Los estadios de fútbol, el ágora de nuestros días

Por Manuel Mandianes, escritor, antropólogo del CSIC y autor del blog Diario nihilista (EL MUNDO, 01/07/08):

El final de la Eurocopa y la victoria de la selección española hace de éste un momento oportuno para reflexionar sobre la estrecha relación que siempre ha habido entre el fútbol y la política. Muchos hombres inmensamente ricos pero envueltos en el anonimato dan el salto al mundo del fútbol para darse a conocer. De hecho, buena parte de los presidentes de los grandes clubes son hombres dedicados a la empresa, con dinero y poder pero que hasta ayer eran perfectamente desconocidos del gran público. De la noche a la mañana, el fútbol los convierte en pasto de tertulias, de charlas de café y en alimento de cientos de páginas de periódicos.

Hay hombres más o menos conocidos que utilizan el fútbol como trampolín para dar el salto a la política. «¿Va a aprovechar el Barça como plataforma para su lanzamiento político?», se preguntaba la gente a propósito de las posibles intenciones de Laporta cuando éste llegó a la presidencia del Barça. Y lo cierto es que antes que del estado físico de los futbolistas y de su rendimiento en el campo cuando asumió el cargo, Laporta se preocupó de que los futbolistas hablaran catalán.

En Cataluña siempre se dice que los políticos de Madrid hacen todo lo posible por servirse del equipo blanco de la capital del reino. Por su parte, los políticos catalanes siempre han perseguido controlar el Barça. Finalmente fue Convergència el partido que logró colocar a uno de los suyos en la presidencia del club azulgrana.

En el pasado no muy lejano, Núñez invitaba a los políticos al palco del Camp Nou, pero nunca les dejó meter baza en el Barça. «El presidente tiene la obligación de vigilar por la independencia del club, que pertenece a los socios y éstos son de todos los partidos políticos habidos y por haber pero…», decía.

Muchos españoles no conocen el nombre de todos los ministros y aún aquellos que los conocen, con frecuencia no saben con qué cartera cargan. Pero es difícil encontrar un español medianamente informado que no sepa cómo se llama el presidente del Real Madrid, el del Barça o el de cualquier gran club o de uno más modesto pero que por la razón que sea esté de moda. «Ser presidente del Barça es más que ser ministro…», dijo en una ocasión un presidente del club de la Ciudad Condal.

A Laporta quieren hacerle un voto de censura no sólo por la gestión deportiva que algunos consideran nefasta. El público no olvida sus gestos proteicos y prosaicos que protagonizó en el aeropuerto del Prat. «Nos dejó a todos en muy mal lugar», dijo un socio. «Cuando debería haberse comportado como un señor se comportó como un barriobajero». Además, sacrificó a su cuñado por miedo a que los nacionalistas lo tildaran de franquista como a aquél.

Laporta, presidente del Barça, al utilizar su puesto como una plataforma para predicar el nacionalismo, vino a dar razón plena a los emigrantes que detestan el Barça por llevar la contraria al nacionalismo catalán.

Los inmigrantes españoles de la primera generación en Cataluña utilizan la oposición al Barça para mostrar su disconformidad y su oposición a la política de los nacionalistas radicales. Los nacionalistas periféricos acusan a los seguidores del Real Madrid de centralistas. En todo caso, los seguidores de ambos clubs los utilizan como soportes simbólicos para vehicular ideas y posiciones políticas.

En Barcelona, cuando el adversario marca un gol al Real Madrid, los culés disparan cohetes o estallan petardos desde las ventanas o en la calle; cuando se lo marcan al Barça hacen lo mismo los seguidores del equipo blanco. Todos aprovechan la ocasión para manifestar su posición frente a una realidad política.

Por el contrario, los de segunda generación son acérrimos seguidores del Barça aunque nunca vayan al campo a verlo jugar. En esto ocurre como ocurría en tiempos de Franco con los hijos de los guardias civiles, nacidos en Cataluña o en el País vasco, que solían ser antifranquistas, revolucionarios y nacionalistas radicales; tenían necesidad de hacerse perdonar ser hijos de un cuerpo represivo contra el nacionalismo y sus símbolos

Los inmigrantes extranjeros, aunque no suelen ir al campo a presenciar en directo los partidos ni en su mayoría compran periódicos deportivos, cuando tienen ocasión gritan con los fans del Barça a favor de su equipo y en contra del Real Madrid, o viceversa, para dar pruebas de su voluntad de identificarse con las preocupaciones del país que los acoge.

«El Real Madrid fue un estandarte fascista», dicen los nacionalistas periféricos. El interés de los nacionalistas por las selecciones de fútbol no tiene mucho o nada que ver con el deporte. Es pura estrategia política. Desde el tiempo de los romanos, se vienen utilizando los espectáculos como distracción del pueblo. Modernamente, sigue haciéndose, especialmente en tiempos de crisis. «Al pueblo pan y circo», decían los romanos.

Los progres de antaño acusaban al régimen franquista de utilizar el fútbol como opio del pueblo. ¿Se han preguntado los mismos o sus herederos que hacen los gobiernos de hoy con los espectáculos y en concreto con el fútbol?

Las raíces de la violencia en este deporte nacen en recovecos profundos de la sociedad (The roots of Football Hooliganisme de J. Williams). La obligación de ganar a cualquier precio que suele imponerse en los partidos con tintes políticos nacionalistas no ha de ser relegada al olvido. De hecho, cuando hay partidos internacionales en el Camp Nou, los catalanistas reparten con frecuencia panfletos u octavillas a quienes van a entrar al campo con esta inscripción: Catalunya is no Spain.

Los estados envían embajadas completas a los partidos internacionales, como hemos podido comprobar estos últimos días. Igualmente, las autoridades autonómicas acompañan a sus equipos en partidos decisivos para el campeonato de liga o de competiciones internacionales. Muchos políticos que detestaban el fútbol y en su día lo consideraron el opio del pueblo hoy lo utilizan como escaparate.

Los palcos de los estadios se han convertido en lugares de negocios. Allí no se firma nada pero se prepara el terreno para lo que sea. «En mi despacho se firmaron varios negocios de millones de euros que se habían fraguado en el palco presidencial de un campo de fútbol», oí recientemente a un notario. Los presidentes de los clubs de fútbol no cobran, pero es evidente que tienen mucha influencia.

Los futbolistas son recibidos por grandes dignatarios políticos. He escuchado decir a un político: «No se puede cruzar con ellos ni dos palabras pero atraen la atención de todos los focos». Y los políticos, como los hombres de la publicidad, saben que tiene más impacto ver a las estrellas de fútbol envueltas en banderas, nacionalistas u otras, en cualquier parte del mundo que un millar de discursos. Los políticos tienen buen cuidado de no permitir que un día de elecciones coincida con un importante partido de fútbol porque saben que el partido tiene mucha más fuerza que la motivación política.

El campo de fútbol es un ágora. Un partido de fútbol es la reunión de circunstancias que dan sentido, que conectan y fundan las relaciones del mundo. La opinión del ministro de turno que está en el palco junto a un presidente tiene el mismo valor que la del obrero que está sentado en la última grada perdido entre la multitud anónima.