Los generales de Obama

El presidente Obama heredó tres guerras. Desde el 2002 mostró su oposición a la de Iraq, que consideró innecesaria, costosa en dinero y vidas y gravemente perjudicial para la conducción de la segunda guerra, la de Afganistán, esta sí, considerada legítima, porque fue desde donde se atacó a Estados Unidos. La tercera es la guerra global contra Al Qaeda. No son guerras independientes, pero requieren tratamientos distintos y constituyen el desafío de seguridad más importante que tiene ante sí Obama. La guerra de Iraq estaba en vías de solución cuando llegó al poder. Tras una política desastrosa de represión a los suníes en favor de los chiíes, que permitió el desarrollo de Al Qaeda en un país donde antes era perseguida y provocó una feroz resistencia suní, desde el 2007 una nueva política dio vuelta a la situación. La clave fue reconocer el poder suní, armar y pagar a sus milicias tribales, asegurar que los chiíes no utilizaran el gobierno para ajustes de cuentas y aislar a Al Qaeda. Con Al Qaeda privada de su entorno suní, el aumento sustancial de tropas estadounidenses permitió reducir a Al Qaeda a mortíferos ataques suicidas y normalizar paulatinamente el país.

La nueva política de contrainsurgencia fue elaborada por el general David Petraeus, que asumió el mando en Iraq en la primavera del 2007. Es un militar de la nueva generación (tiene 58 años), formada en el análisis de las lecciones de la guerra de Vietnam. Son militares altamente educados, que utilizan el conocimiento de la política y la sociedad para cubrir sus objetivos utilizando la fuerza como instrumento de la política. Petraeus es doctor en Relaciones Internacionales por Princeton, con una tesis sobre las relaciones civiles-militares en el periodo de la guerra de Vietnam. Fue profesor en la academia militar y escribió un nuevo manual de contrainsurgencia donde se prioriza la relación con la población civil, rechazando la noción de ocupación en favor de la de reconstrucción del país y la devolución del poder a los dirigentes locales. Su frase más famosa: “El dinero es munición”. No son sólo palabras. Pacificó Mosul a principios de la guerra de Iraq combatiendo la corrupción en la policía y respetando a las autoridades kurdas. Cuando asumió la jefatura de Iraq llegó con colaboradores del mismo cuño, como el coronel Messe, profesor en el departamento de ciencias sociales de West Point. Su éxito en poco más de un año le valió un enorme prestigio en la opinión pública. Revistas como Time,Newsweek,Prospect y otros lo calificaron de uno de los más importantes “intelectuales públicos” y Foreign Policy lo incluyó en su lista de los 100 “pensadores globales”. En el 2009 fue promovido como jefe del comando central que engloba a los países de Oriente Medio y Asia Central con el objetivo de pacificar Afganistán. En Afganistán puso a otro hombre suyo, el general Stanley McChrystal, algo más joven, brillante graduado de la academia militar y con periodos de estudio en Harvard y Georgetown. Pero con una vertiente operativa marcada como jefe de las fuerzas especiales en el Golfo y en Iraq. Personifica la nueva táctica de obtener información precisa y utilizar comandos y aviones sin piloto para liquidar a los líderes guerrilleros. Él capturó a Sadam Husein y fueron sus fuerzas las que mataron a Al Zarqaui, el carismático jefe de Al Qaeda en Iraq.Pero McChrystal tiene otra reputación: la de las torturas practicadas en el campo Nara en Iraq por su fuerza de intervención 6-26. Y su encubrimiento de la muerte del patriótico y famoso futbolista estadounidense Tilman por “fuego amigo”. El Congreso pidió su inculpación pero sus servicios eran demasiado valiosos y Gates y Petraeus lo salvaron y lo enviaron a Afganistán.

Ahora su misión es doble: reproducir en Afganistán lo que funcionó en Iraq y matar a Bin Laden y Al Zauahiri. De momento, ya mató al líder talibán pakistaní Mehsud. Pero los talibanes no son las milicias suníes. Son un movimiento religioso político enraizado en las tribus pastunes a caballo entre Kandahar, Helmand y Pakistán. El gobierno de Karzai no tiene existencia real sin su alianza con los señores de la guerra que controlan diversas provincias y se venden al mejor postor, incluyendo los talibanes. Obama ya no aspira a reformar Afganistán, quiere simplemente un gobierno estable y de unidad que abandone a Al Qaeda. Para eso primero tiene que imponer una relación de fuerza. Y McChrystal aprovechó para pedir 40.000 soldados, aunque dictando nuevas medidas para atenuar los bombardeos civiles. La filtración de su informe a los medios fue un claro gesto de indisciplina por parte del general. Pero Obama no puede ahora abrir una cuarta guerra, contra sus propios militares. Sabedores de la situación, algunos militares están decididos a no perder esta guerra como se perdió la de Vietnam, aunque la quieren ganar políticamente más que militarmente. Y no sólo en Afganistán, sino en Estados Unidos. Ya hay un claro movimiento de los republicanos para convencer a Petraeus de que sea su candidato a presidente en el 2012. Petraeus ha negado cualquier ambición política y además se operó recientemente de cáncer de próstata, aunque sigue en su puesto. Pero con la falta de líderes creíbles republicanos bien pudiera ser una alternativa popular. Si se pacifica la región, por haber sido el líder de esa operación. Y si no puede hacerlo porque Obama mantiene su idea de retirarse en el 2011, por representar una alternativa al pacifismo inoperante de Obama. Obama respeta a sus generales porque conoce su profesionalidad y sabe que la solución está en esa combinación de política, espionaje yuso selectivo de la fuerza para ir saliendo de los avisperos islámicos. Pero también sabe que están lentamente imponiendo una política propia. Al revés de la famosa máxima de Clausewitz, en este caso es la conducción de la guerra a través de la política. Si la cuerda se sigue tensando, habrá crisis, y según cómo se desarrolle puede abortar la presidencia de Obama.

Manuel Castells