INI Fernández Ordóñez.

Al final el proyecto de ley de Asociaciones Políticas terminó siendo un ridículo ratón, fruto del parto de los montes. Permitía demasiado poco y llegaba demasiado tarde. Ningún grupo importante llegó a utilizar ese cauce. El franquismo había perdido su última oportunidad de perpetuarse mediante la modernización de sus estructuras.

Pero tampoco los partidarios de la ruptura consiguieron su propósito. Ni los que lo intentaron por la buenas como la Junta Democrática, ni los que lo hicieron por las malas como la propia ETA, el FRAP o el GRAPO. La escalada acción-represión que culminó con los fusilamientos de septiembre del 75 no desembocó en el anhelado levantamiento popular contra la dictadura sino en la inhibición reprobatoria de la inmensa mayoría. Franco no solo murió en la cama sino que, a diferencia de Fidel Castro, lo hizo en pleno ejercicio del poder.

Los hijos de la España del desarrollo no querían la esclerosis del búnker pero tampoco el salto en el vacío de la incertidumbre. Santiago Carrillo tendría que comerse pronto sus palabras cuando pronosticó que “Juan Carlos sería todo lo más rey durante algunos meses”. Pablo Iglesias criticaba esta misma semana el entreguismo del líder comunista en una interesante “vuelta de tuerka” con la biógrafa de Juan Carlos Rebeca Quintans; pero al PCE no le quedó otra que integrarse en la Monarquía Constitucional y el penúltimo Borbón aún seguiría sobreviviendo en la Zarzuela al líder comunista si no se hubiera cruzado en su camino una rubia a lomos de un elefante.

Lo que Arias Navarro no se atrevió a hacer en vida del dictador, lo hizo Adolfo Suárez a su muerte. Cuarenta años después del estallido de la guerra civil España emprendió la ejemplar senda de la reforma política que terminó vertebrando un proceso constituyente. Otros cuarenta años más tarde esa receta vuelve a ser urgente y necesaria, por muy distintas que sean las circunstancias, pues en 2016 resulta tan patente, como lo era en 1976, que las reglas del juego político son inadecuadas para encauzar los grandes problemas nacionales.

Aunque no hubiera elegido el 12 de febrero para perpetuarse por aclamación en el liderazgo del PP que le otorgó hace trece años el dedazo de Aznar, sería pertinente homologar el conformismo de Rajoy con el de Arias Navarro. Incluso podría decirse que aquel epítome del tardofranquismo era más audaz que este manatí amodorrado en la costanera de la impasibilidad al frente de su rebaño de vacas marinas.

De hecho en el Congreso a la búlgara que culminará el próximo 12 de febrero, sin primarias de puertas adentro ni propuesta de reforma constitucional de puertas afuera, no se augura otro “espíritu” sino el de la fosilización política.

Precisamente por eso ha elegido Pablo Iglesias la misma fecha para escenificar el choque frontal de las dos Españas, dispuesto a rectificar el pragmatismo de Carrillo y jugar al mismo todo o nada que los adalides de la ruptura de hace medio siglo, machacando de paso a los mencheviques errejonistas.

Su boicot a la recepción del martes en el Congreso adquiría de hecho su razón de ser en la estolidez de un Rajoy capaz de anunciar que no iniciará la reforma de la Constitución hasta que no esté pactado su final. Si Abril Martorell y Alfonso Guerra hubieran seguido esa regla de tres, todavía estaríamos comiéndonos los mocos del bloqueo político. Solo se acaba lo que se empieza y por eso la huella reformista de Rajoy, dure lo que dure en el sillón, oscilará entre lo indiscernible y lo irrelevante.

Entre las ocurrencias de pasillos del jefe del Gobierno en este 6 de diciembre destaca el requisito adicional de que cualquier modificación constitucional tenga el mismo nivel de consenso del 78. O sea que no sólo la apoyen partidos reformistas como Ciudadanos y el PSOE sino fuerzas rupturistas como Podemos o los separatistas catalanes. Eso significa convertir en la práctica a Pablo Iglesias en garantía de que no se hará nada, a cambio de alentar su quimera de que algún día se desmoronará todo, empezando claro está por el anacronismo monárquico.

He escrito “quimera” dejándome llevar por la perspectiva rutinaria de que la Unión Europea es un marco de estabilidad -como si no estuviera en marcha el brexit, como si el razonable Renzi no hubiera sido derrotado, como si Le Pen no rozara ya el cielo tricolor- y de que antes o después la vía reformista se abrirá camino entre nosotros. O sea dando por hecho que si este 12 de febrero resulta tan estéril como el del 74, habrá como entonces una nueva oportunidad cuando el testigo del poder cambie de manos, quien sabe si mediante un nuevo pacto del Abrazo.

Pero las historias de la Historia no siempre terminan bien y tenemos ya a la vuelta de la esquina el centenario de aquel gran cataclismo fruto de la incapacidad de regeneración de un régimen anquilosado en su podredumbre. Pocas citas son de hecho tan elocuentes de la incubación de una tormenta, mediante la destrucción del centro político, como la del último ministro de Justicia del Zar, de apellido poco menos que impronunciable, ya entrado 1915.

“Los paralíticos del Gobierno luchan de manera débil e irresoluta, como si carecieran de voluntad, contra los epilépticos de la revolución”, escribió Ivan Shcheglovitov. No se trata de que recordemos su nombre pero sí su fatídica ecuación.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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