Los Idus de Blanco

Será inevitable que en el momento en que se estrene en España la última película de George Clooney sobre las miserias de la política proliferen las extrapolaciones a nuestra historia reciente. Al menos yo, cuando vi el pasado fin de semana en Londres The Ides of March, tuve la sensación de estar contemplando, comprimido en 100 minutos, el proceso que muestra cómo se marchita la flor que alguien puso un día no tan remoto en el jarrón de la mesa del comedor de casa.

¿Y cómo no pensar en nuestro aún presidente del Gobierno si resulta que ese Mike Morris, a la sazón gobernador de Pensilvania, que se juega la carrera por la Casa Blanca en las decisivas primarias de Ohio es un político pacifista, partidario del aborto y las energías renovables que defiende la sanidad pública, apenas enmascara su ateísmo declarando que su «única religión es la Constitución de los Estados Unidos» y adopta siempre una actitud entre flemática y risueña que le proporciona un aire de postiza gravedad?

Junto al personaje del candidato progresista destinado a transformar la sociedad que interpreta el propio Clooney con su contención y tersura habitual, aparece el de su ambicioso colaborador y finalmente director de campaña Stephen Meyers, un Pepiño Blanco en versión urbanita con ínfulas de grandeza, encarnado por Ryan Gosling -atención a este hombre-, último producto del legado del Actors Studio en su eficaz búsqueda de la intensidad introspectiva ante la cámara.

Lo que inmediatamente resulta reconocible no es la trama concreta de la película ni menos aún la parte que a cada uno de estos dos protagonistas les corresponde en el guión, sino el trasfondo de los valores en conflicto, la relación de mutua dependencia entre ellos y sobre todo la atmósfera que envuelve la acción. Resumiendo, cualquiera diría al terminar The Ides of March que la política es un parque de atracciones en cuya puerta de entrada hay un cartel que pone «Idealismo y servicio público» y en cuya puerta de salida otro que pone «Cinismo y corrupción».

En medio, el túnel de la risa, la montaña rusa y la casa de los horrores. El baño de realidad que va metamorfoseando la generosidad en egoísmo, las lealtades en traiciones y los buenos modales en pulsiones homicidas. El enfermizo juego de las confidencias y las suspicacias, las intrigas y contraintrigas al servicio de la obsesión por el poder. Todo ello filmado mediante una sucesión de demoledores primeros planos que desnudan al zoon politikon aristotélico.

El momento clave de la película llega cuando Meyers desgrana ante su jefe toda la retahíla de equivocaciones que un candidato puede cometer durante una campaña electoral para desembocar en la que han cometido ambos: «El peor error de todos es tirarte a una becaria». En España nadie diría eso pues ni nuestra tradición oral incluye a ninguna Monica Lewinsky ni a la opinión pública parecen importarle -y eso le honra- las opciones sexuales de sus hombres públicos, ni siquiera como baremo de su autenticidad o explicación de apoyos incomprensibles.

La paráfrasis que hoy por hoy tiene al ministro de Fomento contra las cuerdas no va por lo tanto por ahí, sino que afecta a su integridad, en un país azotado por la crisis y en el que llueve sobre mojado: «El peor error de todos es quedar con un empresario turbio en una gasolinera, a instancias y en presencia de un primo tuyo que hace negocios con el susodicho».

Daría lo que fuera por haber podido escuchar lo que Blanco y Zapatero debieron decirse cara a cara antes o después del mudo abrazo del mitin de Lugo. Ni siquiera Jano estuvo presente y hay rincones de la mente del presidente a los que sólo tiene acceso Sonsoles. Pero esa omisión de toda referencia al caso Campeón pese a compartir estrado con el ministro de Fomento el día clave en el que EL MUNDO había revelado la presencia de Manuel Bran en la estación de servicio de Guitiriz, tiene un significado. ¿Decepción? ¿Pudor? ¿Desafío? ¿Mala conciencia?

Es cierto que puede entenderse como una mera cuestión táctica. Después de la catástrofe comunicativa que supuso la psicofonía de Rubalcaba con los padres de Blanco -que ni siquiera estaban presentes en el acto- para reivindicar la «honestidad» de su hijo, como si ellos mismos dudaran de ella, Zapatero habría optado por colocarse en el polo opuesto, en sintonía con el «no hay caso ni lo habrá» del propio interesado. Pero también cabe suponer que el presidente conociera al dedillo el contenido de la notitia criminis de la juez de Lugo que hoy comenzamos a publicar, en la que su más estrecho colaborador aparece retratado como el patético vértice de un sinfín de tramas mafiosas.

Incluso en la primera hipótesis la procesión iría por dentro. Zapatero es lo suficientemente avispado como para darse cuenta de que en esa gasolinera ha quedado sumergido uno de los últimos restos del naufragio de su proyecto político, uno de los últimos timbres, si no de gloria al menos de autoestima, que podían acompañarle en su retirada leonesa: el de haber presidido unos gobiernos formados por hombres honrados que pudieron equivocarse mucho, pero tuvieron siempre como meta el interés público. Cometimos errores, no delitos.

Y ese aura de elemental decencia que distinguía hasta ahora, con la salvedad del deliberadamente oscurecido caso Faisán, las dos legislaturas de Zapatero de los años de plomo y saqueo del felipismo que tan bien conoce Rubalcaba, ha venido a quebrarse en el imaginario colectivo no por la conducta de alguien que supusiera una adherencia mal cribada durante el desarrollo del proyecto, sino por el comportamiento de su número dos, compañero de fatigas y viga maestra del partido durante más de una década.

Que la Nueva Vía del socialismo del talante y la democracia bonita haya terminado conduciéndonos después de tantas vueltas y revueltas, tantos volantazos a diestra y a siniestra, a la fea gasolinera del tráfico de influencias ya es de por sí altamente embarazoso, pero que quien estuviera dentro de aquel taxi de las prebendas, al que Dorribo asigna en sede judicial 200.000 en concepto de bajada de bandera, fuera José Blanco, pone la cruz y la raya en el acta de defunción de esa izquierda de la ceja que tantas ilusiones suscitó.

Una vez que la juez de Lugo le ha dado la suficiente credibilidad y ha obtenido los suficientes elementos de corroboración como para mandar el asunto al Tribunal Supremo, resulta muy difícil de creer que Dorribo haya inventado sus acusaciones. Entre otros motivos porque eso implicaría haber estado preconstituyendo pruebas como la transferencia del dinero desde Andorra o su anotación de los «IEB» (Incentivos Europeos Bran-Blanco) cuando no sabía ni que los teléfonos estaban intervenidos ni que iban a detenerle. ¿En qué podría beneficiarle a una persona en su situación añadir a sus presuntos delitos el soborno a un miembro del Gobierno?

Incluso podría decirse que el gran argumento exculpatorio de Blanco, su entorno y los medios de comunicación que como de costumbre sólo miran la realidad con un sectario y perezoso ojo izquierdo -que la farmacéutica de Dorribo no recibió las ayudas solicitadas al ministro- aportaría el móvil necesario. Nadie se quedaría contento si después de que te dicen en un coche oficial «si tú te portas bien conmigo, yo me portaré bien contigo» y después de aflojar la mosca, y no cualquier mosca, te dejan tirado sin terminar de cumplir el trato.

Cabe, eso sí, la variante de que Bran se quedara con el dinero e incluso de que Blanco ignorara que aquella cita, aquella solicitud de intercesiones, tuviera contraprestación. La charla entre los dos primos en la barra de la cafetería mientras Dorribo esperaba en una mesa tras haber soltado los billetes de 500 lo hace altamente improbable, pero el propio Zapatero tiene un pariente trabajando en La Moncloa y es una persona de natural confiado. No hace mucho le comentó a un amigo de integridad a prueba de bomba con el que mantiene trato frecuente: «Imagínate que alguien te ofrece dinero por venir aquí a plantearme algo y que por una vez tú caes en la tentación y vas y lo aceptas… ¿Cómo puedo yo saber si alguien a mi alrededor…?».

«Pero tú no quedas con empresarios en gasolineras y menos delante de un intermediario que sea pariente tuyo y haga negocios con ellos», le habría contestado yo, de haber estado presente. Y es que, con ser ya de por sí infamante el escenario, lo letal para Blanco fue la compañía. Porque la presencia de Bran, al margen de cuáles terminen siendo las responsabilidades penales de cada uno, abrocha un supuesto insoslayable de tráfico de influencias, incompatible con la ética política.

Que Blanco es indigno de ser ministro -y menos aún el portavoz del Gobierno que comparezca dentro de dos domingos ante los españoles para ir dándoles cuenta del desarrollo de la jornada electoral- e indigno de formar parte de unas listas se supone que basadas en el principio de ejemplaridad, es por lo tanto algo previo a que se haya corrompido o no. El Tribunal Supremo determinará si debe ser encausado y eventualmente condenado -la instrucción será larga y prolija-, pero Zapatero y Rubalcaba deberían aplicarle de inmediato los raseros de exigencia que él mismo propugnó para los dirigentes del PP incluidos por Garzón en la investigación de la trama Gürtel.

Episodios procesales como esta remisión de los indicios de criminalidad hallados por la juez no son sino las farolas que iluminan el trayecto de la responsabilidad política pendiente de depurar. Si desde estas páginas pedí la dimisión de Camps y su exclusión de las listas mucho antes de que se abriera el juicio contra él no fue porque le presumiera culpable de cohecho impropio sino porque sus imprudentes tratos con El Bigotes eran un ejemplo de lo que no debe hacer un gobernante.

La diferencia estriba -y esto empeora la situación de Blanco- en que así como nadie ha sospechado nunca que Camps pudiera recibir de los corruptores otra dádiva que no fueran los estúpidos trajes, por la integridad del ministro de Fomento sólo pone la mano en el fuego Rubalcaba. Tal vez Zapatero le abrazó en público por la misma razón por la que el gobernador Morris convierte en su mano derecha al colaborador de cuya inmoralidad acaba de tener constancia: «The show must go on» hasta el final. Pero en su fuero interno, él que le ha observado de cerca, que le ha visto maniobrar por el poder y el presupuesto, cambiar su estatus social y nivel de vida, acercarse a Rubalcaba para perpetuarse como fuera, es inevitable que albergue las más sombrías dudas.

La mayor perplejidad que queda tras ver The Ides of March es por qué la película se titula así, toda vez que ni matan a nadie, ni hay conspiración alguna contra el jefe, ni el personaje de Clooney tiene nada que ver con César. Es cierto que las primarias de Ohio pueden caer en marzo y que toda fecha electoral puede ser asimilada a los idus de la buena suerte en que se celebraban sacrificios a los dioses.

Los de marzo eran el día 15 y los de noviembre, el 13. Por una semana no acertó Zapatero en la convocatoria. Pero nada de esto parece suficiente.

La verdadera justificación tiene que ver sin duda con esa atmósfera, a la que he aludido antes, de pasiones desatadas por la ambición del poder que hace que el drama de Shakespeare haya proyectado su sombra sobre cada minuto del rodaje de la película de Clooney. Pero puestos a hacerlo explícito, además del título yo habría incluido en el guión, en boca del lugarteniente arribista, la famosa frase de Bruto del «there is a tide in the affairs of men…» que viene a desarrollar el muy castellano dicho de que la ocasión la pintan calva. «En el océano de las cosas humanas hay una marea que conviene aprovechar oportunamente para alcanzar la fortuna; si no se aprovecha, todo el viaje de la vida va en medio de escollos y naufragios. Tal es la pleamar en que bogamos ahora que, si la dejamos perder, comprometeremos nuestra suerte».

Y es que eso de controlar 30.000 millones de euros como ministro de Fomento, sin tan siquiera haber pasado por la universidad o tener experiencia profesional de ningún tipo, sólo suele pasar una vez en la vida. Algo olerá de verdad a podrido en nuestra Dinamarca si el próximo domingo Blanco sigue siendo un político en activo.

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.

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