Los héroes de Hidalgo Bayal

Haciendo un recuento de tipos buenos y malos, uno constata que no siempre se ha mostrado contrario a los agresores. La simpatía por ellos y por sus fines se nos impuso alguna que otra vez, por imperativos de la ficción, sobre las normas morales comúnmente admitidas al menos fuera del arte. O quizá ni siquiera eso, por cuanto nuestra conciencia no se sintió poco ni mucho concernida a propósito de quienes, dentro del marco de la imaginación, se empeñaban en causar daño y hasta en matar. La felicidad de la literatura narrativa, del cine y el teatro depende en no pequeña medida de unos buenos malos, esto es, de unos malos adecuadamente construidos, suscitadores de acción dramática, de episodios interesantes y complejos.

¿Incurro en un error si afirmo que el Coyote tiene en el mundo hartos más adeptos que el Correcaminos? Es cierto que el pobre y flaco carnivorous vulgaris nunca logra merendarse al ave veloz y que esta, libre de golpes, caídas, rasguños, y de la ley de la gravedad, siempre va muy por delante de su nunca consumada condición de víctima. Las energías empleadas por el Coyote para urdir trampas y la suma descomunal de dinero que le habrán costado los artilugios letales de la marca ACME, no sólo no conducen al fin esperado, sino que en todas las ocasiones se vuelven contra él, causándole tantos descalabros y quemaduras como humillaciones. Uno se pasó la infancia deseando que el Coyote atrapara alguna vez al supersónico pajarraco. Y todavía, ya en la edad de las canas, uno se conformaría con que al menos lograra arrancarle un mechón de plumas.

Mirando aquella estupenda serie de animación de Warner Bross, al niño le surgía la posibilidad de extraer una enseñanza. La vida depara fracasos; afrontémoslos con perseverancia y método; combatamos la frustración; no nos desmoralicemos ante los infortunios. No está mal para agregarle unos gramos de carácter al cuerpo. Te puedes despeñar por un precipicio de medio kilómetro de altura; te caerán rocas y yunques en la cabeza; te atropellarán trenes y camiones. ¿Y qué? Te levantas y sigues. Los niños simples pensábamos así y, en el colegio, no desconocíamos la bofetada ni el reglazo. Nuestra candidez sin desbastar nos protegía de las inclemencias de la tristeza. Una tarde, décadas después, llevamos a nuestros hijos al cine a ver, pongamos por caso, Buscando a Nemo, de Pixar Animation Studios. Salieron conmovidos, ansiosos de acariciar lo que fuera: un gorrión, una margarita, el pomo de una puerta. ¿Cómo les ibas a poner luego en el plato, a la hora de la cena, un salmonete frito con su cola, su raspa y las bolitas turbias de sus ojos? Lo habrían mirado a uno como se mira a un asesino.

El kitsch y la sentimentalización de las narraciones infantiles se me hace a mí que son más perniciosas para la salud mental de los menores que aquellas historias tradicionales, de una crueldad sin paliativos que hoy llenaría los consultorios de los psicólogos de tiernas criaturas estremecidas. El dramaturgo Juan Mayorga atribuye a Disney Channel el contagio de comportamientos de sumisión entre los menores de edad. A los niños de antaño, el que un lobo se zampara a una abuela con camisón y gorro de dormir o una bruja le diera una manzana envenenada a una chica, el que un dragón tostara con su aliento a un jinete o una vieja verrugosa comiera niños cocidos en un caldero, no nos quitaba el sueño ni hacía de nosotros, de la noche a la mañana, vegetarianos. Uno no ha olvidado que el chiripitifláutico Capitán Tan salía en la tele con pistola y cartuchera, y no digamos ya los Hermanos Mala Sombra. Me pregunto si la pedagogía actual permitiría lo que la censura de la época no tachaba.

Así las cosas, incluso en los cuentos tradicionales menos aptos para niños melindrosos, lo normal es que en el desenlace el malo reciba su castigo y a continuación el orden social se restablezca. El cazador rajaba la panza del lobo dormido, sacaba de su estómago a la abuela aún no digerida, rellenaba al malvado con piedras, le cosía el vientre y lo tiraba al pozo o al río. Normal, ¿no? Como remate, la princesa solía casarse con el príncipe y, no vegetarianos ellos, comían perdices. Hoy día todo este guiso narrativo resultaría poco ecológico. No me refiero a la boda en el palacio real, sino a la acción de envolver piedras con un lobo vivo, asunto que hasta podría sacar de sus casillas a las asociaciones animalistas.

Esta norma del desenlace consolador que pena las malas acciones y premia las buenas la conculca Gonzalo Hidalgo Bayal en los veintiún relatos que integran La princesa y la muerte (Tusquets, 2017), de publicación reciente. En ellos, el personaje reparador termina o bien colgado en la horca o bien decapitado, y no por error sino en cumplimiento de la ley, que no admite salvedades en su aplicación. Ni siquiera las lágrimas sinceras del monarca depositario del poder supremo pueden suspenderla. Tampoco caben las penas intermedias en el mundo imaginario de Hidalgo Bayal. No sé, veinte docenas de latigazos, dos décadas de mazmorra, el destierro. Un comportamiento castigado por el fuero conduce en línea recta al cadalso. Da igual que uno haya salvado a la princesa raptada y tenga derecho a desposarla. Las ejecuciones se cumplen sin demora, la muerte prevalece y pasamos al siguiente cuento, en el que nuevamente al honrado, al valiente, al generoso, un desliz de última hora les depara lo peor.

En el epílogo del libro, Gonzalo Hidalgo Bayal denomina “fábulas domésticas” a estas historias suyas de princesas, caballeros, reyes, dragones y héroes con más empeño que fortuna. La fluencia narrativa remeda la de los cuentos clásicos para niños; la prosa y la ausencia de moraleja final interpelan asimismo al público adulto. La idea de lo doméstico acaso proceda de las circunstancias que acompañaron a la invención de las historias. El autor se las contaba a su hija, ambos de paseo matinal por la playa aprovechando unas sucesivas estancias vacacionales en la costa. Si la niña le daba el visto bueno, Hidalgo Bayal se apresuraba a poner por escrito el relato a fin de no olvidarlo.

Dos muestras a modo de despedida y con la esperanza de hacer apetecible este libro delicioso. Un esforzado caballero libra a los habitantes de una ciudad del acoso de un monstruo de siete cabezas. Como al final no acepta la corona que le ofrecen, lo mandan visto y no visto a la horca. El mismo destino le corresponde al hijo de un leñador que había sacrificado su vida por salvar la del rey. ¿Su delito? Participar años más tarde en un torneo reservado a caballeros y, además, ganarlo. Estas y otras historias engañosamente infantiles de Gonzalo Hidalgo Bayal tienen su miga. Más le valdrá al Correcaminos no meterse en una de ellas.

Fernando Aramburu

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