Los Festivales de la Memoria

Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 23/06/07):

Es una pena que hayan retirado de las pantallas una de las películas más interesantes y divertidas de cuantas he visto en los últimos meses. Me estoy refiriendo a 12.08. Al este de Bucarest,un filme rumano dirigido con talento y escasos medios por Corneliu Porumboiu, premiado y con razón en el festival de Cannes del año pasado. Hubiera sido de ayuda el que muchos de los lectores la hubiesen visto. Primero, porque habrían gozado de una hora y media de cine fresco y duro, que viene muy bien para nuestro cutis curtido, y también porque habría servido de base para un debate sobre la memoria. El filme trata de la caída mortal del dictador rumano Ceausescu y lo hace de un modo harto singular y sarcástico; la memoria de aquel momento histórico en una pequeña ciudad al este de la capital, Bucarest. ¿Fueron heroicos luchadores por la libertad o fueron oportunistas que salieron a la calle cuando el tirano ya había sido derribado? Una nada sutil frontera marcada por una hora inolvidable. Las 12.08, el momento del desplome de la dictadura. Si se manifestaron antes de las 12.08 fueron unos valientes, si lo hicieron después se comportaron en seguidistas, que se apuntaban al carro del vencedor. Si pueden, recuperen este filme gozoso y propónganlo a sus amigos para un visionado colectivo. A partir de él se puede aprender mucho de los comportamientos humanos y de la presunta memoria histórica.

¿Se han preguntado ustedes alguna vez cuánta gente vive en España, y no digamos ya en Catalunya, de algo tan virtual y volátil como la memoria histórica? La memoria histórica española se divide grosso modo en dos etapas. La pionera y voluntariosa, y la segunda e interminable, en la que estamos inmersos hasta el corvejón, y que apesta a impostura. La diferencia entre una y otra se detecta a simple vista; la primera se hizo por criterio personal y por asunción de un pasado que sin ser heroico tenía las marcas indelebles del orgullo.

La primera se caracteriza pues por la voluntad. La segunda, es el período de la memoria histórica subvencionada, la de los churriguerescos museos de historia diseñados por patriotas altos en calorías y bajos de neuronas reflexivas. La primera fue una necesidad de la razón y de la verdad, la segunda es en buena parte una inversión.

Acaban de fallecer, casi simultáneamente, dos representantes genuinos de la recuperación de nuestra memoria histórica. Por supuesto, de su primera parte, voluntariosa y arriesgada, cuando no existían las subvenciones y sí los riesgos. El primero fue José María Garmendia; a él se debe la primera Historia de ETA digna de tal nombre (dos volúmenes que se publicaron en 1979-80). Se lo llevó esta primavera un cáncer de laringe, después de que se le hubieran ido cayendo, pedazo a pedazo, todas las ilusiones de una vida de militante. Perteneció a una generación, quizá la última, que tuvo primero la ambición de hacer la historia – fue activista en ETA VI y siguió los sargazos del abertzalismo racional, una contradicción en los términos, que llevó a muchos a los lugares más insólitos, incluidos el alcoholismo y el sofá psicoanalítico-. Luego se resignó a escribir sobre aquella mierda de historia que se les había quebrado entre las manos. Llegó a catedrático en la universidad del País Vasco y dejó de producir cosas de fuste, limitándose a cumplir con tal o cual compromiso editorial, consciente de que unos cardaban la lana y otros llevaban la fama. Fuimos amigos, porque hay un período en la vida que apenas si cuenta otra cosa que las afinidades electivas; gentes con pasados un poco borrascosos y un mucho inexplicables.

La pregunta del millón de una generación cincuentona, a la altura del año 7 del siglo XXI, se reduce a algo tan simple como esto: ¿teníamos que haber hecho oposiciones o creer que era posible cambiar el mundo? O lo que es lo mismo, escoger entre ser listillos o ingenuos. Para una vez que fuimos cándidos, ¡manda cojones!, nos lo reprocharán toda la vida. Ese problema no lo tuvo Eduardo Pons Prades, el segundo y más prolífico de los representantes de la recuperación de la memoria histórica. Había nacido en el Barrio Chino, el distrito V de Barcelona, como escribía él con orgullo antes de que se inventaran esa cursilada de El Raval. Murió el otro día y aún se escucha el silencio de su muerte en toda Cataluña. ¿No hay nadie, fuera de las necrológicas de ocasión, que reivindique a este hombre entero, de una dignidad sin mácula, de una candidez de osado, de una humanidad para llenar enciclopedias? ¿Tendrá que hacerlo su mujer, Antonina Rodrigo, defendiendo la enésima causa perdida? Ahora que la evocación de las primeras elecciones democráticas, las de junio del 77, parecen aquello de «pío, pío, gorgorito», convendría acordarse de la figura de Pons Prades. Seamos discretos. No hay periódico ni periodista, ni en Catalunya ni fuera de ella, que sea capaz de reproducir fidedignamente y con escrupulosidad de notario, lo que se dijo, se hizo y se prometió el 15 de junio de 1977. Reto al más valiente a que lo intente. Nuestra capacidad de comprensión de los hechos del pasado tiene límites muy precisos. Rompimos los espejos el lunes 16 de junio de 1977 y desde entonces cuando echamos una ojeada atrás, siempre, siempre, nos falta azogue; estamos borrosos.

En ninguna parte de España, ni siquiera en el País Vasco por supuesto, la memoria histórica constituye el negocio que es en Catalunya. Una mina de la que viven un buen puñado de gente. Conociendo los talentos que produce este país, estoy seguro que más de uno pensará que esto es lógico porque Catalunya tiene más memoria histórica que cualquier otro lugar de España. Yse quedarán tan panchos. El pujolismo ejerció de psiquiatra para la inteligencia catalana; primero la hizo dependiente, luego la imbuyó en la creencia de que eran geniales – les quitó los complejos- y por fin los convirtió en una especie de colla castellera.Los 101 dálmatas de la literatura son una herencia pujoliana, pero jamás Jordi Pujol hubiera aprobado ese chiste de Pitarra; tenía muy claro su sentido del ridículo. ¡Patético, después de la Renaixença valerosa, y el Noucentisme brillante, unos años difíciles y helos ahí, la generación de los 101 dálmatas! Eso explica por qué la muerte de un hombre como Eduardo Pons Prades ha pasado desapercibida. Ninguneado en vida, qué otra cosa podía esperar a su muerte. Si al evocar su figura lo sitúo en las primeras elecciones de 1977 es porque apenas dos meses después ya tenía listo uno de los libros más audaces y orientativos de la recuperación de la memoria. Me estoy refiriendo a Guerrillas españolas. 1936-1960.

Al catalanismo de la memoria histórica le empieza a pasar lo que al PSUC en el comienzo de la transición: necesita una cura de realidad. Las subvenciones les impiden ver el bosque. Uno de sus representantes más genuinos de la reconversión del PSUC, facción Bandera Roja-contra el Reformismo – ¡la memoria histórica tiene su lado cómico!- ha escrito recientemente que en España, o en el Estado, como dicen los nacionalistas ahora usurpando la terminología leninista que nosotros les enseñamos, en mala hora, los «sentimientos identitarios diferentes se afirman como nacionales» (Borja de Riquer, dixit). Desternillante. ¿Qué es un sentimiento identitario que se afirma como nacional? Si volvemos a la idea de nación como sentimiento identitario estamos aún en el siglo XIX. ¡Vaya tropa, galoparon sobre Marx, Engels, Lenin, Stalin y el Mao de la Larga Marcha, por no decir sobre el Guevara internacionalista, y ahora se perfuman con Fichte! ¡Vaya tropa académica! De la revolución a la subvención, impunemente. Lo que quiero explicar es que todas estas masturbaciones mentales sobre la memoria histórica se resumen en algo muy sencillo. La adaptación de la memoria a la subvención del Estado – llámese gobierno central o autonómico- es la compensación económica para que los historiadores reescriban la historia en función del Gobierno de turno. Empezamos a tener un problema digno de los regímenes totalitarios, y es que el futuro siempre está ahí, impertérrito, esperándonos, pero el pasado no deja de cambiar. Cada aniversario, el pasado da una vuelta de tuerca y se convierte en otra cosa. Para nosotros cambia más el pasado que el presente. Por eso no estoy de acuerdo con la ley de la Memoria Histórica, porque es como dejar al Estado, o más precisamente, al gobierno de turno, véase Zapatero y sus muchachos hoy, mañana a Rajoy y los suyos, el establecimiento de una Memoria Histórica. No nos llamemos a engaño: la transición fue una agridulce derrota para los antifranquistas y una victoria delos franquistas que consideraban agotado el sistema, es decir, la inmensa mayoría, pero que no deseaban una ruptura. Y esa diferencia no es de matiz sino de concepción. ¿Cómo vamos a reivindicar ahora, treinta años después, el derecho a revisar el pasado? ¿Y que no perdimos, sino que fue una pausa? Eso se llama tocarle los cojones a la gente. No hay que olvidarse de nada, pero tampoco engañarse a uno mismo y pensar que porque se tiene la imprenta del Boletín Oficial y la bolsa del dinero podemos cambiar la historia. No hay ley de la Memoria Histórica que pueda borrar, recuperar, dignificar, subvencionar el dolor de una pelea perdida. Es lo que ocurre con los Festivales de la Memoria, que el espectáculo nos impide ver la evidencia. Nuestro pasado no quiere pasar. Por algo el lema más usado por unos y otros fueron el «No pasarán» y el chotis «Hemos pasao».