Los Estados Unidos, China y la paradoja de la productividad

A finales del decenio de 1980, hubo un debate intenso sobre la llamada paradoja de la productividad; cuando inversiones enormes en tecnología de la información (TI) no estaban logrando mejoras apreciables en materia de productividad. Dicha paradoja está de vuelta y plantea un problema tanto a los Estados Unidos como a China que puede plantearse en su Diálogo Económico y Estratégico anual.

En 1987, el premio Nobel Robert Solow expresó su famosa broma: “Se ve la era de las computadoras por doquier, excepto en las estadísticas de productividad.” La paradoja de la productividad pareció resuelta en el decenio de 1990, cuando los Estados Unidos experimentaron un renacimiento espectacular de la productividad. El aumento anual de la productividad en la economía, exceptuado el sector agrícola, se aceleró hasta el 2,5 por ciento de 1991 a 2007, frente a la tendencia del 1,5 por ciento en los quince años anteriores. Los beneficios de la era de Internet se materializaron por fin. La preocupación por la paradoja prácticamente desapareció.

Pero parece que la celebración había sido prematura. Pese a otra revolución tecnológica, el aumento de la productividad ha vuelto a hundirse y esta vez el bajón es de alcance mundial, pues afecta a las dos mayores economías del mundo –los EE.UU. y China– más que a todas las demás.

En los cinco últimos años, de 2010 a 2014, el aumento anual de la productividad en los EE.UU. ha bajado hasta el 0,9 por ciento por término medio. En realidad, ha bajado a una tasa anual de 2,6 por ciento en los dos trimestres más recientes (el último de 2014 y el primero de 2015). Exceptuando una importante revisión de los datos, el renacimiento de la productividad en los Estados Unidos parece haber topado con graves dificultades.

China está presenciando una tónica similar. Aunque el Gobierno no publica estadísticas periódicas de la productividad, el problema es real: el aumento del empleo urbano total ha sido constante, unos 13,2 millones de trabajadores al año desde 2013, muy superior a la tasa de aumento de diez millones fijada por el Gobierno. Además, las contrataciones parecen mantenerse a ese rápido ritmo a comienzos de 2015.

Al mismo tiempo, el aumento de la producción se ha aminorado del diez por ciento de tendencia en el período de 33 años que concluyó en 2011 a siete por ciento en la actualidad. Esa reducción, frente a una rápida y sostenida creación de puestos de trabajo, entraña una innegable desaceleración de la productividad.

En eso estriba la paradoja más reciente. Como ahora las tecnologías revolucionarias son el motor de la creación de nuevos mercados (medios de comunicación digitales y dispositivos informáticos corporales), servicios (gestión de la energía y secuenciación del ADN), productos (teléfonos inteligentes y robótica) y empresas tecnológicas (Alibaba y Apple), no cabe duda de que la productividad ha de estar aumentando en gran medida. Como podría decir Solow hoy, el “Internet de Todo” está en todas partes, excepto en las estadísticas de productividad.

Pero, ¿de verdad hay una paradoja? Robert Gordon, de la Universidad Northwestern, ha sostenido que las innovaciones en materia de TI y de Internet, como la elaboración de datos automatizada y a gran velocidad y el comercio electrónico resultan muy inferiores en comparación con los avances de la Revolución Industrial, incluidos el motor de vapor, la electricidad y las instalaciones sanitarias domésticas. Afirma que, aunque esas innovaciones produjeron transformaciones espectaculares de las más importantes economías avanzadas –como, por ejemplo, una mayor participación de las mujeres en la fuerza laboral, una mayor velocidad del transporte, la urbanización y el control normalizado de la temperatura–, esos cambios serán muy difíciles de reproducir.

De hecho, por mucho que nos encanten las revolucionarias tecnologías actuales –lo digo mientras contemplo mi nuevo y elegante reloj de Apple–, comparto el argumento de Gordon. Si hemos de aceptar las cifras de la productividad en los EE.UU. –una tendencia persistentemente lenta interrumpida por una aceleración de 16 años que ahora parece haberse apagado–, es posible que lo único que los Estados Unidos hayan logrado hayan sido mejoras en la eficiencia de transición relacionadas con el paso de una  plataforma tecnológica a otra gracias a la TI.

Los optimistas sostienen que las estadísticas oficiales no recogen las marcadas mejoras de la calidad de la vida, que pueden ser ciertas, sobre todo a la luz de avances prometedores en materia de biotecnología y enseñanza en línea, pero con ello se pasa por alto un aspecto mucho más importante de la crítica sobre la mensurabilidad de la tecnología: el de no tener suficientemente en cuenta el tiempo de trabajo relacionado con la utilización generalizada de dispositivos de información portátiles.

En los EE.UU., la Oficina de Estadísticas Laborales calcula que la duración del trabajo semanal se ha mantenido constante, por término medio, en unas 34 horas desde el advenimiento de la red Internet hace dos decenios. Sin embargo, nada podía estar más alejado de la verdad: los trabajadores del conocimiento no paran fuera de la oficina tradicional, consultando su correo electrónico, actualizando hojas de cálculo, escribiendo informes y participando en sesiones colectivas de intercambio de ideas. De hecho, los trabajadores del conocimiento en oficinas –es decir, la mayoría de los trabajadores en las economías avanzadas– están ahora atados a sus lugares de trabajo esencialmente 24 horas al día, siete días a la semana, realidad que no se refleja en las estadísticas oficiales.

El aumento de la productividad no se refiere a trabajar durante más tiempo, sino a una mayor producción por unidad de insumo laboral. Cualquier medición insuficiente de la producción resulta muy inferior en comparación con la de las horas de trabajo con ayuda de la TI.

La desaceleración del aumento de la productividad en China probablemente no sea tan grave. Es una extensión de la naciente transformación estructural de la economía china, al pasar de la manufactura con gran densidad de capital a los servicios con gran densidad de mano de obra. De hecho, hasta 2013 no superaron los servicios a la manufactura y la construcción como mayor sector de la economía. Ahora el desfase está ampliándose y es probable que continúe. Como el sector chino de los servicios requiere un 30 por ciento más de trabajadores por unidad de producción que la manufactura y la construcción juntas, la reequilibración estructural de la economía está trasladando ahora el crecimiento al sector de los servicios, con menor productividad, de China.

China tiene tiempo antes de que llegue a ser un problema. Como observa Gordon, ha habido dividendos de productividad muy duraderos relacionados con la urbanización, tendencia que podría continuar en China durante al menos otro decenio, pero llegará un momento en el que cese el viento de cola y China empiece a converger en la llamada frontera de las economías avanzadas.

En ese momento, China afrontará los mismos problemas en materia de productividad que los Estados Unidos y otros países. Al haber centrado la atención las autoridades chinas en el crecimiento impulsado por la innovación, parecen haber reconocido ese riesgo. Sin innovaciones potentes, la de sostener el aumento de la productividad será una batalla muy ardua. El reciente paso de China a una trayectoria de menor productividad es un aviso temprano de la que muy bien podría ser una de sus dificultades económicas más ingentes.

No se puede prescindir del decisivo papel que desempeña el aumento de la productividad en los resultados económicos de cualquier país. Sin embargo, en el caso de las economías avanzadas los períodos de aumento rápido y sostenido de la productividad han sido la excepción, no la regla. Las señales recientes de aminoración del aumento de la productividad tanto en los EE.UU. como en China subrayan esa realidad. Para un mundo que podría caer en un estancamiento persistente, se trata de una noticia preocuparte, por no decir algo peor.

Stephen S. Roach, former Chairman of Morgan Stanley Asia and the firm’s chief economist, is a senior fellow at Yale University’s Jackson Institute of Global Affairs and a senior lecturer at Yale’s School of Management. He is the author of the new book Unbalanced: The Codependency of America and China. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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