Los funerales de Eusébio

Los funerales del futbolista portugués Eusébio han sido dignos de un relato de Gabriel García Márquez. Durante horas, una muchedumbre inconsolable desfiló ante el féretro. A la estatua del jugador, que ya lo homenajeaba en vida, alguien le puso una corona de rey mago. Después la imagen se vio sumergida en un alud de bufandas, camisetas, estandartes. El día del entierro el ataúd se colocó en el centro del césped del Estádio da Luz, cubierto con la bandera del Benfica y sobre un catafalco dorado de iglesia barroca. Una multitud aplaudió el féretro, como si la muerte fuese un libre directo que entra por la escuadra. Dos días después, los partidos políticos se manifestaron unánimemente a favor del traslado de los restos mortales de Eusébio al panteón nacional lusitano, donde ya reposan cuatro presidentes de la república, cuatro insignes escritores, el general Humberto Delgado, asesinado por agentes del dictador Salazar, y la cantante de fado Amália Rodrigues.

Podemos pensar que todo esto son delirios deportivos. Porque, para el hincha, el balón es un planeta más del sistema solar. No obstante, a lo largo de estos homenajes, fue evidente la presencia del ciudadano de a pie. De ese tipo discreto que se persona en los rincones de los acontecimientos cuando quiere decir algo.

Para empezar, esto: aunque nos hemos disfrazado de europeos, seguimos siendo un pueblo de mulatos. La historia de Portugal es la de un progresivo mestizaje que terminó adquiriendo el tamaño del mundo entero. Primero, dejamos de ser gallegos, mezclándonos con árabes y judíos. Después nos transformamos en verdaderos portugueses cuando nos confundimos con africanos, amerindios y orientales. No es una casualidad que nuestro mayor poeta, Luís de Camões, haya escrito célebres poemas a una mujer de raza negra, Bárbara, y a una asiática, Dinamene. Los portugueses no solían viajar con sus familias: fue de este modo como crearon todo un arco iris de tonos entre el blanco y el negro. Eusébio era el más ilustre mestizo de nuestra cultura. En él se personificaba ese universalismo lusitano que fue capaz de vivir en el mundo sin que el mundo nos controlara. En los últimos años, las cosas han cambiado: ahora el globo terráqueo nos tiene agarrados. Y la muchedumbre que acompañó los funerales del jugador quiso manifestar su nostalgia: el dulce recuerdo del tiempo en que Portugal vivía en su propia esfera de mestizajes planetarios.

Por otra parte, comparado con los futbolistas actuales, que son cuentas bancarias en movimiento, Eusébio fue un atleta modesto. Ganó dinero sin hacerse rico. Para los parámetros de hoy, sería casi un franciscano del fútbol. Y su carrera estuvo plagada de gestos de bondad: una delicadeza que iba mucho más allá del fair-play. Era una bellísima persona y su presencia en los terrenos de juego constituyó, además de un espectáculo deportivo, una lección de humanidad. Los portugueses, que admiran la bondad, quisieron rendir homenaje al corazón de oro de este hombre.

Al fin, vivir en Portugal es como recorrer interminables desfiladeros. Somos un país estrecho, donde todo tiene tendencia a transformarse en callejón sin salida. Las paredes se lamentan mucho en cada paso que damos. Y los goles de Eusébio, normalmente remates fulminantes, se vivían como cargas de dinamita, que tumbaban las tapias nacionales. El jugador tenía unas botas optimistas, capaces de abrir horizontes de alegría. También a eso se le rindió homenaje: al talento que Eusébio poseía para ser portugués sin que Portugal lo limitara.

En las sociedades democráticas, los políticos, más que mandar, administran a los que quieren mandar en ellos. Son, por consiguiente, gestores de las presiones que se les hacen. Y en tiempos de peste negra económica, como han sido los últimos años, los responsables públicos suelen prestar más atención a las altas presiones, que vienen de las cúspides económicas, que a las bajas presiones, surgidas de las clases más humildes. Los problemas de los bancos se han solucionado, pero no los de la gente. Y en ese sentido el ciudadano actual europeo es, por lo general, alguien que no tiene quien le escriba. Lo que significa que existen en la población ideales que nadie representa: las mejores banderas del continente están a media asta. Uno diría que vivimos en un estadio lleno donde los que dicen las mayores barbaridades son aquellos a los que todo el mundo escucha. El día que Eusébio falleció, el ciudadano portugués maduro buscó ese cromo que se guarda en la caja de cartón de las memorias infantiles, donde están las canicas, los ciclistas y otros resortes secretos del corazón. Ese cromo que un día se enseñó a los hijos o a los nietos. Y se dio cuenta de que la vieja imagen de Eusébio, arrugada de un modo infinito, como les suele ocurrir a las cosas que han estado en el bolsillo de los niños, era todo lo que tenía para poder decir lo que siente sobre su país: el deseo de una cierta libertad que inventa colores entre las razas y que, practicando la bondad, descubre la alegría.

Gabriel Magalhães, escritor portugués.

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