Los gatos de Catalina la Grande

En los años 90, una veintena de gatos vivía en un solar del norte de Barcelona en el que pronto había de iniciarse la construcción de un nuevo museo. Era una pandilla diversa de personajes bien reconocibles: una hembra tricolor menuda y descarada, un macho atigrado gigante y gandul, una jovial gatita negra con calcetines blancos, dos peludos rubios idénticos e inseparables, otro sordo y cascarrabias con ojos de distinto color…  ¿De qué vivían? Una zona cercana era frecuentada por escolares que acudían a merendar y los felinos se habían especializado en hacer monadas a niños inapetentes, rebuscar en las papeleras y cazar algún que otro roedor. Además, una vecina del barrio, que los conocía bien uno por uno, se ocupaba de completarles la alimentación y de llevar a los enfermos y ancianos al veterinario (al parecer, en cada barrio hay una vecina así). Antes de que las excavadoras entraran a saco con sus rugidos, los ‘okupas’ fueron capturados con delicadeza y trasladados a más de 20 kilómetros de distancia.

Sin embargo, unos meses después fui testigo de un suceso tan poco creíble que aún hoy me pregunto si lo viví realmente o si todo fue un sueño que, con los años, se ha ido instalando en algún rincón de mi memoria. Estaba visitando las obras del museo cuando de repente apareció toda la pandilla asomando sus cabecitas por un cambio de rasante que accedía al lugar. ¿Es posible? Sí, eran ellos y al parecer regresaban todos juntos: la tricolor, el atigrado, la negrita, los peludos, el sordo… El museo los aceptó de nuevo, aunque en el seno de un programa bien diseñado por una asociación animalista.  Hoy se ganan la vida contribuyendo a mantener el lugar libre de roedores y como tapón de un crecimiento descontrolado de una población felina indigente.

La buena relación entre humanos y gatos empezó hace miles de años con la consagración de la agricultura. Los gatos salvajes más sociales y menos ariscos se aventuraban a los silos cargados de grano, donde se concentraban  verdaderas plagas de ratones. La idea, claro, les pareció estupenda a los campesinos. El gato doméstico actual procede del gato silvestre africano, aunque hubo otros intentos de domesticación felina, como ocurrió con el menudo gato del desierto. No hay duda de que los gatos se han ganado su sueldo. Además de su entrañable compañía, su función de librar a los asentamientos humanos de ratones, ratas y serpientes ha sido siempre muy apreciada. Pasaron un mal momento durante la edad media, cuando se impuso la superstición de que el demonio se disfrazaba de gato para engatusar a las almas desprevenidas. Los gatos fueron diezmados en las hogueras junto a brujas y toda clase de herejes. Eso debió dar alguna ventaja, por cierto, a las ratas y a la propagación de las terribles epidemias medievales.

Acabo de saber que en los bajos del Museo Hermitage de San Petersburgo viven hoy unos 70 gatos que protegen los tesoros artísticos y científicos de esta institución. No se pasean por las salas de exposición, pero sí por los almacenes, galerías y otras dependencias. Su mera presencia ahuyenta a los prolíficos roedores, que de otro modo se despacharían a gusto con las joyas de la historia de la condición humana que allí duermen mientras esperan a ser expuestas. Son, digamos, parte del personal del museo. Varios empleados se encargan de su salud y confort. Tienen cocinas especiales, sus rincones para dormir, su servicio de limpieza y veterinaria y un retiro digno para cuando se hacen mayores y les fallan las fuerzas. En el caso de que haya excedentes, uno puede incluso solicitar un ejemplar en adopción y presumir así de que en casa le espera un gatazo del Hermitage.

Todo empezó en el siglo XVII, cuando el zar Pedro I se trajo a la corte un espléndido macho de Holanda. Su hija Isabel de Rusia, que tenía auténtico pánico a los ratones, pidió para el Palacio de Invierno los gatos más grandes que se pudieran encontrar. Pero fue Catalina la Grande quien tuvo la idea de contratar todo un destacamento de gatos para que vivieran en el museo al cuidado de su valiosísimo patrimonio. La verdad es que no tienen mucho trabajo, porque el aroma de su presencia cumple ya con la función. Y allí están desde entonces como testigos de la historia de Rusia, con la sola excepción del sitio de Leningrado, que provocó una hambruna tan extrema que la población acabó por comérselos. Cada 28 de marzo se celebra en San Petersburgo el Día del Gato del Hermitage. Los visitantes acuden con sus familias para compartir actividades gatunas en los jardines y en los aposentos privados de estos guardianes oficiales. La historia que viví en Barcelona tiene, pues, un precedente ancestral en San Petersburgo, además de otro remoto en los silos del Creciente Fértil entre el Tigris y el Éufrates.

Jorge Wagensberg, Facultad de Física de la Universitat de Barcelona.

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