Los exilios no empezaron en el 39

También yo fui a Colliure. Despertó mi curiosidad el gran Manuel Alcántara que en «Ciudad de entonces» (1962) incluyó estos versos, presentes siempre en mi memoria: «En Colliure, sin que nadie la sembrara, / ha crecido una encina polvorienta, / en mitad de una brisa castellana. / Investiga el suceso gente experta».

Treinta y cuatro años después, el 12 de junio de 1996, pude conocer la tumba del poeta. ¿Cómo me va a parecer mal que el presidente del Gobierno rinda homenaje a don Antonio Machado y se conmueva, como yo, ante el triste final que para él supuso la guerra civil?

Lo que no me parece bien es que la visita pretenda conmemorar el ochenta aniversario del exilio republicano. Es un infantil intento de empañar la clara victoria que el 1 de abril de 1939 obtuvo uno de los dos bandos enfrentados en aquella dramática guerra, victoria que celebró con entusiasmo por lo menos la mitad de España y que recibió con alivio buena parte de la otra mitad.

Claro que hubo de ser muy dolorosa la persecución o la depuración de los vencidos y que muchos optaran por buscar fuera la seguridad que aquí se les negaba, pero miente quien sostenga que una victoria del bando contrario hubiera supuesto mayor magnanimidad o menor represión y se engaña también quien pretende que el exilio se inició en 1939. Por numeroso que fuera el que se produjo ese año, ya antes de esa fecha muchos otros españoles habían buscado refugio en el extranjero.

Se conoce la carta que en marzo de 1936 Pedro Salinas escribe a Jorge Guillén diciendo que se va a América para alejarse de «esta olla de grillos rabiosos, de este ambiente sembrado de odios y rencores en el que todo va ¡aún! a empeorar». Salinas no volvió y murió en Boston en 1951, pero es innegable que fue el Frente Popular quien le expulsó de España. Ortega y Pérez de Ayala salieron hacia el exilio bien pocos días después de iniciada la guerra. También huyó, en septiembre de 1936, la diputada Clara Campoamor, que temía por su vida. Marañón se fue en la Navidad de ese mismo año, escribiendo después que «el régimen de la España roja es absolutamente soviético y un hombre liberal nada tiene que hacer allí». El 2 de octubre llegó a París García Morente, que en su famosa conferencia en Montevideo, denunció que al Frente Popular le convenía presentarse como respetuoso del orden legal «cuya destrucción era el fin proclamado de las propagandas marxistas».

La esposa del historiador republicano Ramón Carande escribe en 1937: «¡Por fin salí del infierno de Madrid! ¡Qué pesadilla!». Juan Ramón Jiménez pidió a Azaña que le permitiera marchar porque en Madrid estaba en un peligro constante, del que le quiso proteger Alberti con comunistas armados. Si no basta el testimonio de todos estos notorios personajes para desmentir que se cumplan ahora los ochenta años del exilio, puede muy fácilmente añadirse el de los miles de ciudadanos anónimos que, perseguidos por ser gentes de orden, usar corbata, ir a la iglesia o estar suscritos al ABC, encontraron refugio en las Embajadas de Madrid y en los Consulados de Barcelona, hasta que lograron irse a otro país.

Considero incontestable que el horror de la guerra hizo que quienes éramos niños en los años cuarenta creciéramos en el rechazo de aquellas atrocidades y en el firme propósito del «nunca más» y algo tuvo que ver esa actitud con el éxito de la Transición y con el afán de concordia que se reflejó en la Constitución de 1978. No me canso de repetir que, cuando las circunstancias lo permitieron, fue el respeto mutuo lo que facilitó la reforma política y el entendimiento posterior que propició la Monarquía de todos. Como yo mismo dije ante el Pleno de las Cortes, teníamos que alumbrar «una situación definitiva de concordia nacional, una situación en la que no vuelvan a dividirnos las interpretaciones de nuestro pasado» y en la que el concepto de enemigo se sustituya por el de adversario. Las gentes de mi generación, de derecha, de izquierda o de centro, pueden proclamar con la cabeza muy alta que han procurado a los españoles cuarenta años de convivencia en libertad como nunca se habían conocido antes. Cualquier deseable perfeccionamiento se debería lograr con el mismo espíritu de comprensión de entonces.

Todavía existen miembros o herederos de las Españas que se fracturaron en 1936 y no sé los reproches que, en materia de reconciliación y desde que nos movemos en el terreno de la Constitución de 1978, los admiradores de la República falsamente idealizada pueden formular a quienes ganaron la guerra. Bien al contrario, es un hecho que la llamada Ley de Memoria Histórica, no en cuanto intenta la reparación de daños causados, sino en cuanto supone la descalificación revanchista del Régimen de Franco, ha generado odios retrospectivos que reabren los que estaban ya definitivamente superados. Se difunde entre los desinformados jóvenes la equiparación del Generalísimo Franco con Hitler y Mussolini, equiparación a la que no es ajeno el propio presidente del Gobierno, eludiendo que ninguno de éstos recibió a cuatro o cinco presidentes de los Estados Unidos, ni la amistosa visita del general De Gaulle, ni bendiciones pontificias, ni una despedida respetuosa, presidida por un lúcido Rey de nuestro tiempo que pudo edificar la democracia sobre cimientos que encontró ya hechos.

Ahora se insiste en eliminar la sepultura que a Franco le procuró la historia y se intenta reducir el problema de su inhumación a la tan natural como admirable resistencia de su familia. Tampoco esa reducción es cierta: hay todavía muchísimos ciudadanos que, estupefactos ante la pusilanimidad de sus representantes en el Parlamento, secundan a esa familia, porque no aceptan la falsedad oficial de que la tumba es un símbolo que separa a los españoles, como si la de Pablo Iglesias o las estatuas de Prieto o Largo Caballero fueran símbolos de unión. ¿A quién con sincero afán de concordia le perturba que permanezca cada uno en su lugar?

Cada vez están siendo más quienes, sin haber leído a Fidelino de Figueiredo e ignorando los esfuerzos de Jovellanos, Menéndez Pidal o Laín Entralgo para que los españoles superáramos la maldición de la discordia, parecen desear que recuperen vigencia el epitafio de Larra o el popularizado verso de Machado sobre las dos Españas. Yo prefiero que hagamos verdad el de Victoriano Crémer: «Te necesito, España, unánime y entera / como el clamor del viento sobre la mar inmensa. / No España tuya o mía, ¡España nuestra!».

Fernando Suárez González es miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

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