Los hablantes tachados

¿Por qué eliminar hoy de un texto legislativo lo que ya ha sido eliminado en la práctica? El español fue tachado hace mucho de la realidad educativa catalana. El 28 de octubre de 1990, El Periódico publica un plan estratégico de recatalanización para «aumentar la conciencia nacional». Hay en él dos claves. 1: «Elaboración de un plan de formación permanente y de reciclaje del profesorado que tenga en cuenta los intereses nacionales». La expulsión de los docentes que no se plegaron por interés o convicción al chantaje nacionalista fue un éxito. La escuela pública quedó en manos de una tupida red de corrupción y fanatismo. 2: «Editar y emplear libros de texto sobre la historia, geografía, arte, literatura, economía, etcétera, de Cataluña y de los Países Catalanes. Establecer acuerdos con editoriales para su elaboración y difusión, con subvenciones si es necesario». La rentabilidad económica del negocio privado de ciertas editoriales se basó en la inyección de dinero público al servicio del sectarismo étnico.

Los hablantes tachadosSin apenas resistencias institucionales y con la complicidad de las autoridades españolas y europeas, la desaparición del español de las aulas de Cataluña era imparable. En 2001, el Estado español ratificó el cumplimiento del artículo 8 de la Carta Europea de las Lenguas Regionales o Minoritarias en lo relativo a la enseñanza: «prever una educación preescolar, una enseñanza primaria, secundaria, técnica y profesional, garantizadas en las lenguas regionales o minoritarias correspondientes».

Y en la ley educativa catalana de 2009 el español ya quedaba suprimido implícitamente: «El catalán, como lengua propia de Cataluña, es la lengua normalmente utilizada como lengua vehicular y de aprendizaje del sistema educativo». (Artículo 11. 1).

La aberración didáctica de negar la enseñanza en lengua materna, que no pareció merecer denuncia oficial desde ningún organismo pedagógico, se completó con la limosna de la «atención individualizada» para los que no tuvieran el catalán como tal (Artículo 11. 4), al albur de los meandros jurídicos y la iniciativa de las familias poniendo el español al nivel de un idioma extranjero confinado en la irrelevancia académica o en las actividades extraescolares, y en la fobia mitológica.

Pocas veces un matiz sintáctico, fue tan decisivo. Enseñanza del idioma x. Enseñanza en el idioma x. El expolio perpetrado contra los alumnos de las escuelas públicas disimulado bajo un cambio de preposición. El tachón es una burla con unos 20 años de sarcástico retraso. Y la denominación de lengua propia para el vascuence en lugar de cooficial deja clara sobre el papel la jerarquía ya asumida. Una confesión inconsciente: recuérdese que lo propio en griego se dice idiota, en tanto olvido de lo común (koinon). La producción de súbditos idiotizados sigue su curso.

Cuando la apropiación de lo público por incomparecencia de las engranajes estatales es rutina, legislar sobre ese vacío suena a ardid publicitario o estratégico. La enmienda sanciona una realidad ya dada, de modo que pueda retirarse en la negociación si hace falta sin que ese mercadeo afecte a lo legislado. Pero eso no pone en peligro al español. Los tachados son los hablantes cuya lengua materna es el español, los inmigrantes con otra lengua materna y, en general, los estudiantes excluidos de la escuela privada, atados a las cadenas de un sistema, ya de por sí anémico, que les arrebata el aprendizaje en un idioma transcontinental. No es un problema del número de hablantes (aunque hubiera un solo alumno con el español como lengua materna la medida sería tan irracional como con una mayoría), ni de libertad de elección por parte de las familias principalmente. Es un problema técnico –didáctico y, por tanto, filosófico, sobre las condiciones materiales de posibilidad del aprendizaje–, de comunicación, de exclusión social, de empobrecimiento económico para los recluidos en registros vulgares del español, que se habla en los recreos pero no en las aulas. Y de estabilidad y cohesión del Estado y de igualdad ante la ley. Es la culminación de la privatización y el desmantelamiento escolar al grito teatral de la defensa de la escuela pública. La ingeniería lingüística al servicio de los privilegios de los caciques y clérigos locales, a la que se suma la eliminación de pruebas objetivas para el acceso a la Inspección, garantiza nepotismo y mediocridad, dependencia administrativa y política: un Antiguo Régimen digitalizado. ¿Cabe mayor traición al republicanismo?: «El derecho sagrado de todos los españoles a recibir la enseñanza en la lengua materna y en la lengua oficial de la República». (Sánchez Albornoz, 22 de octubre de 1931).

Defender la riqueza de lenguas en perjuicio de la lengua común contribuye a la ruina académica y económica de los pobres que no pueden estudiar en su lengua materna. No es pluralidad, pues lo plural sólo puede predicarse en función de la unidad. Es atomismo y dispersión, debilidad y colisión, disolución de la condición ciudadana bajo erupción de identidades étnicas y narcisismos folclóricos. Es malversación de fondos públicos para provecho de quienes administran en exclusiva el catecismo de la lengua propia como su coto privado.

Llamar castellano al español desmiente la presunta pluralidad lingüística que se dice defender. Lo que une política y culturalmente esa pluralidad es el español como koiné que no conoce fronteras. Oponerlo, bajo el anacronismo castellano, a las demás lenguas invita a la disgregación y al conflicto. El español, precisamente por serlo, no niega las otras lenguas. Su virtualidad es común y posibilita igualdad, derechos sociales e independencia ciudadana en un Estado sólido. Al formarse por motivos prácticos como vía de comunicación entre los habitantes de la península y ser una amalgama mestiza de modulaciones de varias lenguas, una feliz degradación del latín, es más impermeable, por impuro, a su sacralización y fetichismo. El español es lengua popular, ajena a identidad étnica, racial, patrimonio común de sus hablantes y de los que lo aprenden. Las lenguas regionales son residuos del Antiguo Régimen, privilegios ahora de una dictadura reaccionaria que sirven para acelerar la descomposición de un Estado-nación por fragilidad social y política frente a grandes multinacionales y a potencias con menos escrúpulos culturales. ¿Qué tipo de política estamental impone el despilfarro social de la tiranía lingüística a costa de la ruina escolar y económica de los hijos de obreros e inmigrantes financiada por los contribuyentes españoles? ¿Qué trucos mediáticos y credulidades hipnotizadas permiten vender como mercancía progresista ese retorno a los diezmos y privilegios de casta? Qui prodest? ¿A quién beneficia esa desintegración?

El mito de la riqueza cultural de lenguas, que no están en riesgo y es inteligente conservar, oculta el hecho de la miseria social de individuos, la expropiación al lumpen escolar del dominio académico del español. El tesoro de la lengua, que no hablamos sino que habla en nosotros, el lujo de su literatura, la cosecha de sus registros cultos tanto como la preservación de su acervo popular, que necesitan ser cultivados con veneración laica, es decir, con rigor y mimo dentro del sistema público de enseñanza, está siendo arrebatado a los sujetos con menos posibilidades de acceder a ese capital fuera de la escuela pública. Es un don entregado sin contrapartida, un legado que, encauzado y fortalecido con la disciplina escolar, permite entender la complejidad del mundo, que ofrece belleza e inteligibilidad, acaso lo mismo. Impedir el cultivo de ese acervo gratuito de valor incalculable es un latrocinio catastrófico, más eficaz para la producción de indigencia intelectual y, por tanto, dependencia social, que la quema de libros a 451º Fahrenheit. Si se imposibilita el aprendizaje culto en una lengua común, un libro abierto en mitad de la calle es un secreto absoluto, un enigma indescifrable por mucho que se acceda a Google con el móvil mientras se mezclan palabras mal pronunciadas de idiomas confundidos.

José Sánchez Tortosa es doctor en Filosofía, profesor y escritor. Entre otros, es autor de El profesor en la trinchera (La Esfera de los Libros) y El culto pedagógico. Crítica al populismo educativo (Akal).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *