Los ingleses

Admito no conocer Inglaterra (hoy Reino Unido) como Alemania, donde pasé los años cruciales de la veintena, trabajé en distintas labores, casé con la mujer con quien compartiría mi vida e inicié mi andadura periodística. Tampoco como Estados Unidos, donde pasamos veinticuatro años claves para aquel país y el mundo, desde la guerra en Vietnam a la ida a la Luna, pasando por la Revolución Cultural, pero, sobre todo, el Watergate, proceso en directo de un presidente, y he seguido yendo cada año.

De Inglaterra, en cambio, conservo sólo las vivencias de los puertos que tocábamos cuando hacía mis prácticas de navegación, intensas, pero limitadas para juzgar un país. No obstante, el colosal y vistoso funeral de exequias montado para despedir a Isabel II ha traído a mi memoria una recalada en Swansea, donde debíamos recoger carbón para Boston que me dio la primera lección sobre Inglaterra, pese a encontrarse en Gales. Allí salimos el otro agregado y yo con el tercer oficial, únicos solteros a bordo, y nos encontramos con la entera ciudad en fiesta. El ligue era fácil y en un 'pub' donde los hombres se dedicaban a la cerveza, dos pelirrojas en la barra oteaban el horizonte con cara de aburrimiento. Sin pensarlo dos veces nos acercamos y la acogida, sin ser entusiasta fue cordial. Eran hermanas y la sorpresa llegó al proponernos ir a su casa. Ni que decir tiene que aceptamos, aunque por el camino nos contaron que su padre era policía retirado, lo que rebajó drásticamente nuestro entusiasmo y expectativas.

Ya en su piso, el típico hogar inglés de clase media un tanto recargado pero confortable, lo que nos esperaba no lo imaginábamos ni en los más estrambóticos sueños: la madre sacó un enorme álbum donde aparecía la entera vida de Eduardo VIII, desde la cuna hasta que tomó las de Villadiego para casarse con una divorciada norteamericana, con fotos recortadas de revistas. Era sin duda un hombre guapo, pero no para tanto. El padre, que había contemplado la escena con ademán impasible fumando su pipa, puede que para compensarnos, nos invitó a tomar una pinta en 'su' pub. Se unió la hija mayor. Abundaban en él los policías retirados, o sea, un local de ley y orden. Tiramos unos dardos, bebimos unas cervezas negras y allí se acabó la cosa. Pero aprendí algo importante: que la Familia Real es algo muy especial, casi sagrado para los ingleses, aunque también un reclamo, un señuelo para mostrar su superioridad sobre el resto de los mortales y, de paso, hacer un buen negocio.

Eso es algo que he visto confirmarse a lo largo de mi vida, pues si de Inglaterra sé poco, de los ingleses sé un montón. De hecho, los he tenido al lado siempre. Siendo la Asociación Corresponsales Extranjero la única que admitía miembros de ambos 'berlines', viajamos juntos a los países del Este durante mi estancia en aquella ciudad dividida. Recorrí Centroamérica tras la llegada de los sandinistas al poder y pude ver la oficina que ETA tenía en el hotel más lujoso de Managua. Cubrí media docena de elecciones norteamericanas y compartí con ello el segundo piso de la Secretaría General de la ONU, ese paralelepípedo de cristal al lado del East River neoyorquino, tiempo suficiente para conocerlos a fondo. Se sienten superiores y como lo demás lo aceptan, actúan como tales. Inventaron el 'fair play', pero para el resto, ellos se creen autorizados a mentir, violar los acuerdos y llevarse la mejor tajada por el mero hecho de ser 'british'.

Por los círculos diplomáticos circula un aforismo sobre su forma de negociar: «Tú me das el reloj y yo te doy la hora». Solo respetan la fuerza o verse sorprendidos. Yo me gané su respeto en nuestros viajes levantándome antes que nadie y haciendo largos en la piscina del hotel cuando llegaban ellos, o siendo el único que podía preguntar en su idioma a los presidentes que íbamos encontrando. Su altanería no se limita a los no ingleses, sino que se extiende a sus compatriotas. Se dice que puede adivinarse el barrio londinense en que uno vive por solo oírle hablar. El 'cockney' o dialecto de la clase baja ha dado para infinidad de chistes, aunque también de piezas deliciosas, como 'My fair lady'. Pero la mayor saña se la lleva la clase media, que es la espina dorsal del país.

Otra característica suya es adjudicar a otros sus faltas y apoderarse de sus virtudes. Así, siendo bastante roñosos, han adjudicado a los escoceses la fama de 'pennypincher', avaros, y hay quien dice que la mejor literatura inglesa, Shakespeare aparte, la han escrito los irlandeses: Wilde, Shaw, Joyce. Aunque hubo pensiones en Londres con el cartel «No dogs and no Irish»... De cualquier modo sería injusto no añadir su contribución al lento, pero indudable, progreso de la humanidad en terrenos tan importante como la ciencia, Newton, que nos hizo ver el lugar que nuestro planeta ocupa en el universo; Darwin, que nos advirtió de nuestros humildes ascendientes; Fleming, que dio un salto cuántico a la cura de infecciones... Gracias a todos ellos y alguno más que olvido.

A nosotros, los españoles, nos vienen toreando desde hace más de 300 años. Ni una sola de las cláusulas del Tratado de Utrecht se ha cumplido. Hubo una oportunidad cuando la ONU dictó que Gibraltar tenía que ser descolonizada teniendo en cuenta «la integridad territorial del país», pero no nos atrevimos a jugar fuerte. El Brexit fue la siguiente oportunidad desaprovechada en conversaciones que no llevan a ninguna parte. Gibraltar es un peñasco que sólo puede vivir del contrabando y el dinero negro. Me gustaría que Pedro Sánchez incluyese entre quienes se están forrando en España los que a un lado y otro de la Verja trapichean descaradamente.

Pero ni siquiera el PP andaluz, que gobierna, se atreve a ello. Solo Bruselas puede salvarnos, al ser también un problema suyo. Pero si nosotros no actuamos, ¿cómo va a actuar una Europa con una guerra encima? Y pensar que el nuevo Rey inglés va a ser más generoso con nosotros que su antepasados es creer en los Reyes Magos. Yo me contentaría con que no nos apretase las clavijas para afianzarse en el trono y siguiéramos como estamos, como el peregrino a Lourdes, en vez de ver a Gibraltar comerse media Andalucía. Aunque, visto lo visto, no descarto nada.

José María Carrascal

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