Los han derrotado las encuestas

Lo bueno de Sánchez y lo que con él hace las veces de dirección en el PSOE es que con cualquier cosita se hacen un apaño. “Vamos a derrotar a las encuestas”, anunciaba el líder en campaña, cuando se llevaban publicados ocho sondeos y todos ellos anunciaban catástrofe en los comicios que ayer se celebraron en Galicia y Euskadi: mayoría absoluta de Núñez Feijóo y hundimiento de la representación socialista en la cámara de Vitoria, siendo sobrepasados en ambas comunidades por Podemos.

En Euskadi han perdido 16 escaños en dos legislaturas y en Galicia, 11. Ayer podrían haber ensayado otra línea de defensa adicional: hemos derrotado a las encuestas, no por resultados en sí mismos, sino porque hemos empatado a escaños con la segunda fuerza en Galicia y en Euskadi nuestra caída se ha desacelerado en un 50%. La cosa tiene tanto más mérito si tenemos en cuenta que nuestro candidato tuvo que dimitir hace seis meses, imputado por seis delitos de corrupción: cohecho, prevaricación, tráfico de influencias, fraude a las administraciones, fraude de subvenciones y delito de malversación.

los-han-derrotado-las-encuestasEn Galicia, la victoria de Feijóo ha superado incluso a la que le auguraban las encuestas, repitiendo la representación de 2012, con el mejor porcentaje desde 2001. Se cumple así inexorablemente la maldición que le cae encima al PSOE cada vez que se embarca en alianzas non sanctas. Cuando Fernando González Laxe encabezó la moción de censura contra el entonces presidente Fernández Albor, llegaron tres legislaturas de mayoría absoluta para Fraga. El asalto a la Presidencia de la Xunta por Pérez Touriño y todos los demás cuando Fraga se quedó en los 37, fueron el preludio de las tres mayorías absolutas de Feijóo. Pues no espabilan. Es la aporía de Aquiles y la tortuga. No se adivina en este coro reumático quien pudiera ser Aquiles, el de los pies ligeros, salvo quizá el candidato gallego del PP, pero la tortuga es Pedro. Él aspira a ganar a Aquiles, sea quien fuere, aunque con una estrategia más bien rara, porque los pasos los da hacia atrás. Otro que tal es Pablo Iglesias, derrotado por las encuestas en Euskadi: cinco escaños menos de lo que le prometían los sondeos, aunque en Galicia haya dado el sorpasso a los socialistas. Ciudadanos ha sido derrotado por sus expectativas, pero hasta su derrota ha sido irrelevante, a pesar de que en Galicia tenían una candidata inteligente.

Lo del PSOE no va a ser para tanto. Hay en su alma una llama de esperanza que deben al anterior secretario general. Cuando Joaquín Almunia dimitió tras haber sacado un mínimo histórico y haber propiciado la mayoría absoluta de Aznar en marzo de 2000, el secretario general que salió cuatro meses después de su congreso, comenzó su discurso diciendo: “Pues no estamos tan mal”. Cuatro años después era presidente.

Nos estrenamos en un nuevo voluntarismo cuando los socialistas rompieron el suelo de sus peores resultados, que eran los 110 escaños con que se saldó la era Zapatero el 20-N-2011. Sánchez los dejó en 90 el 20 de diciembre de 2015 y el fiel Luena, César y nada, calificó el resultado de “histórico”. No era una autocrítica. Lejos de pensar que ni siquiera los pésimos resultados del partido en el Gobierno, la pérdida de 63 escaños, eran capaces de mejorar siquiera un poquito sus posiciones.

Diríase que Pedro Sánchez se ha aplicado esforzadamente a compensar al nacionalismo catalán por sus esfuerzos. Él tiene de común con Artur Mas la cualidad de ser ambos los increíbles hombres menguantes, de la política catalana el primero y de la española el segundo, por usar el título de Jack Arnold.

Hay alguna diferencia: Artur Mas se propuso romper España, empeño que estaba muy por encima de sus capacidades, como se ha visto a lo largo y ancho de su aventura equinoccial. Lo que consiguió fue dividir a la sociedad catalana, romper la coalición que había gobernado Cataluña con éxito durante los últimos 30 años, destruyendo a Unió y llevando a la disolución a la que antaño había sido columna vertebral de la democracia española. El deseo de Pedro Sánchez era acabar con el PP y no le bastó comprobar que su primer intento había remozado al partido de la derecha española, que empezó a mejorar sus resultados a medida que Sánchez empeoraba los del PSOE. Contra la obstinación pesimista de los hechos, la cabezonería optimista de la voluntad, ha sido la consigna que explica la conducta de Pedro Sánchez. Era una paráfrasis de Gramsci, un político italiano que solía citar mucho Pablo Iglesias y que él había interiorizado de manera aproximativa, siguiendo la observación de Bierce: “Citar es reproducir equivocadamente las palabras de otro”.

No consiguió romper al PP, ni siquiera echar a Rajoy. Sí ha producido una grieta considerable en el PSOE, más profunda y ancha que cualquier división o crisis anterior. Las consecuencias de su política serían el sueño de los Mas, Tardà, Rufiàn y otras menudencias del pensamiento secesionista catalán, razón por la que le miran con benevolencia. Pero él también era muy poca cosa para empeño tan grande. Sánchez y los suyos son los protagonistas de La definición apócrifa de Bismarck. Alfonso Guerra en Suresnes. Tal vez la explicación sea que han sido gentes como Pedro Sánchez los encargados de la demolición y les salió mal.

En octubre de 2014, justo antes del congreso constituyente de Podemos, su secretario general había hecho un análisis muy negativo sobre el porvenir de los socialistas españoles: “El PSOE tendrá que elegir entre hacer presidente a Rajoy o a mí. Si apoyan a Rajoy, será su perdición. Y si me apoyan a mí, también será su perdición. El PSOE se convertiría, eligiera lo que eligiera, en el Pasok”.

El análisis pecaba de una evidente hinchazón en la valoración que el líder hace de sí mismo como alter ego de Rajoy. Pablo Iglesias tiene un ego que no le cabe en la bragueta; es un sietemachos traicionado por una estructura física insuficiente, pero más listo que Sánchez sí parece. Y el augurio citado en el párrafo anterior ha sido la hoja de ruta de Sánchez y los suyos. El miedo a desaparecer si apoyaban por activa o por pasiva al PP, ha llevado a Sánchez a anclar su partido a un acuerdo con Podemos. El resultado ha sido la dilución del PSOE en un charco de irrelevancia.

No hay nada que hacer. Sánchez sólo ha citado para hoy a la quintaesencia de su Ejecutiva, los más fieles para hacer una valoración lo más optimista que se pueda y ensayar en los cinco días que quedan hasta el Comité Federal del sábado ese improbable pacto con todos que le permita decir a sus barones: “Mirad, lo traigo calentito”. Él conoce bien a los suyos y no parece que entre ellos haya nadie capaz de asumir responsabilidades mayores: “Que parezca un accidente”. Si entre los barones hubiese alguien con el coraje extraordinario de Bruto y Casio, replicaría: “No, que parezca adrede, para evitarnos más tonterías de este calibre en el futuro”.

Santiago González es columnista de EL MUNDO.

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